Pangea – Crónicas de Lanuk: Visiones de futuro

Hoy es un día triste para todos. Gobor se ha marchado. Los espíritus le han reclamado. A Gobor le encantaban mis historias. El siempre estaba atendiendo, como vosotros hacéis ahora, así que, que mejor forma de recordarle que con una nueva narración junto al fuego.

Recuerdo una vez, hace ya muchos ciclos, que llegó un mendwan al grakin. Su piel era morena, tostada por el sol, y sus ojos oscuros como la noche. Vestía la piel de un reptil, y en su espalda, justo sobre sus omóplatos, vestía un extraño arco de hueso y membrana. Por aquel entonces Gobor era tan solo un crío que pasaba las horas compitiendo amigablemente con mi hijo Lanuk. Fue precisamente nuestro fallecido compañero quien le preguntó a aquel extranjero por las pieles que portaba. Él le contó que se trataba de un extraño reptil que habitaba en el Desierto del Escorpión al que las tribus turgan, a las que el pertenecía, le conocían como “lagarto vela”. Una criatura de cuatro patas con una membrana en arco situada en su lomo.

El hombre, aunque anunció que tan solo estaba de paso, convivió una gran temporada con nosotros. Las habladurías eran constantes. La mayoría de nosotros nos preguntábamos como un solo individuo había podido llegar a Aguaclara desde el ardiente desierto. Sin embargo le aceptamos con agrado entre nosotros, especialmente los más jóvenes, pues el extranjero era una fuente inagotable de exóticas historias de parajes lejanos que, posiblemente, ninguno de nosotros llegaría a visitar jamás.

Nos trajo noticias de las ardientes arenas. Allí las tribus turgan tenían problemas con las incursiones, cada vez más frecuentes y violentas, de los drack del desierto. Nos habló de los enormes templos de piedra y adobe que aquel pueblo reptiliano alzaban en honor a extraños dioses monstruosos y de las peculiares criaturas que habitan en aquella árida región.

Y así, con todas sus historias y anécdotas, nos tenía engatusados a todos.

Sin embargo, las intenciones tras aquel individuo era mucho más oscura. Fue precisamente nuestro querido Gobor, junto a Lanuk, quienes desvelaron la terrible verdad. En una noche oscura, nuestro camaradas pasadon junto a la tienda del extranjero y le escucharon conversar con alguien. Era extraño, pues aquel hombre no había entablado amistad alguna con ningún miembro de la tribu. Así pues, movidos por la curiosidad propia de la juventud, espiaron en secreto el interior de la cabaña. Allí estaba el extranjero, sentado con las piernas cruzadas frente a un cuenco donde ardían unas extrañas hierbas cuyos vapores lo inundaban todo. El hombre tenía los ojos en blanco y murmuraba extrañas palabras, como si el Wukran se hubiera adueñado de su mente.

Al ver aquella escena los chicos intentaron huir, pero ya era demasiado tarde. Habían inhalado la ponzoña maligna del interior de la tienda y extrañas visiones les asaltaron a su mente. Ignoro que vio Gobor, pero si se lo que mi hijo Lanuk experimentó. Me dijo que se había visto así mismo rodeado de sus seres queridos, con las manos repletas de sangre que no era suya. Se había visto viajar como un lobo solitario y llegar a un lugar donde una muralla de arboles se alzaba hacia oriente y poniente hasta perderse en el horizonte. También se vio hablando con una kotai, tan anciana como las mismas montañas, en una caverna tras una cascada. Había visto el hermoso rostro de una mujer del desierto y, finalmente, una imponente construcción como aquellos templos drack que el extranjero describía en sus historias. Lo último que recuerda es como una frase resonó en el interior de su mente:

Todo será oscuridad. Todo será Wukrán.

Al día siguiente encontramos inconscientes a los dos muchachos al pié de la cabaña. Del extranjero no había ni rastro.

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