1808 – La muerte del conde

Rojo y Oro

El enfrentamiento con los guardias no había acabado bien. Peor para ellos, cierto, pero tanto Madales como Chaparro lucían heridas. Unos rasguños según el primero, mortales y dolorosos para el segundo que buscaba unos días de permiso. Alguien tenía que pagar por ello.

Que había una deuda era algo que el pueblo sabía y se ocultaban al paso de los tres. No les esquivaban, pero buscaban no ir por el mismo camino demasiado tiempo. Sobre todo, cuando aparecieron con aquellos niños mal alimentados y vestidos por la calle principal, subieron por la escalinata de la plaza y se plantaron en la puerta.

-Abran a la autoridad de los mangas verdes -dijo Padilla al guardia de la puerta. Este temeroso, a punto estuvo de abrir la puerta, pero un compañero, quizás de mayor rango o más veterano, le detuvo y respondió:

-El conde no está. Vuelvan ustedes mañana.

La cara del novato les hizo comprender que estaba mintiendo, pero Padilla sonrió, señaló una ventana a la que se asomaba una mujer menuda entrada en años y replicó: Sigue leyendo

1808 – General Palafox

Nacido en familia de marqueses, los Lazán y Cañizar, no era, sin embargo, el heredero al título nobiliario y como tercer hijo se dedicó a la carrera militar (algo no extraño en esos años, finales del siglo XVIII) a la edad de 16 años. De nombre José Rebolledo de Palafox y Melzi, ya era brigadier en 1808 y fue uno de los que acompañaría a Fernando VII a Bayona. También estuvo entre los que quisieron preparar la huida de este y su regreso a España, pero al fracasar, se vio obligado a regresar a España sin el rey.

Retrato de Palafox realizado por Goya

Se retiró a Zaragoza, su ciudad natal, unos días, pero el levantamiento del 2 de mayo, el ataque francés a la ciudad y el posterior asedio le hicieron volver a la actividad militar y encabezar la resistencia. El 25 de mayo de 1808, tras un asalto popular a la Capitanía General y el encarcelamiento del antiguo capitán general (por su actitud titubeante ante los franceses), los zaragozanos le nombrarían capitán general de Aragón. Desde ese puesto, con escasos medios, organizaría la defensa de la ciudad y consiguió resistir varios asaltos de las tropas. Sigue leyendo

1808 – La peseta catalana

Como hemos visto en otros artículos, el sistema monetario español de la Guerra de la Independencia era complejo y las monedas españolas de ambos bandos convivían con las monedas francesas (http://www.edsombra.com/index.asp?cod=19364) y las británicas (http://www.edsombra.com/index.asp?cod=19664). También había monedas portuguesas y, para añadir más complejidad se acuñaron localmente otras monedas. Ese es el caso de la que nos ocupa en este artículo, la peseta catalana.

Algunas fuentes dicen que el nombre original es «peceta» que deriva de la palabra «peça» que en catalán significa «pieza» con lo que peceta significaría «piececita». Al parecer así se llamaban a las monedas más pequeñas de plata. Otros atribuyen el origen a «peso» (que era el nombre que recibía el real de a 8) y que peseta se utilizaría como diminutivo por similitud con (o derivado de) el anterior. No parece que se vayan a poner de acuerdo en breve.

Duro catalán acuñado en Barcelona en 1808 - Fuente https://blognumismatico.com/2012/01/22/las-monedas-de-1808/

Durante la Guerra de Sucesión entre borbones y hasburgos por el trono de España ya se emitieron pesetas en el territorio austracista (gran parte de Cataluña) y el término se popularizó como referencia a las monedas de 4 reales de vellón de plata durante el siglo XVIII. No fue nombre oficial hasta la llegada de José Bonaparte; este da la orden de acuñar monedas (para sus gastos) en Madrid, Sevilla y Barcelona, pero solo a estas últimas se las denominó pesetas y se emitieron por valores de 1, 2.5, 5 y 20 pesetas. La de 5 pesetas se las conocía como duros y llegaron a emitirse monedas en Gerona con esta denominación. Una peseta equivalía a 4 reales de vellón y un duro a veinte reales. Sigue leyendo

1808 – Lobo

El lobo no estuvo en peligro de extinción hasta la década de los años 70 del siglo XX. Antes de esa fecha, era un animal común en casi toda la geografía de la península ibérica, era bastante numeroso y un verdadero quebradero de cabeza para los ganaderos. En la Guerra de la Independencia la cosa se complicó porque parte de la caza fue eliminada por el forrajeo de los ejércitos y algunos de los hábitats naturales de las manadas fueron invadidos por guerrilleros y soldados. Esto hizo que cambiaran sus lugares habituales y pasaron a convertirse en un problema.

