Número: 165.     4ª época.     Año XV     ISSN: 1989-6289

165 > Aventuras > Rojo y Oro > 2x10 - La larga noche (1808). Por: Don Toribio Hidalgo

 

2x10 - La larga noche

Rojo y Oro

La noche es cerrada y la luna parece ocultar sus vergüenzas bajo un manto de negras nubes, pero no lloverá, la lluvia sería un alivio porque haría que los alborotadores se fueran a sus casas. Chaparro está enfadado. Le molesta estar sin dormir en un lecho, sin comer buenas viandas y sin trasegar buenas cervezas y no en ese orden. Madales está igual de enfadado, aunque el objetivo de su ira es cierto jefe allá en el cuartel que les ha metido en este embolado.

Padilla solo está serio, preocupado por los gritos que se escuchan desde la calle; solo le enfurece mirar la celda de Vitango y verle sonreír. ¿Acaso no entiende que la primera bala será la suya? Cansado de la situación y de mirar por la ventana, decide enfrentarse a la turba. Señala a su cuadrilla, de dos, y les pide que le cubran.

La multitud se va silenciando mientras Padilla recorre la mirada de los asistentes. Siguen hostiles, pero en silencio. Tras un incómodo momento alza su voz:

—Hemos hecho un largo viaje para llegar hasta aquí; estamos cansados y nos gustaría descansar antes del viaje de vuelta. Entiendo vuestro deseo, pero os agradecería que nos dejarais descansar. Vitango se vendrá con nosotros mañana.

—Solo sois tres —responde un joven en medio de la multitud. Muchos a su alrededor asienten con aprobación y miran a un hombre maduro que también asiente.

Padilla sonríe. Se cuela entre la turba que le va abriendo paso como a Moisés en el mar Rojo. Parece que se dirigiera al joven bocazas, pero en el último momento, agarra al hombre maduro junto a este y lo arrastra sin contemplaciones hasta la cárcel. Alguno hace amago de responder, pero las armas de Chaparro y Madales prestas para el disparo hacen que las ideas locas se tomen unos momentos de descanso.

Los tres más el ciudadano arrastrado por el sargento entran de nuevo en la cárcel. En el exterior aún están sorprendidos por lo ocurrido y siguen sin reaccionar.

—Disuelve a la turba —le dice Padilla.

—No podría hacerlo aunque quisiera —responde con suficiencia.

—Bien, pues pasarás la noche aquí con nosotros.

—Eso no les detendrá.

—Cierto, pero así sabremos a quién tenemos que disparar primero

Vitango ya no sonríe.