1808 – José Antonio Joaquín Pérez Martínez y Robles

Este personaje de las Cortes de Cádiz no nació en la España de hoy, aunque sí en lo que era España en aquella época. En concreto, el 13 de mayo de 1763 en la Puebla de los Ángeles (también conocida como Heroica Puebla de Zaragoza) en México, aunque en aquella época se conocía como virreinato de la Nueva España. De familia española (lo que debe entenderse como acaudalada) no era, sin embargo, el heredero de la familia y, quizás por ello, eligió dedicarse al sacerdocio donde destacó en los estudios de filosofía, teología y sagradas escrituras, tanto en su ciudad La Puebla como en México.

Su carrera no fue sacerdotal en el sentido eclesiástico habitual, sino, más bien, administrativa, dentro del obispado. Llegaría a ser secretario particular de dos obispos de La Puebla; el sucesor del primero, además, tuvo una importante implicación en los asuntos políticos de la Puebla y del virreinato. Gracias a esa relación, es elegido diputado en las Cortes de Cádiz en 1810. Ya en España, en Cádiz, destaca como un político liberal y apoya las leyes para abolir la inquisición (siendo sacerdote), la libertad de prensa y ampliar la soberanía de las diferentes instituciones. También participó en la promulgación de la Constitución de 1812. Llegaría a ser nombrado presidente de la Asamblea tres veces y es, de hecho, el último presidente de dicha asamblea. Sigue leyendo

1808 – Gacetilleros

Una de las gazetas de la época

La libertad de prensa no se instauró en España hasta 1910, pero es cierto que muchas personas, a pesar de las dificultades y el peligro que entrañaba, se dedicaban al noble oficio de compartir noticias con sus vecinos desde muchos años antes. Por lo general, cada periódico era hijo de una sola persona que se encargaba de escribir y redactar las noticias y de venderlas luego o distribuirlas a puestos de ventas (comercios variados). Algunos se encargaban de componer e imprimir sus periódicos, pero, por lo general, este trabajo correspondía a los impresores que ejercían, además, un papel censor de lo escrito (ellos también se podían meter en problemas si lo escrito cruzaba determinados límites).

El contenido de las gacetas (por cierto, gazeta en esta época que aún conservábamos la influencia del término italiano) era político, muy político y se dividía en dos grandes corrientes: liberales y afrancesados. Más adelante se dividiría entre reformistas (los liberales antiguos) y absolutistas (los que apoyaran a Fernando VII). Su influencia en la vida social fue tan importante que después de la guerra (algunas incluso antes) muchas cabeceras fueron prohibidas (incluso provocaba la excomunión leerlas). Por tanto, la profesión de gacetillero no era muy lucrativa (en la mayoría de los casos lo comido por lo servido) y era más una dedicación pasional que una profesión laboral. Sigue leyendo

1808 – Periódicos editados en Valencia

Como hablamos en el artículo de introducción (20564 Ver), el principio del siglo XIX fue testigo del nacimiento de la prensa escrita en España. No se trataba de periódicos como los conocemos hoy, sino de panfletos de alcance local y que, en muchas ocasiones, no sobrevivían muchos números.

En este artículo hablaremos de las cabeceras publicadas Valencia durante la Guerra de la Independencia

Atalaya Patriótica

Periódico de febrero de 1809 que llegó a alcanzar la nada desdeñable cifra de 255 números. Sin embargo solo se han conservado unos pocos (menos de dos decenas). El autor de los artículos del periódico es un tal Ingenuo y Bonifacio Clarillos, pero no era raro que, en esta época, los autores reales se escondieran bajo seudónimos.

Por si el título no era suficiente pista, su línea editorial era antifrancesa y, sobre todo, antiafrancesados. Sigue leyendo

1808 – El convoy perdido

Un valioso cargamento de retaguardia se ha perdido cerca del pueblo de Algaravía, una comarca en la parte norte de Andalucía, cercana a Despeñaperros. En el convoy viajaban suministros, en especial comida, y algunos objetos personales del oficial. Ese ha sido el error de los atacantes, pues resulta que el oficial, francés para más señas, tiene apego a sus cosas.

