1808 – 3×03 – Descubriendo la ciudad

Rojo y Oro

Dejaron a los huérfanos en un hospicio del camino al cuidado de unas religiosas que no se mostraron muy contentas de tener cuatro bocas más que alimentar. Los tres mayores no hablaron en todo el viaje y el menor alternaba el lloriqueo con preguntar por su madre. Chaparro había rapiñado todo lo que encontró de valor en la casa de aquel desgraciado y las monjas pusieron mejor cara cuando lo entregó como dote por los niños. No era su plan inicial.

A cambio del donativo, la madre superiora les invitó a descansar en el corral de la orden, pero los mangas verdes rechazaron la invitación y le comentaron su intención de llegar a una villa cercana antes de que acabara el día. La mujer torció el gesto y les advirtió sobre la ciudad, allí ocurrían cosas del maligno.

—¿El maligno, señora? Él nos manda —replicó Chaparro entre grandes risotadas mientras la mujer se santiguaba y desaparecía detrás de la puerta. Sigue leyendo

1808 – 3×02 – El niño del camino

Rojo y Oro

La búsqueda del niño les había hecho adentrarse varias leguas por un camino secundario, más de animales que de monturas en opinión de Chaparro, que les había llevado hasta una vieja casa de campo que parecía tenerse en pie por miedo a la caída. Un desvencijado granero con los postigos abiertos marcaba un lúgubre compás al ritmo del viento de esa noche. Había luz, un brillar danzarín que debía proceder del hogar donde alguien cocinaba. El humo blanco se distinguía en lo alto de la chimenea.

Sabían que madre e hijo había corrido huyendo de algo o de alguien y que ese alguien había alcanzado a la madre poco después. Supusieron que era la madre por la cantidad de sangre, un niño no tiene tanta en su interior. Y, como apuntó Padilla, una madre no se va de dónde acaban de matar a su hijo.

El agresor no hizo ningún esfuerzo por ocultar su rastro, como si no temiera que en esos campos perdidos de la España profunda un trío de mangas verdes repudiados por su jefe a los caminos pudieran pasar. Se equivocaba y aquel no había sido su único error. Sigue leyendo

1808 – 3×01 – La venganza del jefe

Rojo y Oro

Uno no se ríe del jefe de la dotación de los mangas verdes sin sufrir, más tarde o más temprano, algún castigo. Y el superior de Padilla, Chaparro y Madales no había esperado mucho. Allí estaban los tres, recorriendo los caminos como un innovador programa para asegurar el tránsito de mercancías y pasajeros. «Somos» había dicho el jefe sin reírse, lo que entraña cierto mérito, «la primera línea de defensa y debemos establecerla donde están los ataques». Lo que traducido al castellano vernáculo que todos hablamos significa: «me he hartado de teneros por aquí y vais a patear camino hasta que el culo se os quede tan curtido como la silla de montar».

Asintieron y marcharon, para sorpresa de su superior, sin protestas, sin añagazas y, para sorpresa de todos, con cierto orgullo en la mirada. Uno debe estar dispuesto al castigo si el acto realizado es de justicia. Y la muerte de Doña Bernarda lo exigía. Era justo y se hizo. Sigue leyendo

1808 – 2×14 – La venganza de Doña Bernarda

Rojo y Oro

-Pero ha si’o él -dijo Chaparro sin ningún tipo de respeto hacia la persona con quién estaban hablando-. No podemos dejar que se vaya trucho, jefe.

El aludido ni le miró, sus ojos seguían clavados en el silencioso sargento Padilla. Él sabía, como muchos antes que él, que si aquel hombre guardaba silencio es que no se avecinaba nada bueno. Se oía la rueda del molino dar vueltas en el arroyo y a lo lejos se acercaba un rebaño de cabras con algunos cascabeles al cuello. Quizás el de Fulgencio, por la hora.

