1808 – La muerte del conde

Rojo y Oro

El enfrentamiento con los guardias no había acabado bien. Peor para ellos, cierto, pero tanto Madales como Chaparro lucían heridas. Unos rasguños según el primero, mortales y dolorosos para el segundo que buscaba unos días de permiso. Alguien tenía que pagar por ello.

Que había una deuda era algo que el pueblo sabía y se ocultaban al paso de los tres. No les esquivaban, pero buscaban no ir por el mismo camino demasiado tiempo. Sobre todo, cuando aparecieron con aquellos niños mal alimentados y vestidos por la calle principal, subieron por la escalinata de la plaza y se plantaron en la puerta.

-Abran a la autoridad de los mangas verdes -dijo Padilla al guardia de la puerta. Este temeroso, a punto estuvo de abrir la puerta, pero un compañero, quizás de mayor rango o más veterano, le detuvo y respondió:

-El conde no está. Vuelvan ustedes mañana.

La cara del novato les hizo comprender que estaba mintiendo, pero Padilla sonrió, señaló una ventana a la que se asomaba una mujer menuda entrada en años y replicó: Sigue leyendo

1808 – 3×11 – La guardia del conde

Rojo y Oro

—Recuérdame —dijo Chaparro mientras apuntaba a un guardia con una pistola y al otro le amenazaba con su espada.

Pero no necesitaba que se lo recordaran. Todo empezó con aquellos niños con los que pasaron esa noche una semana atrás y cómo conocieron su triste historia de casi indigencia; no, se recordó, de indigencia plena. Uno no es casi pobre.

Decidieron pasar el día en la ciudad, a pesar de lo poco que les gustaban las grandes urbes y allí, poco a poco, fueron conociendo al personaje sobre el que recaerían sus odios e inquinas. Había una pujante burguesía, con artesanos y comerciantes, que estaban haciendo buen negocio con aquello de que unos mataran a otros en los campos de batalla. Curtidores, herreros y todos esos oficios que son el alma detrás de cada ejército. Unas gentes que vivían por el metal y que se beneficiaban de la figura del conde de la ciudad. No es que este hiciera nada por ellos, pero era alguien al que echar las culpas de la explotación, los malos sueldos, las malas cosechas. El caso es que, en ocasiones, el chivo expiatorio si tiene cosas que exculpar. Sigue leyendo

1808 – 3×10 – La casa de las afueras

Rojo y Oro

La tarde se entretenía en las laderas de las montañas mientras las luces de los hogares prendían en la lejanía. El pueblo parecía los suficientemente grande para que el nombre se le quedara pequeño y aquello no gustaba a los tres mangas verdes. Los sitios civilizados les traían malos recuerdos. Ellos eran gente del camino, de pequeñas haciendas y casas de labor. A esos urbanitas les movían otros intereses alejados de los ritmos de las cosechas, de la pesca en los ríos. Eran gentes que vivían de espaldas al sol que les calentaba.

Fue quizás por ello que se alegraron de encontrar una casa apartada poco antes de llegar a la villa. Si pernoctaban ahí, podrían atravesar el pueblo a primera hora y continuar su camino sin incidentes. No iban a imponer su presencia, pensaban pagar por ella, y una cena hogareña siempre era más atractiva que un camastro rodeado de locos.

Había muchas pegas a ese plan, pero ninguna de ellas apareció antes de que llamaran a la puerta. Una rendija se abrió y en ojo de una joven apareció por la rendija. Padilla no espero a que la mujer hablara, dio un paso atrás para no resultar amenazador y habló: Sigue leyendo

1808 – 3×09 – El río

Rojo y Oro

Uno de los problemas de vivir en el camino es que este se empeña en pegarse a cualquier cosa que lleves puesta. A los pocos días, calzas, botas, sayas se habían cubierto de polvo que parecías más un caminante fantasma que un miembro de las orgullosas mangas verdes. No es de extrañar, por tanto, que descubrir un río tranquilo en el que refrescarse sea siempre una buena noticia, sobre todo si el día acompaña y no es problema quedarse en calzones. Un baño y una buena vareada a la ropa es suficiente para reemprender el camino.

Sin embargo, los ríos son caminos y no siempre están despejados. En esa ocasión, descubrieron un montón de troncos deslizándose lentamente corriente abajo. No eran muchos e iban por la otra orilla, lo que hacía seguro el baño. Chaparro entró primero y Madales le siguió maldiciendo lo fría que estaba el agua.

?Pero qué tenemos aquí. Dos forasteros en paños menores. Sigue leyendo

1808 – 3×08 – Yo pediré ensalada

Rojo y Oro

Permanecieron agazapados varias horas y estudiaron el comportamiento de los desertores. El hombre del burro acabó marchándose y les vieron preparar la zona con cierta desidia. Es indudable que eran soldados, pero hace tiempo que habían perdido el hacer castrense.

No se alejaban mucho ni para tirar los desperdicios ni para hacer sus necesidades y tampoco se habían molestado en preparar un tejado para los cuatro viejos muros en los que se cobijaban. No había una estructura de mando y discutían como bellacos al primer desacuerdo. Se amenazaron con sacar las sangraderas, pero eran bravuconadas vanas, ninguno de ellos quería perder la vida por una tontería, ni por algo más importante a tenor de su estado actual.

—Cobardes —murmuró Chaparro con desprecio.

