Comandos – 300 kilómetros

Moulin de Corbail, finales de agosto de 1944

La bolsa no había funcionado bien. Sí, algunas unidades se habían rendido, pero un contraataque alemán había abierto una brecha y los alemanes se retiraban hacia el este perseguidos por todas las unidades disponibles; la Sangrienta Siete siempre estaba disponible, a pesar de que solo le quedaba un novato entre sus filas. De hecho, estaba durando demasiado, habría que preguntarle su nombre.

Un problema añadido es que los muchachos de la dragón, los que habían desembarcado en el sur, venían empujando a otra gran cantidad de boches. Tenían que cerrarles la salida antes de que pudieran llegar a Alemania. Pero no había vehículos, no había gasolina y gran parte del camino tenían que hacerla a pie. ¡Maldita sea! ¿Eran de la infantería, o no?

—Sí, pero no podemos correr todo el camino hasta Berlín.

Era John, el nuevo superviviente, quién así había hablado. Y un poco de razón no le faltaba. ¿Qué podían hacer? Conseguir un vehículo para ellos, era sencillo, Fernandez podía, pero para toda la unidad era un poco más complicado.

—¡Al menos podíamos ir a Paris!

La capital francesa estaba reservada para las tropas de la Francia Libre, aunque la mayoría de los que combatían en la novena no eran realmente franceses.

«Una cosa es que nuestra bandera entre la primera» habían bromeado en un descanso «y otra que nos juguemos la vida por ello». Los soldados de la Sangrienta Siete no tenían buen recuerdo de África y sus aliados.

Caminaban siguiente el curso norte del Loira que iba girando hacia el sur mientras avanzaban. No era un terreno fácil, rodeados de arboledas y con territorio elevado a ambos lados. Sin embargo, les permitía avanzar con cierta discreción. Delante de ellos corrían las mecanizadas, pero no estaban limpiando el camino.

Un amanecer, mientras recogían los bártulos tras descansar en una abandonada aldea, una columna de vehículos les adelanto por el lado sur del río. Al principio creyeron que eran gente de Primer Ejército, pero no tardaron en percatarse de que viajaban con las luces apagadas, como temiendo a la aviación enemiga. Con las primeras luces del día el perfil de sus camiones fue más evidente y comprobaron que se detenían bajo los árboles y descargaban a sus tropas de negro uniforme.

—Ya sé lo que haremos hoy —declaró el capitán mientras la Sangrienta Siete intentaba, sin éxito, no ser la unidad de exploración.

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