Exo – Cuestión de fe

Cuando uno se apunta a los exos, cree que todo serán combates espaciales, luchas a muerte con alienígenas desconocidos y diversión desenfrenada en locales de mala reputación; la realidad es que la mayor parte del tiempo es esperar, dejar pasar las horas flotando en el espacio hasta que llegue la siguiente guardia en la que te vas a tu camastros dejando pasar el tiempo hasta que llega el momento de volver al puente. Aburrimiento en el que desearías que apareciera una flota verriana en los sensores para entretenerte con algo.

En esos pensamientos estaba el piloto de la 501 cuando los sensores le avisaron del fin de la tranquilidad. ¡Qué demonios! Un enorme celatán había aparecido de la nada. Aquellos malditos bichos iban y venían del espacio normal sin avisar, sin arrastrar las radiaciones de Cherenkov como hacían la gente que respetaba la física. Se dirigía hacia ellos, así que no anduvo con sutilezas y le dirigió todos los sensores activos de los que la Victoria B estaba provista (y eran muchos). El visitante no parecía hostil, lo que quería decir que no llevaba pegado a la piel ninguno de esos malditos ingenios aioll.

Se acercó a gran velocidad y circunvaló la nave subiendo y bajando la trayectoria, como si nadara. En un punto, situado a la izquierda de la Victoria se alejaba perceptiblemente y luego volvía a alejarse. Giró su nave para orientarla a ese alejamiento y eso pareció gustarle porque cambio su trayectoria dejando ahora más espacio por la proa. Arles, el granjero de Ferellia como le apodara su instructor de los exos, accionó los motores de impulso ligeramente. La criatura mantuvo sus movimientos, pero moviéndose con la nave. Cada vuelta la hacía tan lejos de la anterior como hubiera avanzado la nave.

-Compañeros? -dijo por el comin, pero la voz de Juana le interrumpió a su espalda. No le extrañó que hubiera entrado en el puente sin advertir su presencia.

-Acelera a velocidad de salto.

Las luces de salto se activaron en toda la nave. La criatura dejó de dar vueltas y se puso delante de ellos igualando la velocidad como si pudiera sentirla. Juan y Arles se ataron a sus asientos de salto.

Minutos después saltaban a ciegas detrás de una desconocida criatura. Era un salto de fe.

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