1808 – 2×14 – La venganza de Doña Bernarda

Rojo y Oro

-Pero ha si’o él -dijo Chaparro sin ningún tipo de respeto hacia la persona con quién estaban hablando-. No podemos dejar que se vaya trucho, jefe.

El aludido ni le miró, sus ojos seguían clavados en el silencioso sargento Padilla. Él sabía, como muchos antes que él, que si aquel hombre guardaba silencio es que no se avecinaba nada bueno. Se oía la rueda del molino dar vueltas en el arroyo y a lo lejos se acercaba un rebaño de cabras con algunos cascabeles al cuello. Quizás el de Fulgencio, por la hora.

El superior de la cuadrilla se levantó de la silla y abandonó el despacho del jefe, no sin antes abrir la puerta y dejar que sus dos subordinados salieran antes que él. Intranquilo, el jefe le dijo antes de que la puerta se cerrara:

-Tomaros el día libre. -Es lo máximo que se le ocurrió para mantener a los tres fuera de este turbio asunto.

Y pasaron la tarde y la noche en la taberna de “El Cojo” lamentando sus cuitas y bebiendo más de la cuenta. Gran parte del pueblo les vio allí e incluso Mariscal, el regente, les dejó durmiendo con la cabeza apoyada en la mesa cuando ya no tenían ni fuerzas para levantar una jarra de vino. Sigue leyendo

1808 – 2×13 – La muerte de Doña Bernarda

Rojo y Oro

El domingo de Cuaresma las campanas de la iglesia tocaron a duelo, un toque lento con dos campanas distintas terminado con tres toques finales, una mujer había muerto. Cuando nuestra cuadrilla se personó en el lugar se enteraron que la fallecida era Doña Bernarda, la misma que pocas semanas antes había perdido a su marido y que había protagonizado cierto incidente sufragista en el casino de la localidad.

Chaparro se santiguó y agachó la cabeza, más para disimular su cansancio que por respeto a la difunta. Madales observaba a las beatas y plañideras como si no estuvieran allí, mientras que el sargento murmuraba, sacudía los pies y se agitaba como si le hubiera picado algún bicho de esos de los pajares. De repente salió de la plaza donde se reunían los lugareños y encaminó por la cuesta de piedra que llevaba hasta la casa de Doña Bernarda. Sus compañeros de andanzas le siguieron, ¡qué remedio! Y los tres llegaron con el resuello entrecortado hasta el pequeño murete que limitaba el acceso a la pequeña finca. Pasaron por encima, sin molestarse en llegar a la abertura practicada para gentes más civilizadas y llegaron a la puerta. Llamaron una vez, llamaron dos veces y entraron. Sigue leyendo

1808 – 2×12 El extraño caso de Doña Bernarda

En el casino de la capital de la provincia apareció en la tarde de autos una mujer vestida de negro, de riguroso luto, que respondía al nombre de Doña Bernarda y que era la viuda reciente de uno de los miembros de dicho casino. La mujer expuso a la junta la última petición de su marido: leer un escrito en el que había estado trabajando. Dadas las estrictas normas del casino, se lo ofreció para que lo leyera alguno de los socios, pero el presidente del casino, un reformista afrancesado, explicó que Doña Bernarda no debería verse en su condición de mujer, sino como el desaparecido miembro del casino y la invitó a que ella misma leyera los escritos de su marido.

La asamblea extraordinaria causó gran expectación y la platea estaba llena de socios que deseaban escuchar los últimos pensamientos de un prominente miembro del casino. Doña Bernarda subió al atril de los conferenciantes y ocasionó algunos murmullos, que fueron rápidamente acallados por la mirada del presidente. Llevaba cuatro cuartillas escritas a mano en una letra menuda, pero clara y sencilla de leer. Miró a los asistentes, a los papeles y comenzó a hablar sin volver la vista al manifiesto. Sigue leyendo

1808 – Rojo y Oro: 2×11 – El retorno a casa

Rojo y Oro

Salir de la cárcel no es un problema. Aún les acompaña el anciano que no ha dejado de murmurar en toda la noche, pero Padilla no le ha interrumpido.

-Mientras rezan -dijo-, no piensan en diabluras.

La mañana era fría y la calle estaba desierta. El rocío embarraba el camino y mojaba los cristales y recordaba que el invierno se acercaba. Todos subieron a sus monturas, no sin que antes Chaparro no comprobara que no les habían provocado alguna faena. Una piedra, un clavo aflojado y el animal no aguantaría ni una legua. Se tranquilizó, los parroquianos habían sido prudentes o más listos que él.

