1808, Rojo y Oro – 2×06 – Culpables

Rojo y Oro

Los tambores franceses retumban en la fría mañana de otoño. Llovió por la noche, pero la mañana llegó con nubes blancas que tapaban las vergüenzas del sol. Decenas de soldados, con sus casacas azules, sus correajes blancos, esperan gallardos y tiesos a que acabe la ceremonia. Un soldado, desabotonado, despeinado y con claros indicios de haber dormido poco, espera, con las manos anudadas a la espalda, a que aquel instante se alargue un poco más. Cada repique es un latido menos de su corazón. Pom, pom, se escapa su vida. Sigue leyendo

1808, Rojo y Oro – 2×05 – Ajustando cuentas

Los franceses llevan más días de los que les gustaría a los de la Hermandad aplicando su arbitraria autoridad y molestando a la gente del pueblo. La taberna de El Cojo tendría que haber cerrado sino fuera porque Chaparro se empeña en mantener el negocio. Sin ir más lejos, el otro día, se insinuaron a Vicentita y eso sí que no se puede permitir; que unos incultos soldados importunen a la juventud casadera de la localidad. Padilla, un hombre cabal donde los haya, incluso llega a las manos en dicha ocasión. Sigue leyendo

1808, Rojo y Oro – 2×04 – Un día en la Ópera

Rojo y Oro

El sol despunta en los viejos montes y sus luces traen los primeros sonidos de las botas sobre los embarrados caminos. Clop, clop, una vieja letanía de opresión, azul y blanca. Están brillantes, acicalados. Deben haberse levantado a primera hora para presentarse en el pueblo bajo el son de una cabalgata de valkirias. Llegan a la plaza del pueblo y esperan marciales mientras el sargento empieza a dar órdenes y los soldados a escucharlas. El francés no suena bien dando órdenes; el francés nunca suena bien, opina Chaparro, mientras les ve evolucionar desde la ventana de la compañía. Sigue leyendo

1808, Rojo y Oro – 2×02 – El bautizo de la «matafranceses»

La mañana se levantó torcida, o al menos eso piensa Chaparro mientras realiza el camino hacia la capital de la provincia. Su jefe ha tenido la ingeniosa ocurrencia de mandarle como un vulgar correo para unas peticiones al oficial superior de su orden. Necesitamos más gente, más armas, más municiones o más dinero para pagar lo anterior. Cuando te vea, había dicho el hijo de mala madre, sabrá que estamos en apuros gordos y entenderá mi carta. Y no es por el viajecito. A quién no le apetece cabalgar por estos caminos lleno de bandoleros, de guerrilleros estúpidos o, pero aún, de franceses en una fría mañana de final de invierno. Con lo bien que estaría él con una frasca de vino y unas castañas para contar las horas. Sigue leyendo

1808, Rojo y Oro – 2×01 – La muerte de Padilla (2ª parte)

Madales y Chaparro están desolados. El primero se aferra a la chaqueta verde de Padilla como si al soltarla éste pudiera desaparecer para siempre. Chaparro maldice y lanza juramentos como si mañana no hubiera un Dios que pudiera juzgarle: “Como pille al malnacido…” murmura antes de lanzar una nueva serie de improperios que hacen que algunos animales nocturnos huyan asustados. Allí, en medio del silencio nocturno de España, el dolor es más grande y la pena más honda. ¡Maldito Padilla! ¿En qué demonios andaría metido sin avisarnos? Sigue leyendo

1808, Rojo y Oro – 1×14 – La muerte de Padilla (1ª parte)

Madales y Chaparro están en la taberna El Cojo narrando al detalle la Batalla de la Tórtola y según la van contando a los nuevos parroquianos que pasan por el negocio, la T se va haciendo más grande, así como el número de enemigos a los que se enfrentaban. Madales no participa mucho, pero Chaparro está en su salsa y, extraño en él, se quita méritos en la victoria. Todo fue gracias a Padilla, él es el verdadero artífice de nuestro éxito. Sigue leyendo

1808 – 1×01 Don José (capítulo)

Autor: Don Toribio Hidalgo

Rojo y Oro

Eleuterio es un conocido periodista de la localidad. Sus columnas, que siempre firma como “Ele”, en el periódico El Pregonero son bastante populares. Es un escritor de mucha calidad y un investigador bastante inquisitivo. Sus detractores le acusan de ser amigo de los franceses, de colaborar con los guerrilleros, de lamer las botas de los ingleses, de cualquier cosa; un signo bastante claro de su independencia periodística. Sin embargo, la noche de autos, Eleuterio aparece muerto en el callejón junto a la taberna “El Cojo”, paso casi obligado de Padilla y sus subalternos. Sigue leyendo