Comandos – Jinetes de carro

Las noticias eran halagüeñas. El frente alemán parecía roto tras la operación Cobra y aunque habían sido días duros viendo enterrar a los suyos y a los de ellos, el optimismo reinaba en el cuartel general y se iba filtrando hacia los escalones más bajos. Había gente que hablaba de llegar a Berlín antes de Navidad. Pero la Sangrienta Siete tenía suficiente experiencia como para saber que la guerra nunca acabaría. Si llegarán a Berlín, habría que ir a Viena o Tokio y quién sabe si no tendría que ir a visitar a los que hoy son Aliados, en Moscú.

El optimismo no era bueno, tanta alegría hacía que todos fueran menos prudentes y allí fuera aún había muchos boches a los que mandar al agujero. Gonzalez, como siempre, era el más pesimista. «Ya verás como a alguien«, decía, «se le ocurre pronto una tontería«. Y su pesimismo tenía fama de hacerle un gafe, pero no es cenizo si siempre pasan cosas malas. Allí estaba el capitán, sonriendo de oreja a oreja, y diciendo que montarían sobre los carros para proseguir el avance a su ritmo. Sigue leyendo

Comandos – Comandos de Guerra

(edición pdf)

Se exigía a los Comandos que fueran aptos, que supieran nadar,
Que pudieran manejar cualquier vehículos motor, pero la condición indispensable
Es que podían pedir regresar a su unidad cuando acabara la misión.

Pocos tenían la oportunidad de hacerlo.

Este artículo tiene dos objetivos. El primero es presentar una reseña de Comandos de Guerra en la revista Desde el Sótano (parece mentira que no hubiera ninguna hasta ahora) y el segundo comentar las diferencias, añadidos más bien, respecto a la edición en papel.

Una breve historia: Comandos de Guerra fue un juego que se faneditó a principio de los años 90 por un club de juego llamado Alas de Dragón. Esa primera edición caería en manos de uno de los que luego sería socios de Cronópolis que se decidieron a sacar la segunda edición y tras el cierre de la editorial, los derechos pasaron a Sombra que adaptó el juego a su sistema y sacó la tercera edición. Años más tarde sacaría una reedición revisada a la que cambiaría la portada y la maquetación para diferenciarlas. Esto en papel, en pdf existen (o existirán cuando leas este artículo) dos ediciones: una edición facsímil que se hizo en su día de la primera edición (la fanedición) con motivo de su aniversario y que puedes encontrar en lektu (Visitar Ver) y una edición en pdf de la 3ª edición revisada del actual Comandos de Guerra (Visitar Ver). Sigue leyendo

Comandos – La fosa de Marigny

Los aviones pasaron por encima de sus cabezas al finalizar la noche y crearon un nuevo amanecer al sur, sobre las posiciones alemanas en torno a la ciudad de Marigny. Las explosiones se perdían hacia el oeste. La operación Cobra había comenzado.

Tras los aviones, la artillería del cuerpo hizo lo propio. Se oía el seco sonido de sus disparos, pero también les llegaba la vibración de las detonaciones. Afortunadamente, no era la Sangrienta Siete la que estaba recibiendo ese castigo, pero si le preguntaba a alguno de ellos, ninguno sentía lastima por los defensores de las SS. Ya habían aprendido lo suficiente de ellos como para no tener ninguna empatía.

El ruido de las orugas sustituyó al estruendo artillero y, más tarde las voces y los gritos de los oficiales, pero ellos no se movieron, no; en aquella ocasión se quedaban en la reserva. Quizás eso significaba que tenían que ir a salvarles el culo a los demás cuando todo se hubiera complicado.

Tres días después de escuchar como combaten los demás, de comer mal y tarde porque hay otros que tienen prioridad en el rancho, de vigilar el frente por si los alemanes deciden contraatacar por su sector y de dormir poco, reciben la orden de avanzar a la ciudad de Marigny. Por lo que dicen, la batalla ha terminado y ha llegado el momento de relevar a las avanzadillas de la 1ª división, a los muchachos del 18º regimiento. Sigue leyendo

Comandos – El agujero en el frente

—Los alemanes parece que se han retirado hacia St. Lo a nuestra derecha —comentó el capitán con el sargento Rogers. Una de las cosas que distinguía a los buenos oficiales de los culoprietos era que le comentaban las cosa al bueno de Rogers. Quizás en toda la división quedaban ya pocos tipos de los que habían desembarcado en África.