El superior de la cuadrilla se levantó de la silla y abandonó el despacho del jefe, no sin antes abrir la puerta y dejar que sus dos subordinados salieran antes que él. Intranquilo, el jefe le dijo antes de que la puerta se cerrara:

-Tomaros el día libre. -Es lo máximo que se le ocurrió para mantener a los tres fuera de este turbio asunto.

Y pasaron la tarde y la noche en la taberna de «El Cojo» lamentando sus cuitas y bebiendo más de la cuenta. Gran parte del pueblo les vio allí e incluso Mariscal, el regente, les dejó durmiendo con la cabeza apoyada en la mesa cuando ya no tenían ni fuerzas para levantar una jarra de vino. Sigue leyendo

1808 – 2×13 – La muerte de Doña Bernarda

Rojo y Oro

El domingo de Cuaresma las campanas de la iglesia tocaron a duelo, un toque lento con dos campanas distintas terminado con tres toques finales, una mujer había muerto. Cuando nuestra cuadrilla se personó en el lugar se enteraron que la fallecida era Doña Bernarda, la misma que pocas semanas antes había perdido a su marido y que había protagonizado cierto incidente sufragista en el casino de la localidad.

Chaparro se santiguó y agachó la cabeza, más para disimular su cansancio que por respeto a la difunta. Madales observaba a las beatas y plañideras como si no estuvieran allí, mientras que el sargento murmuraba, sacudía los pies y se agitaba como si le hubiera picado algún bicho de esos de los pajares. De repente salió de la plaza donde se reunían los lugareños y encaminó por la cuesta de piedra que llevaba hasta la casa de Doña Bernarda. Sus compañeros de andanzas le siguieron, ¡qué remedio! Y los tres llegaron con el resuello entrecortado hasta el pequeño murete que limitaba el acceso a la pequeña finca. Pasaron por encima, sin molestarse en llegar a la abertura practicada para gentes más civilizadas y llegaron a la puerta. Llamaron una vez, llamaron dos veces y entraron. Sigue leyendo

1808 – 2×12 El extraño caso de Doña Bernarda

En el casino de la capital de la provincia apareció en la tarde de autos una mujer vestida de negro, de riguroso luto, que respondía al nombre de Doña Bernarda y que era la viuda reciente de uno de los miembros de dicho casino. La mujer expuso a la junta la última petición de su marido: leer un escrito en el que había estado trabajando. Dadas las estrictas normas del casino, se lo ofreció para que lo leyera alguno de los socios, pero el presidente del casino, un reformista afrancesado, explicó que Doña Bernarda no debería verse en su condición de mujer, sino como el desaparecido miembro del casino y la invitó a que ella misma leyera los escritos de su marido.

La asamblea extraordinaria causó gran expectación y la platea estaba llena de socios que deseaban escuchar los últimos pensamientos de un prominente miembro del casino. Doña Bernarda subió al atril de los conferenciantes y ocasionó algunos murmullos, que fueron rápidamente acallados por la mirada del presidente. Llevaba cuatro cuartillas escritas a mano en una letra menuda, pero clara y sencilla de leer. Miró a los asistentes, a los papeles y comenzó a hablar sin volver la vista al manifiesto. Sigue leyendo

1808 – Rojo y Oro: 2×11 – El retorno a casa

Rojo y Oro

Salir de la cárcel no es un problema. Aún les acompaña el anciano que no ha dejado de murmurar en toda la noche, pero Padilla no le ha interrumpido.

-Mientras rezan -dijo-, no piensan en diabluras.

La mañana era fría y la calle estaba desierta. El rocío embarraba el camino y mojaba los cristales y recordaba que el invierno se acercaba. Todos subieron a sus monturas, no sin que antes Chaparro no comprobara que no les habían provocado alguna faena. Una piedra, un clavo aflojado y el animal no aguantaría ni una legua. Se tranquilizó, los parroquianos habían sido prudentes o más listos que él.

El anciano cabalgaba en la misma grupa que Madales y cuando se habían alejado lo suficiente, le soltaron. Tenía una buena caminata hasta el pueblo y el sargento quiso ser amable:

-Nos volveremos a ver -y no sonó como una amenaza.