La partida está pensada para jugarla con soldados franceses y un suboficial enviados a investigar la desaparición de los pertrechos (y recuperarlos si es posible). Cread los personajes como consideréis más conveniente, pero tened en cuenta que son soldados; las habilidades de combate deberán tenerlas desarrolladas. No son muy necesarias en la partida, que es de investigación, pero Napoleón no enviaría a la díscola España soldados incapaces de disparar un arma.

También puedes jugar con soldados españoles o incluso con miembros de alguna unidad de seguridad local, como los mangas verdes pero, en ese caso, tendrás que ajustar la nacionalidad de alguno de los personajes. Los guerrilleros, por ejemplo, podrían ser desertores y un espía podría ser agente de los franceses en vez de las Cortes de Cádiz. El objetivo de la aventura es meter a unos extraños en la rutina de un pueblo de la sierra andaluza y que sobrevivan. Sigue leyendo

1808 – Manadas de perros

Durante la Guerra de la Independencia, el perro no era una mascota como la que estamos acostumbrados ahora (en el siglo XX) sino, más bien un compañero de caza o de labranza. La aristocracia podía tener animales más domesticados que convivieran con la familia, pero, en general era animales que formaban parte del grupo de caza que bien por vejez o por mansedumbre acababan viviendo en las casas (en vez de en establos o cuadras).

«Perra de Pomeramia y cachorro» (1777) de Thomas Gainsborough. Original en la Tate Gallery (Londres).

La sensibilidad hacia los animales no empezaría a generalizarse (y a ser legislada) hasta 1850 (fecha de la primera ley de derechos animales, la ley Grammont) y es consecuencia de las ideas ilustradas que recorrían Europa en esa época. Sin embargo, los perros habían convivido con los hombres desde mucho tiempo antes, incluso habían sido objeto de la atención de importantes artistas. A pesar de lo anterior, en 1808, la visión generalizada hacia los perros era más laboral, más como animales que daban un servicio, como cazar, cuidar del ganado, pastorearlo, etc. Sin embargo, es importante decir que no faltan anuncios en la prensa escrita buscando mascotas perdidas y recompensando su devolución. Algo estaba cambiando en aquellos años, indudablemente. Sigue leyendo

1808 – El final del camino

Después de dar buena cuenta de los petimetres del bar del parroquiano Mariscal, de rescatar a este hecho un manojo de nervios de su propia alacena y de dar buena cuenta de algunas viandas para que no se echaran a perder, los tres miembros de los mangas verdes se dirigieron a su cuartel. Era tarde, pero era hora de saber qué demonios estaba pasando.

Las calles volvían a estar desiertas y si alguien había oído el escándalo previo, ninguno se había quedado a ver cómo se resolvía. La soledad les acompañó hasta el cuartel y solo el ligero tañido de la campana de la iglesia les acompañó; su badajo debía moverse por efecto del viento o de débiles fantasmas.

Abrieron la puerta del cuartel con ímpetu, como si quisieran espantar a cualesquiera demonios que hubiera dentro, pero, para su sorpresa, solo había dos imberbes muchachos que les observaron con los ojos muy abiertos. Fue Chaparro quien comentó ajustándose las mangas de su abrigo:

—No parece que estos hayan olido pólvora aún —. Una manera rebuscada de insultar a sus oyentes, pero estos no se dieron por aludidos. Sigue leyendo

1808 – Periódicos de la Guerra de la Independencia

Introducción

Antes de la Guerra de la Independencia las imprentas estaban controladas por el poder (absolutista recordamos) y se dedicaban a cosas «importantes». Libros, decretos, bandos y esas cosas. Se publicaba alguna cosa fuera de control, pero de forma reducida y casi testimonial. Todo cambiaría en 1910 cuando las Cortes se reunieron y, entre otras cosas, aprobaron la «Libertad de Imprenta» que venía a decir, más o menos, que los impresores podían imprimir aquello que considerasen. Eso desató una fiebre de publicaciones, muchas efímeras y locales, a las que podría denominarse la primera prensa política de la historia de España. Siendo una época tan convulsa y activa en las ideas políticas, no es de extrañar que los primeros periódicos se parecieran más a panfletos políticos que a medios de comunicación.