—¿Parece molesto, capitán? Nosotros vamos al este. Está bien que se nos quiten de en medio.

—Me temo que no podemos dejarlos a la espalda, aunque de esa se encargarán los de la 29ª. El problema es que los británicos quieren aprovechar el agujero para llegar a Villers-Bocage y nos dejarán aquí atrapados entre los dos avances.

El sargento miró a su oficial y dijo:

—Nadie va a venir de frente. Ellos conducen por un lado de la carretera y nosotros por el otro. Cogeremos el correcto antes que ellos.

Y aquella mañana, Rogers fue como una fuerza de la naturaleza desatada. Preparó equipo móvil, varios semiorugas, dos carros de apoyo que se encontraron asignados a la infantería porque pasaron demasiado cerca. Así fue como la Sangrienta Siete encabezó la marcha de la 1ª división hacia el sur. A su lado, no tardaron en aparecer los británicos y, a pesar de la aparente rivalidad, hubo momentos de intercambios de bromas y bebidas no del todo autorizadas, pero los alemanes no colaboraban y cada recta del camino parecía contener todas las minas fabricadas por los alemanes, cada caseta solitaria, un batallón escondido y cada aldea, una división, pero una a una, a veces solos, a veces con los británicos, fueron cayendo. Las defensas alemanas eran bisoñas, solo aparentes y al primer empujón de los sherman, de los M10 y de las carracas de su Majestad, preferían hacer la guerra un poco más lejos. Sigue leyendo

Comandos – Primera noche

Las noches de Francia no son como las del desierto de Argelia o Túnez o como las de Italia. Las noches de Francia son más frías, más húmedas y están llenan de ruidos. La artillería naval ataca posiciones donde alguien deseoso de medallas ha localizado concentraciones enemigas; los aviones nocturnos sobrevuelan los cielos y uno no saben si son de ellos o de los otros, o de los alguno que no es capaz de distinguir a los unos de los otros; y los cazacarros toman posiciones para el inevitable contraataque alemán.

El sargento Rogers divide a los supervivientes en dos grupos: unos vigilan y los otros descansan, nadie duerme, pero es gracias a su paranoia que descubren a unas tropas de cascos redondeados infiltrándose en los suburbios de la ciudad. Podrían esperar a que amaneciera, pero no, Rogers levanta a la Sangrienta Siete y con ello a toda la compañía y sin esperar órdenes asalta las casas ocupadas.

Bengalas en el cielo, disparos a oscuras y ruido, mucho más ruido. En unos instantes, la zona se ilumina con los fogonazos de la artillería, con el retumbar de las granadas y en todo este caos, los hombres de la 1ª división ven a la Sangrienta Siete asaltando casa a casa, disparando habitación en habitación, liberando Francia palmo a palmo. Sigue leyendo

Comandos – Calles de Francia

La playa ha quedado atrás y las fortificaciones frente a las que tantos murieron ya serán un peligro, pero eso no significa que el día haya concluido. Acompañados por dos M4 o, más bien, acompañándolos a ellos, la Sangrienta Siete avanza por una carretera francesa con el sol que empieza a ocultarse en su camino. Llevan un rato sin ver a ninguno de los boches, pero no creen que ya hayan acabado con ellos. Frente a ellos hay un pueblo, uno más, y es un buen lugar donde pasar la noche, lástima que haya que tomarlo antes de poder hacerlo.

La primera señal de presencia enemiga llega de un fusil de un francotirador desde el interior de una casa. Uno de los novatos, que ni siquiera era de su unidad pero lo habían reclutado por el camino, cae al suelo. Todos corren a protegerse, en la vereda del camino o junto a los carros. A Gonzalez le vuelan el casco por no agacharse lo suficiente en un segundo disparo, pero con su fortuna la cabeza se queda en el sitio. El carro de cabeza gira la torreta. Un tercer disparo impacta cerca del visor y el sonido del cañonazo apaga cualquier otro ruido por unos instantes. Una casa se derrumba en medio del humo. Sigue leyendo

Comandos – Arenas de sangre

Las salvas de la artillería naval pasaban por encima de su cabeza mientras los ridículos lanchones de desembarco cabeceaban arriba y abajo en una marea que parecía haberse vuelto en contra de ellos. Algunos rezaban, otros temblaban de miedo, menos Gonzalez que iba durmiendo y Rogers tuvo que despertarle de un codazo.

