Pangea – El Nacimiento de Lanuk

Um ¿recién llegado? ¿No? Bah, que más da. Sea como sea creo que no nos han presentado, ¿no es cierto? Mi nombre es Embe. Si, lo se, soy viejo, viajero. Mis ojos han visto más drumas de las que puedo llegar a contar. He llevado una vida dura, y aún así he sido un mendwan feliz. Pero ven, no te quedes ahí pasmado. Acércate a la hoguera. La noche es condenadamente fría y lo agradecerás.

He oído decir que te preocupa el estado de tu compañera ¿me equivoco? Muchacho, es ley de todo hombre rompernos la cabeza por nuestras mujeres cuando están en estado. Se de lo que hablo, pues yo también fui joven una vez, y tuve mi propia compañera… aunque hace ya mucho de eso. Unas extrañas fiebres se la llevaron.

Pero no hablaré hoy de historias tristes. Nada de muertes ni enfermedades. Si no del nacimiento de mi hijo.

Cuando los espíritus nos concedieron el don de la descendencia, mi compañera Masara y yo, habíamos dejado la tribu de nuestros padres para empezar una nueva vida en el grakin de Aguaclara. Fue en medio del camino, donde ella me contó sus sospechas, pues su interior no había vuelto a llorar sangre desde hacía demasiado tiempo. Creo que en ese momento empezaron mis preocupaciones.

Cuando alcanzamos Aguaclara la tripa de Masara había comenzado a hincharse como un melón. No voy a engañarte chico, utilizamos aquel hecho para integrarnos con más facilidad en el grakin. Todo el mundo sabe que cuando una mujer se encuentra en estado ha sido tocada por los espíritus y emana buena suerte de su interior. No me mires con esa cara, lo que te digo es cierto. Es importante que un pueblo esté en paz con los espíritus de la fertilidad, pues son ellos una parte importante de la supervivencia de la tribu. Pero solo las hembras están en comunión con ellos. Pocos osaran hacer daño a una mujer tocada por los espíritus. Y por ello nos acogieron con alegría, como lo harán contigo y con tu compañera. El grakin de Aguaclara es rico en alimentos y una boca más que alimentar no suponía problema alguno en aquel tiempo. Tengo entendido que las cosas allí no han cambiado demasiado. Podría ser un buen lugar para asentaros.

Yo lo hice. Construimos una pequeña cabaña y me dediqué a recolectar hierbas medicinales para el grakin. No había muchos allí con mi habilidad, por lo que fue más que suficiente como para pagar los servicios prestados. Masara era buena curtiendo pieles, y aunque su estado le impedía realizar bien sus labores, ella iba dando consejos a las curtidoras más jóvenes.

Entonces llegó el ansiado día.

Cuando entre en mi hogar, los curanderos habían iniciado ya los rituales del parto. ¿Cuales? Bueno, todos aquellos necesarios para recibir una nueva vida en este mundo. En el caparazón vacío de un trilobites vierten aceites medicinales cuyo aroma relaja los nervios de la futura madre, y junto a ellos, siempre debe estar la talla de un espíritu de la fertilidad, con sus enormes propiedades femeninas apuntando hacia la parturienta. Así estos estarán presentes durante todo el proceso. Escuché una vez a un hombre del oeste decir, que los suyos ponían también tallas con formas fálicas junto a la mujer preñada, para pedir a los espíritus la llegada de un hijo varón. En el caso de mi compañera no se hizo.

No sabes lo que es estar preocupado por tu compañera hasta que no llega el alumbramiento. Créeme. Cuando la nueva criatura está apunto de salir, el hombre debe despedirse de su compañera y salir del lugar del parto. Los espíritus solo permiten a las hembras asistir a tal milagro, y pobre de aquel que desobedezca, pues su hijo nacerá malformado o demente. Aquel día Masara me dio un hijo hermoso y fuerte. Lanuk le pusimos por nombre, que entre las tribus de donde provengo significa «El esperado». Una llegada ansiada a nuestras vidas. Un hecho que marcaría un antes y un después.

Cuando veas a tu hijo por primera vez lo verás ensangrentado y con trozos de carne adheridos a su piel. Entonces entenderás porque las mujeres lloran sangre. Y es que es esta la que los espíritus toman y con la que dan forma al nuevo miembro de la tribu cuando las hembras son bendecidas.

Ahora ve con ella viajero. Disfruta de lo que está por venir, pues vivimos en un mundo tan salvaje como peligroso, y cuando Pangea lo desea pide su pago. Ya hace muchas drumas que vi por última vez a mi hijo… tantas que he perdido la cuenta.

¿Que qué ocurrió? Bueno. Lanuk se marchó tras… cierto percance. He oído noticias de él. Muchos le han visto en diferentes lugares de Pangea. Por desgracia seguirle la pista no es fácil. Aún tengo la esperanza de que algún día regrese a su verdadero hogar, y entonces nos sentaremos largo y tendido, frente a la hoguera, como estamos ahora tu y yo haciendo. Y podrá contarme todas sus vivencias.

Pero hasta ese momento… bueno, creo que tendrás que conformarte con las mías, viajero.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *