Número: 202.     4ª época.     Año XVIII     ISSN: 1989-6289

202 > Aventuras > Rojo y Oro > 3x13 - El regreso a casa (1808). Por: Don Toribio Hidalgo

 

El regreso a casa

Rojo y Oro

Volver a casa nunca es fácil. El camino parece largo y que nunca termina y si, además, crees que allí no te espera nadie, los días se vuelven eternos y las noches desapacibles. Pocos incidentes hallaron en la ruta y pocas excusas para detenerse. Dormían en posadas o en graneros cuando no encontraban estas y el polvo y el frío se mezclaban con la humedad que sus capas de mangas verdes no parecía capaz de dejar fuera.

La primera señal de que algo no era como imaginaban la encontraron a poco trecho de la entrada. El hijo de Atulfo, un mocoso de apenas seis veranos, salió ventando su llegada a los cuatro vientos como cervatillo en un día de caza. Eso trajo la atención de los parroquianos que les miraron con sonrisas en los labios y ojos ilusionados en los rostros. Atardecía, pero no era el final de la dura jornada lo que les alegraba. ¿Qué había pasado allí?

—Bienvenidos —dijeron algunos. Y una moza del gentío alargó un pellejo de piel al bueno de Chaparro quién, tras darle un largo tiento sin dejar de mirar al molesto marido al que se le había privado del néctar, se la devolvió a su dueña con agradecimiento.

Los tres se miraban sin comprender y por eso, en vez de dirigirse al cuartel, encaminaron sus pasos a la taberna "El Cojo". Si alguien sabía que estaba pasando. Ese era Mariscal. Además, un poco más de vino y una buena cena no era algo que pensaran rechazar. Los vecinos les acompañaron un trecho, pero, poco a poco, cuanto más se acercaban a la taberna, más solos se quedaban. Al dejar los caballos junto a la entrada de las caballerizas para que la hija del tabernero se encargara de ellos, no había nadie con ellos. Ni siquiera la supuesta caballeriza. Algo estaba pasando.

Los tres cruzaron el umbral con preocupación que se tornó en extrañeza cuando no encontraron una cara conocida tras la barra. Les miraba, con gesto de molestia, un muchacho joven de grandes ojos y piel picada por la viruela. No saludó, como si la presencia de tres clientes en un local fuera motivo de enfado.

—¡Pardiez! —resopló Madales—. He estado en cumbres de montañas más calientes que este antro. —Y sin pedir permiso echó un par de troncos en el hogar de la chimenea.

—¿Vas a pagar esos leños? —dijo un hombre curtido en una mesa de la izquierda. Su acento no era de allí.

Padilla sujetó la lengua de sus dos compañeros con un gesto seco. Y dirigiéndose al que había hablado, que estaba acompañado de otros dos más jóvenes que él y con las armas sobre la mesa, le dijo:

—¿Dígame, buen hombre, conoce a Mario Mariscal dueño de este local? Veníamos buscándole.

Los tres se rieron, pero aquella no fue la respuesta correcta.