El temor a que los asaltaran no les abandonó y los comentarios de Vitango sobre esa posibilidad en cada recodo, en cada sombra no ayudaban a la tranquilidad del grupo. Vivaquearon en mitad del camino, al refugio de una enorme higuera que inundaba todo con su agradable olor. Por alguna extraña razón, Padilla no había querido que aceleraran el paso ni llegar a la cárcel tras el anochecer. Sigue leyendo

1808, Rojo y Oro – 2×10 – La larga noche

Rojo y Oro

La noche es cerrada y la luna parece ocultar sus vergüenzas bajo un manto de negras nubes, pero no lloverá, la lluvia sería un alivio porque haría que los alborotadores se fueran a sus casas. Chaparro está enfadado. Le molesta estar sin dormir en un lecho, sin comer buenas viandas y sin trasegar buenas cervezas y no en ese orden. Madales está igual de enfadado, aunque el objetivo de su ira es cierto jefe allá en el cuartel que les ha metido en este embolado.

Padilla solo está serio, preocupado por los gritos que se escuchan desde la calle; solo le enfurece mirar la celda de Vitango y verle sonreír. ¿Acaso no entiende que la primera bala será la suya? Cansado de la situación y de mirar por la ventana, decide enfrentarse a la turba. Señala a su cuadrilla, de dos, y les pide que le cubran.

La multitud se va silenciando mientras Padilla recorre la mirada de los asistentes. Siguen hostiles, pero en silencio. Tras un incómodo momento alza su voz: Sigue leyendo

1808 – Vestido camisa

A finales del siglo XVIII, la ropa, y sobre todo la femenina, era muy recargada, con grandes bordados, encajes y ropas complicadas que dificultaban la movilidad, pero todo esto cambiaría con la Revolución Francesa que fijándose en los valores de la antigua Grecia y Roma daría nacimiento al neoclasicismo, algo que también afectaría al vestir. De Francia la moda pasaría a Gran Bretaña y de ahí al resto del mundo, incluida España.

La ropa se hace más sencilla, más cómoda de llevar y las diferencias sociales no estaban tan marcadas (algo muy en consonancia con las ideas originales de la Revolución Francesa). El vestido camisa tiene su origen en la ropa que las mujeres llevaban en las colonias francesas de las Antillas. Los trajes recargados eran impensables en los climas cálidos. Era amplia, lo que facilitó la aparición de los bolsillos (en los hombres) e hizo desaparecer los bolsos (de nuevo en los hombres). En las mujeres, la reducción de la amplitud de las faldas les impidió llevar faltriqueras (que antes ataban a la cintura) y los bolsos pequeños se hicieron más habituales. Los colgaban del hombro con cadenas y los franceses los llamaban reticules que en España acabaron llamándose ridículos.< Sigue leyendo

1808 – El Correo

La Posta del Ahorcado es un pequeño puesto de descanso en cualquier camino que lleve de alguna ciudad importante a otra. Tus personajes han llegado a ella camino de una aventura o de regreso de una misión. Es un alto en el camino, un lugar de descanso y no tienen prevista ninguna complicación. Como tus personajes averiguarán fácilmente, debe su nombre a que ese punto del camino era lugar de ahorcamiento de los bandidos en el siglo pasado. Esa costumbre se perdió, pero no el nombre.

La Posta del ahorcado es una casa de piedra en su primera planta y adobe en la segunda con un tejado de paja y piedras. Es vieja, pero confortable. En la primera planta hay un gran salón con una barra y varias mesas con bancos de madera, la cocina con su alacena donde cuelgan chorizos, jamones y otros productos de matanza; en ella hay una trampilla que da a una bodega no especialmente bien provista. En la segunda planta hay cinco habitaciones con varios jergones y camas cada una más dos dormitorios individuales reservados para visitas de alta alcurnia o damas. El edificio tiene un añadido que se utiliza como caballeriza; las paredes no llegan hasta el techo que se sujeta gracias a recios troncos.< Sigue leyendo