El anciano cabalgaba en la misma grupa que Madales y cuando se habían alejado lo suficiente, le soltaron. Tenía una buena caminata hasta el pueblo y el sargento quiso ser amable:

-Nos volveremos a ver -y no sonó como una amenaza.

El temor a que los asaltaran no les abandonó y los comentarios de Vitango sobre esa posibilidad en cada recodo, en cada sombra no ayudaban a la tranquilidad del grupo. Vivaquearon en mitad del camino, al refugio de una enorme higuera que inundaba todo con su agradable olor. Por alguna extraña razón, Padilla no había querido que aceleraran el paso ni llegar a la cárcel tras el anochecer. Sigue leyendo

1808, Rojo y Oro – 2×10 – La larga noche

Rojo y Oro

La noche es cerrada y la luna parece ocultar sus vergüenzas bajo un manto de negras nubes, pero no lloverá, la lluvia sería un alivio porque haría que los alborotadores se fueran a sus casas. Chaparro está enfadado. Le molesta estar sin dormir en un lecho, sin comer buenas viandas y sin trasegar buenas cervezas y no en ese orden. Madales está igual de enfadado, aunque el objetivo de su ira es cierto jefe allá en el cuartel que les ha metido en este embolado.

Padilla solo está serio, preocupado por los gritos que se escuchan desde la calle; solo le enfurece mirar la celda de Vitango y verle sonreír. ¿Acaso no entiende que la primera bala será la suya? Cansado de la situación y de mirar por la ventana, decide enfrentarse a la turba. Señala a su cuadrilla, de dos, y les pide que le cubran.

La multitud se va silenciando mientras Padilla recorre la mirada de los asistentes. Siguen hostiles, pero en silencio. Tras un incómodo momento alza su voz: Sigue leyendo

1808, Rojo y Oro – 2×09 Cárcel para Vitango

Rojo y Oro

El oficial de la Hermandad (y sus superiores) sospecha que algo han tenido que ver en la partida y el desgraciado viaje de la unidad francesa. Nunca se ha fiado de Padilla, ni de Madales, ni, sobre todo, de Chaparro. Sabe que están confabulados con los guerrilleros o, peor aún, con los bandoleros, pero hasta ahora no ha podido demostrarlo. Sigue leyendo

1808, Rojo y Oro – 2×08 – La huida del francés

Rojo y Oro

Deserciones múltiples, desaparición del ganado y la superstición que ha bajado la moral de los hombres a las cotas más bajas. Estas son tierras difíciles, le confiesa el oficial de la ahora menguada mesnada. Padilla intenta convencerle para que se queden. Mire que los caminos de las montañas son traicioneros y que muchos se han Sigue leyendo

1808, Rojo y Oro – 2×07 – Con los franceses

Rojo y Oro

Tras la autoinculpación del soldado francés que mató a su compañero en un arrebato de celos por una mujer gitana que dicen rondaba el campamento, los hombres de la hermandad se han ganado el respeto y el reconocimiento de las autoridades francesas. Los tres, antes recelosos de acercarse donde las tropas invasoras acampaban, son ahora bien aceptado y recibidos incluso en las tertulias de algunos oficiales. Comparten vinos, chanzas y ese humor latino que tanto une a los pueblos. Sigue leyendo

1808, Rojo y Oro – 2×06 – Culpables

Rojo y Oro

Los tambores franceses retumban en la fría mañana de otoño. Llovió por la noche, pero la mañana llegó con nubes blancas que tapaban las vergüenzas del sol. Decenas de soldados, con sus casacas azules, sus correajes blancos, esperan gallardos y tiesos a que acabe la ceremonia. Un soldado, desabotonado, despeinado y con claros indicios de haber dormido poco, espera, con las manos anudadas a la espalda, a que aquel instante se alargue un poco más. Cada repique es un latido menos de su corazón. Pom, pom, se escapa su vida. Sigue leyendo

1808, Rojo y Oro – 2×05 – Ajustando cuentas

Los franceses llevan más días de los que les gustaría a los de la Hermandad aplicando su arbitraria autoridad y molestando a la gente del pueblo. La taberna de El Cojo tendría que haber cerrado sino fuera porque Chaparro se empeña en mantener el negocio. Sin ir más lejos, el otro día, se insinuaron a Vicentita y eso sí que no se puede permitir; que unos incultos soldados importunen a la juventud casadera de la localidad. Padilla, un hombre cabal donde los haya, incluso llega a las manos en dicha ocasión. Sigue leyendo