Lobo

El lobo es un animal que vive en manada (salvo que haya sido domesticado) de cinco a diez miembros y que, a pesar de la mala fama, no es especialmente violento. Solo atacará si se siente amenazado (invadir su territorio puede considerarlo una amenaza, sobre todo si hay perros u otros lobos presentes en los invasores) y si tiene hambre; en este último caso buscará presas pequeñas (conejos, liebres, etc.), herbívoros grandes (cabras, ganado, caballos) o carnívoros no mayores que él (zorros, perros). También se alimentan de reptiles y aves y se han documentado casos de lobos comiendo frutas. Los casos de ataques a humanos son muy escasos, pero sí podrían atacarlo si se siente acorralados, están muy hambrientos o si la presa humana está debilitada. Los lobos pueden comer carroña y algunos ataques de lobos a humanos no han sido tales, sino el aprovechamiento de una presa de oportunidad. Sigue leyendo

1808 – Diego Muñoz-Torrero y Ramírez-Moyano

Diego Muñoz-Torrero y Ramírez-Moyano. Imagen de dominio público.

Diego Muñoz nació en Cabeza de Buey (Badajoz) en enero de 1761. Su padre, boticario y profesor de latín, se encargó de su educación académica hasta que ingresó en la Universidad de Salamanca donde estudió teología y filosofía y se ordenó sacerdote. En 1784 sería nombrado catedrático de esa misma universidad y formó parte de un grupo de profesores que renovaría la institución universitaria. Más tarde, en 1787 sería nombrado por unanimidad rector de la universidad de Salamanca. Es una carrera bastante meteórica aún en la época. Catedrático a los 23 años y rector a los 26. Sin embargo, su paso por la universidad también estuvo acompañado de diferentes reformas y avances: conservó los fondos botánicos de la universidad, aumento los bibliográficos y llegó a acuerdos para el intercambio de libros y planes de estudios con otras universidades. Sigue leyendo

1808 – Monedas británicas en la Guerra de la Independencia

La llegada de tropas británicas para luchar contra las de napoleón provocó un conflicto monetario que no se normalizaría hasta 1813, aunque, en realidad, nunca llegó a resolverse. Los soldados británicos llevaban (o cobraban aquí) dinero británico y los cambios nunca estaban claros. En la zona controlada por los franceses, la moneda británica no era válida (además de un peligro para su portavoz que lo señalaba como traidor), pero en la zona controlada por las Juntas, no había un equivalente oficial porque pasaría algún tiempo hasta que tuvieran la capacidad de establecer un sistema de monedas propio.

En un decreto de 1811, el gobierno de las Juntas admitió el uso de las monedas francesas (del rey usurpador las llamaban) como monedas de circulación. Una medida necesaria ante la incapacidad de acuñar su moneda propia y que da testigo de las dificultades monetarias de la Junta Central.

Moneda de media guinea de Goerge III, acuñada en 1808. Imagen CC BY-SA 3.0 de Classical Numismatic Group, Inc. http://www.cngcoins.com

Una dificultad fue que el sistema de fraccionamiento de la moneda británica no era nada intuitivo. La dificultad era tan grande que algunas autoridades emitieron panfletos explicando los diferentes tipos de cambio. La guinea y el soberano equivalían a 21 chelines (también conocidos en España como sueldos). Cada libra equivalía a 20 chelines (explicar por qué coexistían libras y guineas sería arduo). Cada chelín eran 12 peniques (también conocidos en España como dineros). Para complicar el tema, había algunas monedas fraccionarias adicionales: el medio (10 peniques y 6 chelines, o medio soberano), la corona (5 chelines o cuarto de libra), la media (2 chelines y 6 peniques, en realidad dos chelines y medio) y el medio chelín (6 peniques). No es de extrañar que los pobres comerciantes españoles de la zona no controlada por Napoleón se volvieran un poco locos (tampoco envidiaban mucho a sus colegas de la zona francesa, ver http://www.edsombra.com/index.asp?cod=19364). Sigue leyendo

1808 – 3×11 – La guardia del conde

Rojo y Oro

—Recuérdame —dijo Chaparro mientras apuntaba a un guardia con una pistola y al otro le amenazaba con su espada.

Pero no necesitaba que se lo recordaran. Todo empezó con aquellos niños con los que pasaron esa noche una semana atrás y cómo conocieron su triste historia de casi indigencia; no, se recordó, de indigencia plena. Uno no es casi pobre.