El infierno se desató segundos antes de que la puerta de la barcaza cayera sobre el agua. Las ametralladoras fijaron su atención en los recién llegados y sus dardos golpearon en los laterales y pasaron por encima de sus cabezas. Los primeros en desembarcar, los desertores que tuvieron que buscar la última noche, murieron en primer lugar. La segunda fila también cayó, pero la tercera consiguió cruzar la barrera. Algunas explosiones de humo les cubrieron y la Sangrienta Siete llegó a la playa sin muchos incidentes, aunque con dos miembros menos de los que nadie recordaba su nombre.

Las protecciones anticarro era una buena defensa y avanzaban de una en una siempre hacia el interior, hacia los farallones rocosos que se alzaban al sur. Cuando salías de tu posición, tenías que confiar en que tu compañero abandonara la suya antes de llegar. De alguna forma, como más tarde comentaría Snelling, era una especie de macabro juego de beisbol. Había que avanzar de base en base sin que te alcanzara aquella maldita MG42. Sigue leyendo

Comandos – Sangrienta Siete – 2×12 Embarcando

Las órdenes estaban dadas, ya no había marcha atrás, formarían parte de la primera oleada de invasión y desembarcarían en un sitio llamado Omaha.

-No sabía que Omaha estuviera en Francia, sargento. ¿No será otro entrenamiento de esos?

Rogers le miró como quién mira a un pariente al que o aguanta el día de Navidad, con esos ojos de «ojalá esto acabe pronto«, pero ni el sargento ni el teniente estaban para bromas. Formados a última hora de la noche, el capitán les estaba soltando la típica arenga previa a la batalla: madres orgullosas, salvación de la civilización occidental, el día de los días y toda la artillería habitual. Tras esta, la orden de subir a los camiones y buscar el puerto de embarque asignado.

-Sargento -susurró Snelling cerca de la portezuela del M3-, nos falta uno de los novatos.

-¡Faltan tres! – Les sorprendió la voz del capitán que se había acercado a hurtadillas.

-¿Tres de los nuestros -respondió con rapidez y cuando se dio cuenta añadió-, señor? Sigue leyendo

Comandos – Sangrienta Siete – 2×11 Más entrenamiento

El avión pasó a escaso metros del suelo, tanto que Peters aseguró haberle visto la cara, algo imposible dado el ángulo desde el suelo, pero el avión pasó cerca, tan cerca que durante unos momentos no oyeron ni sus propias voces. Dos cohetes salieron de debajo del aparato e impactaron unos metros por delante de ellos, cerca de donde habían colocado una bengala verde.

Se movieron al siguiente objetivo, caminando en los caprichosos caminos que la marisma dibujaba en el paisaje, parecía una playa, pero no lo era y recordaron los consejos del instructor: «si parece demasiado despejado para ser un camino, no lo es; son arenas movedizas». Eso había asustado a la Sangrienta Siete mucho más que el uso de munición real.

-¿Real? -había protestado Gonzalez-¿Acaso estos británicos quieren acabar con nosotros antes que los nazis?

Y era muy real, cada vez que uno de esos condenados aparatos disparaba sobre ellos, les llovía la tierra de los cráteres que provocaba; una arena que se colaba en el traje, en el pelo, en las botas y que hacía que todos estuvieran malhumorados. Sigue leyendo

Comandos – Sangrienta Siete – 2×10 Entrenamiento

El camión traqueteó a oscuras por una vieja carretera rodeada de casas y pequeñas vallas de piedra. Iban en un convoy, en silencio, camino del desembarco y en igual silencio desmontaron de los camiones y se subieron a un barco de tropas. ¿Cuántos iban en él? ¿100? ¿2000? Demasiados en cualquier caso hacinados en la cubierta de aquel navío que se zarandeaba al capricho de las olas. En el horizonte esperaban los buques de escolta.

—No creo que sea la invasión, jefe, la mar está muy picada —dice Peters dirigiéndose al sargento. Este le responde que se calle.

Los barcos navegan un buen rato, como dos horas en un mar que se va complicado a cada momento. El barco cabecea de arriba abajo y muchos soldados están dejando parte de sus estómagos por la borda. No hay sitio para todos y algunos vomitan en sus cascos. El olor empieza a ser insoportable.

—No creo que sea la invasión, jefe, nos dirigimos a la estrella polar. —de nuevo Peters y de nuevo una orden para callarse. Sigue leyendo