1808 – 1×05 Requisa (sinopsis)

Por: Don Toribio Hidalgo
Rojo y Oro

Una unidad de dragones de Napoleón ha decidido vivaquear en las cercanía de la localidad donde nuestros protagonistas ejercen la función de autoridad. Por la noche, su presencia en la taberna es ruidosa y molesta para alguno de los vecinos, pero no hay ningún incidente digno de reseñar, excepto el posadero que tiene las manos en carne viva de tanto frotárselas la una contra la otra. para sorpresa de los vecinos, la unidad recibe la orden de acampar y esperar nuevas órdenes. hay combates al sur y al norte y el general francés prefiere mantenerlos en reserva. Sigue leyendo

1808 – 1×05 Muerte en las montañas (sinopsis)

Por: Don Toribio Hidalgo

Rojo y Oro

Galíndez, que nuestros lectores recordarán porque es el dueño de unos perros asilvestrados en las granjas cercanas al pueblo, aparece muerto en la escarpada senda que sube a la montaña (un nombre optimista) del Grito del Cuervo. El cadáver lo halló un joven zagal que subía por el camino a robaralgunos huevos a las aves de la zona (o con alguna intención peor que no se atreve a contar). Alguien le ha descerrajado un disparo a bocajarro en el estómago. Se trata de un trabuco o un arma similar porque la tripa de Galíndez ha dejado, literalmente, de existir. El cuerpo ya huele; eso significa que lleva un tiempo en la senda, desde primera hora de la mañana. Sigue leyendo

1808 – 1×04 Batida de caza (capítulo)

Autor: Don Toribio Hidalgo

Rojo y Oro

La mañana parecía tranquila, de esas típicas en las que no pasa nada y uno puede amodorrarse en la silla escuchando el zumbido de los insectos y esperar a que llegue la hora de ir a almorzar algo a la taberna; pero no fue así, no tardó en llegar un pequeño zagal a la carrera preguntando por la “autoridá” comiéndose letras con el descaro que da el saber que lleva un mensaje importante. Y lo era. A Frascaleto, uno de los granjeros que vivía en las afueras de la población, le habían matado una vaca. Él aseguraba que habían sido los perros de Galíndez, su vecino (término engañoso pues había muchas hectáreas entre medias de los dos caseríos), que los tiene asilvestrados (“asalvajados” fue el término del zagal). Sigue leyendo

1808 – 1×03 La paloma (capítulo)

Autor: Don Toribio Hidalgo

Rojo y Oro

En el anterior capítulo (Ver), los miembros de Rojo y Oro descubrieron una trama en el pueblo para eliminar a los agentes y correos, una persona que ponía en peligro la neutralidad de la urbe. Detuvieron al responsable del asesinato del muchacho, pero el sargento Padilla no quedó contento del resultado. Tras un par de jarras de vino con Madales y Chaparro tenían claro que había algo más. Sigue leyendo

1808 – 1×02 El mensaje (capítulo)

Autor: Don Toribio Hidalgo

Rojo y Oro
La tranquilidad de una mañana aburrida se ve interrumpida cuando Mariana, una de las vecinas de la localidad, entra en el cuartelillo como alma que lleva el diablo. Está muy sofocada, con la cara colorada y le cuesta recuperar el resuello antes de hablar. Unas palabras amables y dos buenos tragos de agua del pozo que Padilla hace que Chaparro le traiga, hacen explicar a la mujer lo que ha visto: ¡un muerto en su era! Sigue leyendo

1808 – 1×01 Don José (capítulo)

Autor: Don Toribio Hidalgo

Rojo y Oro

Eleuterio es un conocido periodista de la localidad. Sus columnas, que siempre firma como “Ele”, en el periódico El Pregonero son bastante populares. Es un escritor de mucha calidad y un investigador bastante inquisitivo. Sus detractores le acusan de ser amigo de los franceses, de colaborar con los guerrilleros, de lamer las botas de los ingleses, de cualquier cosa; un signo bastante claro de su independencia periodística. Sin embargo, la noche de autos, Eleuterio aparece muerto en el callejón junto a la taberna “El Cojo”, paso casi obligado de Padilla y sus subalternos. Sigue leyendo

1808 – Rojo y Oro

Autor: Don Toribio Hidalgo

Bajo este nombre se conoce a un grupo de agentes de la autoridad de una localidad cuyo nombre reservaremos de momento. Son españoles que se han visto forzados a campear los avatares de la guerra desde su responsabilidad de miembros de la Santa Hermandad. Enemistados con parte del pueblo, que los considera afrancesados, con la otra parte, que los considera amigo de los guerrilleros, con los franceses, que creen que se escabullen de los trabajos duros, y con los ingleses, que no ven con buenos ojos que estén fuera de su autoridad. Deben su nombre a las divisas que portan en las hombreras del uniforme de gala, aunque, como es normal, no es su vestimenta habitual. Sigue leyendo

1808 – Juan Martín Díez «el Empecinado»

Autor: Don Toribio Hidalgo

Juan Martín Díez nació en 1775 en Castrillo de Duero en la provincia de Valladolid (su casa aún se conserva). Eran labradores en su familia y, según las fuentes, no les iba mal. La agricultura y la ganadería eran uno de los principales motores económicos de España en 1808. El trabajo de labrador era duro, pero si las tierras eran fértiles, como las de Valladolid, y el agricultor las tenía en propiedad, era posible tener una vida desahogada. Eso sí, las sequías o la climatología adversas podían arruinar a cualquiera en el momento más inesperado. Sigue leyendo

1808 – El convoy de los pertrechos (aventura)

Autor: Don Toribio Hidalgo

Años después del 2 de mayo

La guerra de la independencia está tocando a su fin. Los ejércitos franceses se han desgastado frente a la tenacidad de los españoles, la profesionalidad de los ingleses y los reveses de la guerra en otros sitios de Europa (Rusia). Las tropas francesas están en retirada ordenada, intentando frenar a los enemigos en las fronteras montañosas del sur de su país (el norte del nuestro). Junto a los soldados derrotados viaja un abigarrado grupo de personas que prefieren el exilio con los franceses que la justicia (o venganza) de los españoles, gente que ha convivido con ellos como vivanderos y que ahora debe huir con ellos. Sigue leyendo

1808 – Sable Klingenthal

Autor: Don Toribio Hidalgo

Mientras que a la caballería pesada de la época se la dotaba de una espada recta y más ancha de lo habitual, a la caballería ligera, sobre todo a la francesa, y a la armada se la equipaba con un sable curvo. La espada recta era preferida para dar estocadas (que según algunos teóricos de la época era la mejor forma de combatir desde el caballo), la hoja curva, sin embargo, era mejor para dar tajos (cuchilladas). En la práctica, los sables curvos se utilizaban para dar estocadas también y los tajos quedaron olvidados en las justas medievales (o en la época de los piratas). De entre los muchos sables de la época, el Klingenthal era uno de los más famosos. Sigue leyendo