Decidieron pasar el día en la ciudad, a pesar de lo poco que les gustaban las grandes urbes y allí, poco a poco, fueron conociendo al personaje sobre el que recaerían sus odios e inquinas. Había una pujante burguesía, con artesanos y comerciantes, que estaban haciendo buen negocio con aquello de que unos mataran a otros en los campos de batalla. Curtidores, herreros y todos esos oficios que son el alma detrás de cada ejército. Unas gentes que vivían por el metal y que se beneficiaban de la figura del conde de la ciudad. No es que este hiciera nada por ellos, pero era alguien al que echar las culpas de la explotación, los malos sueldos, las malas cosechas. El caso es que, en ocasiones, el chivo expiatorio si tiene cosas que exculpar. Sigue leyendo

1808 – Monedas francesas en la Guerra de la Independencia

La invasión francesa de parte del territorio español en 1808 trajo aparejada la necesidad de gastar dinero en esos territorios. Los franceses disponían de su propia moneda (en realidad dos) y, claro, quería utilizarla también en vuestro país. Eso llevo a la necesidad de establecer unos tipos de cambio entre unas y otras, tipos que no se mantuvieron estables todo el conflicto.

Empecemos primero por las monedas francesas que entraron en España al principio de la guerra. Los franceses tenían dos monedas, una previa a la revolución francesa y una posterior y en 1808 aún estaban en un proceso de emitir la nueva moneda e ir retirando la antigua. La anterior a la revolución era la libra tornesa y la posterior era el franco. Las monedas de oro de 24 y 48 libras se conocían como luises, por el rey Luis, y los francos de oro de 20 y 40 eran napoleones (por el emperador Napoleón).

Medio real de plata, lo que sería el equivalente a un real de vellón

La cosa no era mucho más sencilla en España donde convivían: doblones, reales y maravedíes. Todo se complica un poco porque además estaban los vellones. No eran una moneda real, sino que se usaba como una equivalencia, lo que se conoce como moneda de cambio (algo parecido a lo que hacíamos con los duros y las pesetas). El valor de las monedas dependía del material en el que estuvieran hechas (oro o plata) y su peso. Por eso el vellón o real de vellón era un artificio para las equivalencias entre las monedas (un real de vellón equivalía a medio real de plata). La cosa se complica un poco más porque el real de vellón no se usaba en toda España y había sus propias monedas de equivalencia: la libra catalana, la libra valenciana, la libra mallorquina, la libra aragonesa, el peso de Menorca y el peso de Navarra. Ser cajero de banco en esa época era un trabajo a jornada completa y cuando entraron los escudos, la cosa no se simplificó. Sigue leyendo

1808 – 3×10 – La casa de las afueras

Rojo y Oro

La tarde se entretenía en las laderas de las montañas mientras las luces de los hogares prendían en la lejanía. El pueblo parecía los suficientemente grande para que el nombre se le quedara pequeño y aquello no gustaba a los tres mangas verdes. Los sitios civilizados les traían malos recuerdos. Ellos eran gente del camino, de pequeñas haciendas y casas de labor. A esos urbanitas les movían otros intereses alejados de los ritmos de las cosechas, de la pesca en los ríos. Eran gentes que vivían de espaldas al sol que les calentaba.

Fue quizás por ello que se alegraron de encontrar una casa apartada poco antes de llegar a la villa. Si pernoctaban ahí, podrían atravesar el pueblo a primera hora y continuar su camino sin incidentes. No iban a imponer su presencia, pensaban pagar por ella, y una cena hogareña siempre era más atractiva que un camastro rodeado de locos.

Había muchas pegas a ese plan, pero ninguna de ellas apareció antes de que llamaran a la puerta. Una rendija se abrió y en ojo de una joven apareció por la rendija. Padilla no espero a que la mujer hablara, dio un paso atrás para no resultar amenazador y habló: Sigue leyendo

1808 – 3×09 – El río

Rojo y Oro

Uno de los problemas de vivir en el camino es que este se empeña en pegarse a cualquier cosa que lleves puesta. A los pocos días, calzas, botas, sayas se habían cubierto de polvo que parecías más un caminante fantasma que un miembro de las orgullosas mangas verdes. No es de extrañar, por tanto, que descubrir un río tranquilo en el que refrescarse sea siempre una buena noticia, sobre todo si el día acompaña y no es problema quedarse en calzones. Un baño y una buena vareada a la ropa es suficiente para reemprender el camino.

Sin embargo, los ríos son caminos y no siempre están despejados. En esa ocasión, descubrieron un montón de troncos deslizándose lentamente corriente abajo. No eran muchos e iban por la otra orilla, lo que hacía seguro el baño. Chaparro entró primero y Madales le siguió maldiciendo lo fría que estaba el agua.

?Pero qué tenemos aquí. Dos forasteros en paños menores. Sigue leyendo