Número: 202.     4ª época.     Año XVIII     ISSN: 1989-6289

202 > Equipo > Equipamiento > Licor Casero (1808). Por: Jacobo Peña Conversa

 

Licor casero

En el siglo XVIII y principios del XIX, los españoles no se privaban de disfrutar de bebidas de todo tipo. Obviamente, la bebida principal era el agua, cuando esta se podía obtener con cierto grado de pureza, lo que era normal en el campo y no tanto en las ciudades. Para mejorar su sabor se inventaron refrescos, como la aloja (agua, azúcar o miel y sustancias aromáticas), el agua de limón, el agua de cebada (agua de cocción de cebada, azúcar, limón y canela), la mistela malagueña (azafrán, matalahúga, canela, clavo, hierbaluisa, cáscaras de naranja y de limón, anís y azúcar) o la horchata (de chufas). El café era también una bebida muy popular, mientras que la leche, por lo fácil que se estropeaba, era más normal, o beberla recién ordeñada o consumirla en forma de queso, o mantequilla. Considerado un alimento más que bebían mayores y niños, el vino era una opción considerada más segura que el agua si esta pudiera estar contaminada. La cerveza, aunque sí se bebía, estaba peor considerada por su sabor agrio y estropearse con más facilidad. Además, los médicos tendían a recomendar no beber cosas muy frías (ni muy calientes). Aún así, en España, al contrario que en Europa, la popularizarían para refrescarse en verano las clases altas, en especial después de la Guerra de Independencia. Mejor consideración tendría en general la sidra, más dulce y cuyo consumo no requería el frío.

Y, por supuesto, había destilados en abundancia, a menudo asociados a productos agrícolas típicos de la región, cuya pasta o jugo fermentado se usa para extraer alcohol. En el caso de los licores, resultaba especialmente útil destilar una bebida ya fermentada o usar plantas ricas en sacarosa. Así, los personajes tendrán fácil acceso al pacharán (de ciruelas) en Navarra y Aragón, aguardiente de sidra en Asturias y País Vasco, brandy (de vino) y aguardientes de vino anisado en Andalucía, orujo (de hollejos de uva) en Galicia, resoli (con café, anís, azúcar tostada, hierbaluisa y canela) en Cuenca y el norte de Andalucía.

Muchas de estas recetas eran caseras o de uso exclusivamente medicinal en sus inicios, habiendo un fuerte impuesto y control de su distribución. Con el tiempo se liberalizaría su fabricación y venta; de hecho, en 1809 será José Bonaparte I quien se ganaría el apodo de Pepe Botella al liberalizar la fabricación y venta de las bebidas espirituosas en general, es decir los destilados de los que estamos aquí hablando. Esto coincidiría con la invención en 1808 y posterior patente en 1813 del alambique de destilación continua, un proceso que no solo hacía más rápida la destilación, sino que facilitaba, en especial con la invención años después de las columnas de destilación, separar las "cabezas" y las "colas" de la destilación. Ya se sabía hacía tiempo que la primera parte y la última de una destilación había que evitar beberlas pero la separación no era lo bastante exacta y seguía habiendo problemas por el consumo del metanol (alcohol metílico) que quedaba con el etanol (alcohol etílico) en la mezcla. Aunque no desaparecieron, en especial debido a la enorme producción casera que siguió existiendo, los problemas de intoxicación se reducirían bastante a partir de mediados del siglo XIX, en especial en productos de fabricación industrial.

Pero habíamos venido aquí a hablar del licor casero. La imagen que tenemos que tener en la cabeza es la de un grupo de soldados acuartelados en pleno invierno con escasez de suministros, en el grupo de bandoleros o de guerrilleros aislados en una cueva de la sierra, en la masía o el pazo rurales de un burgués patriota que aloja a los personajes. En esas circunstancias la posibilidad de producir y disfrutar de una bebida que aún es considerada medicinal (reconstituyente y digestiva) está ahí.

Lo primero que tendrán que hacer los personajes es acceder a alcohol. Pueden fermentar ellos mismos algún producto vegetal, idealmente con alta cantidad de sacarosa o usar vino, sidra, etc. Esta bebida fermentada es la que tendrán que destilar posteriormente con el uso de un alambique. En aquella época era posible disponer de alambiques de varios tamaños, aunque caros pero también podrían construir algunos caseros, aunque menos salubres.

Destilación

Furne, J. (1873). Alambic pour distiller le goudron par la vapeur dans les usines de produits chimiques. Les merveilles de l'industrie. Fondo antiguo de la Biblioteca de la Universidad de Sevilla.

El producto de la destilación será un líquido de muy alta graduación alcohólica, cuyo gusto y olor variarán dependiendo de la materia orgánica de origen. Su sabor, por la forma de fabricación y la concentración de otras sustancias aparte del etanol, será en cualquier caso bastante desagradable. Una primera cosa que se puede hacer es clarificar el producto, limpiarlo de impurezas, por ejemplo pasándolo a través de un tamiz. Era muy común mejorar el sabor macerando en él otras sustancias como anís, hierbaluisa, canela, menta, tomillo, clavo, cáscara de naranja o limón, etc., creando cada cual su receta casera dependiendo de lo que tuvieran a mano. Como la graduación solía ser demasiado alta, se rebajaba con agua hasta alcanzar la concentración deseada. También se le podían añadir otras bebidas como café, y casi siempre azúcar para endulzar.

Una vez hayan producido una buena cantidad de licor casero propio, los personajes o sus mecenas pueden agarrar cada cual una bota o botella y llevárselo para usarlo con diversos propósitos. Estableciendo que en cada una de estas "raciones" de espirituoso haya una docena de tragos, los efectos en el cuerpo de cada uno de ellos los podemos establecer así:

Aunque realmente no aumenta el calor corporal, podemos reducir penalizaciones por funcionar bajo temperaturas muy bajas tras poco después de tomar un trago de licor por la sensación que produce.

También permite recuperar tres puntos de Entereza de un trago, dos de un segundo y uno de un tercero.

Un trago largo puede reducir las penalizaciones por heridas en un grado a determinar por la Dirección de Juego, según el tipo de daño recibido.

Finalmente, la Dirección de Juego deberá estar atenta para aplicar penalizadores a las acciones de los personajes más borrachines.

Adicionalmente, dependiendo de lo "casero" que haya sido el proceso, la DdJ puede determinar que alguna de las botellas o botas de los personajes se haya llenado con demasiada proporción de etanol. Las consecuencias de unos tragos en ese caso pueden ser bastante graves si no se detectan pronto los síntomas (entre 10 y 30 horas después de la ingesta), que son molestias gastrointestinales inespecíficas, respiración rápida, confusión, seguidos de visión borrosa, incluso pérdida de la misma. Esto puede derivar a un cuadro de deterioro neurológico progresivo hasta la aparición de convulsiones o coma, daños serios en varios órganos, incluso la muerte.

Por desgracia, cuando aparecen los primeros síntomas del metanol, este ya no está en el estómago, sino en la sangre, y son sus metabolitos los que están produciendo el mayor daño. Por esto es conveniente actuar pronto, antes de que se haya metabolizado la mayor parte.

Paradójicamente, el tratamiento más eficaz para un ciudadano del siglo XIX es el consumo de etanol, es decir, de alcohol etílico, procurando mantener un nivel de este en sangre hasta que desaparezcan los síntomas del metanol. Dado que el mismo licor que les ha envenenado no parece la mejor opción, habría que recurrir al vino o a licores que ya hayan sido consumidos en parte sin provocar estos síntomas.