—¿Franceses o españoles? —preguntó el sargento. Aunque habían hablado entre ellos, estaban lejos para entender lo que decían. Las ropas tampoco ayudaban porque se habían disfrazado de labriegos y no conservaban, si quiera, sus botas. Sigue leyendo

1808 – 3×07 – Las entregas

Rojo y Oro

Pasaron varios días en compañía de aquel pastor. A chaparro le tocó acercarse al pueblo y adquirir algunas viandas para que su estancia no dejara al pobre hombre sin recursos. Fueron jornadas agradables con esos día de invierno en el que al frío le da pereza levantarse y el sol aún recuerda sus tiempos mozos.

Cuando ya se acercaba el final de la tarde, el anciano se colocó detrás del sargento Padilla. Aquel hombre se movía con un sigilo inusitado entre el balar de las ovejas y le sorprendió, algo difícil de conseguir, hablando sin preámbulos.

—Veo que no ha tardado mucho en darse cuenta.

—Se refiere —respondió sin girarse— al hombre del burro que todos los días emprende camino cargado y vuelve por las tarde vacía.

—Se llama Laureano. No es del pueblo, pero vive allí porque se casó con Margarita, una de las hijas del dueño de algunas de estas ovejas.

—¿Está abasteciendo a guerrilleros? Sigue leyendo

1808 – 3×06 – El pastor

Rojo y Oro

Haciendo camino les pilló a los mangas verdes el final de diciembre, con la lluvia y los fríos colándose en los huesos y el mal humor adueñándose de los espíritus. Seguían una senda que empezó prometedora, pero que acabó convertida en un pedregal estrecho que transitaba siguiendo un río frío de montaña. Se apearon de las monturas para evitar que se quebraran las patas, lo que provocó que Chaparro se lamentara porque a nadie parecía preocuparle que fuera él quien se rompiera las patas.

La ascensión terminó en un prado con una cobertizo desvencijado donde se escuchaba el balar del rebaño y una caseta de piedra y madera con humo en el hogar.

—Les estaba esperando —les dio la bienvenida un anciano que, desde el porche, se entretenía afilando un cuchillo con una piedra de esmerilar. El arma, de esas que entran y salen en la vaina con un vaivén, tenía un tamaño considerable y el desgaste propio del uso frecuente. Sigue leyendo

1808 – 3×05 – La justicia de la Rojo y Oro

Rojo y Oro

En los días fríos de invierno, en ocasiones, sopla el viento del noroeste que viene de las montañas cargadas de humedad y nieve. Si las condiciones son las adecuadas, enfría las nubes que vienen el mar y precipita enormes nevadas que lo cubren todo. Son malos días para todos. Los caminos están cortados, el viento sacude los postigos y el no poder atender los asuntos propios negocios exaspera a todos, enerva los ánimos y aumenta las disputas. A estos días del invierno se les llama San Casimiro por coincidir con la festividad del santo del final del invierno, conocido por tener dos manos derechas.

No es una buena época y los ciudadanos de aquella localidad apodaron así a los mangas verdes. Los casimiros porque allá dónde iban exasperaban a todos, enervaban los ánimos y empezaban y acaban las disputas. Su recorrido dio más trabajo al curandero local que una estampida de caballos salvajes. Sigue leyendo

1808 – 3×04 – El fuego del odio

Rojo y Oro

Aún no se habían acabado los rescoldos de su primer encontronazo con los tipos malencarados del pueblo, cuando se olieron que iba a haber problemas, o mejor dicho, olieron el problema. El humo se colaba por debajo de la puerta de su habitación, que compartían por seguridad y economía, y los gritos de la vieja posadera rompían el crepitar de las maderas.

Madales fue el primero en saltar por la ventana. La calle tenía cierta pendiente y el primer piso no quedaba tan lejos. Aun así, cayó como un fardo de patatas encima de un carro. Chaparro le siguió, no sin antes, arrojar por la ventana las escasas pertenencias que tenían. Su caída tampoco se vistió de gracia. Padilla fue el último en saltar, como si fuera un gato de esos de la capital, embozado en la capa y con las armas en la mano.

Algunos vecinos estaban formando una cadena para llevar agua desde el pozo a la posada, pero el fuego era vigoroso y harían falta más brazos para sofocarlo. «Y su marido» preguntó el sargento a la posadera mientras los dos cabos arrimaban el hombro con los cubos. Ella señaló dentro y entre gimoteos y lamentos dijo que intentaba salvar todo lo que pudiera. Y al grito de «perderá todo el insensato» se introdujo en la antesala de ese infierno. Saldría pocos minutos después, envueltos ambos en una manta empapada de cerveza humeante por el calor. El posadero lloraba, pero sus manos aferraban un hatillo con lo poco que había podido salvar. Su mujer le abrazó, ella hizo lo propio con él. Sigue leyendo

1808 – 3×03 – Descubriendo la ciudad

Rojo y Oro

Dejaron a los huérfanos en un hospicio del camino al cuidado de unas religiosas que no se mostraron muy contentas de tener cuatro bocas más que alimentar. Los tres mayores no hablaron en todo el viaje y el menor alternaba el lloriqueo con preguntar por su madre. Chaparro había rapiñado todo lo que encontró de valor en la casa de aquel desgraciado y las monjas pusieron mejor cara cuando lo entregó como dote por los niños. No era su plan inicial.

A cambio del donativo, la madre superiora les invitó a descansar en el corral de la orden, pero los mangas verdes rechazaron la invitación y le comentaron su intención de llegar a una villa cercana antes de que acabara el día. La mujer torció el gesto y les advirtió sobre la ciudad, allí ocurrían cosas del maligno.

—¿El maligno, señora? Él nos manda —replicó Chaparro entre grandes risotadas mientras la mujer se santiguaba y desaparecía detrás de la puerta. Sigue leyendo