El papel no era un bien habitual y mucha gente conservaba los periódicos para darles utilidad posterior. No era raro ver a un vecino con un periódico bajo el brazo que acabada de comprar o recibir (no todos se pagaban) en la plaza del pueblo. En esta serie de artículos que comenzamos, hablaremos de algunas de las cabeceras de esos años para que tus PJ puedan saber de qué periódico se trata (a veces, bastaba ver el periódico para saber de qué pie cojeaba el caballero). Sigue leyendo

Comandos – El crimen del comendador

El comendador ha muerto. Su cuerpo fue encontrado por el ama de llaves cuando, extrañada por su tardanza en levantarse, fue a ver si necesitaba algo. El grito de la pobre se escuchó en la plaza y poco tardó todo el pueblo en enterarse de que la desgracia había alcanzado al pueblo. La muerte del prócer había ocurrido en extrañas circunstancias, su cuerpo estaba azulado y en su rostro y manos había un rictus de miedo como si hubiera vista a la misma parca en el momento de su muerte. De esto, también se enteró todo el pueblo quienes empezaron a especular sobre las causas que habían terminado en tan terribles consecuencias: malas compañías decían unos por su afición a visitar determinados locales nocturnos, tratos con demonios, decían los más puritanos, venganza de su mujer fallecida hace ahora dos veranos. Y en todas las versiones, la figura del comendador no salía bien parada. Y fueron esos corrillos en los mentideros de la localidad lo que hicieron que algunas fuerzas vivas acudieran por ayuda al cabildo de la capital provincial. Sigue leyendo

1808 – El regreso a casa

Rojo y Oro

Volver a casa nunca es fácil. El camino parece largo y que nunca termina y si, además, crees que allí no te espera nadie, los días se vuelven eternos y las noches desapacibles. Pocos incidentes hallaron en la ruta y pocas excusas para detenerse. Dormían en posadas o en graneros cuando no encontraban estas y el polvo y el frío se mezclaban con la humedad que sus capas de mangas verdes no parecía capaz de dejar fuera.

La primera señal de que algo no era como imaginaban la encontraron a poco trecho de la entrada. El hijo de Atulfo, un mocoso de apenas seis veranos, salió ventando su llegada a los cuatro vientos como cervatillo en un día de caza. Eso trajo la atención de los parroquianos que les miraron con sonrisas en los labios y ojos ilusionados en los rostros. Atardecía, pero no era el final de la dura jornada lo que les alegraba. ¿Qué había pasado allí?

—Bienvenidos —dijeron algunos. Y una moza del gentío alargó un pellejo de piel al bueno de Chaparro quién, tras darle un largo tiento sin dejar de mirar al molesto marido al que se le había privado del néctar, se la devolvió a su dueña con agradecimiento. Sigue leyendo

1808 – Protección contra el mal francés

Preservativos en su estuche protector.

El mal francés era como se conocía en España a en el siglo XIX (y anteriores) a la sífilis. El nombre se lo dieron en Italia cuando las tropas francesas atacaron los territorios de Nápoles, lo que hizo intervenir a los españoles y generalizó la guerra por toda Europa. Los italianos lo llamaron así porque la enfermedad la llevaron a su territorio los soldados franceses (también la llaman sarna española, pero ese nombre no nos convenció tanto. No se llama así en todos los sitios, claro; en Francia, por ejemplo, la llaman mal napolitano o mal caribeño; en Portugal, mal español y en Turquía enfermedad cristiana. Parece bastante claro que la sífilis la importaron los españoles desde América y, en concreto, las tripulaciones de Colon. Ha habido algunas teorías estos años que desmienten esa posibilidad (incluso fijan la aparición de la enfermedad en el Escandinavia en el siglo XIII), pero no son del todo concluyentes. Sigue leyendo