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martes, 15 de octubre de 2019


 

1x12 - El agente de la Junta

Rojo y Oro

El jefe llamó a Padilla a su despacho, lo que, en el viejo idioma de la Hermandad, significaba que había algún asunto turbio entre manos y la autoridad ya había encontrado voluntarios. La faena encargada, sin embargo, no parecía tan desagradable. Quizás había que revisar los manuales. Por boca de su jefe, Padilla supo que un agente de la Junta Central se alojaría esa noche en el pueblo y que continuaría su camino al día siguiente. Su deber era protegerle, darle escolta mientras estuviera en el pueblo y acompañarle hasta las lindes a la mañana.

- ¡Otra vez a hacer de cambia pañales! - expresó su opinión Chaparro en cuanto enterose de la faena.

Resultó que el agente no necesitaba ningún tipo de ayuda con sus necesidades, más bien al contrario. Se trataba de un inglés o de algunas de esas tierras del norte más allá de Francia, que había aprendido el español con gallegos y utilizaba los pardiez, las vírgenes y los carallo en los momentos más insospechados. Pero a pesar de su lenguaje, sus modales son de alguien educado en mejores palacios. Eso le agrada a Madales quién, cansado de la zafiedad de sus compañeros, traba buenas migas con el refinado inglés.

La localidad no ofrece mucho alojamiento de calidad, así que los miembros de la Hermandad deciden alojarle en El Cojo, advirtiendo a Mariscal, eso sí, de que el cliente tiene que ser tratado con extrema delicadeza, pero sin revelarle el motivo de su presencia. Una buena cena y varias jarras de vino después y a Mariscal ya no le quedó ningún secreto sin conocer. Sabía, y junto a él otros parroquianos, que Bowfield, pues así se llamaba el individuo, llevaba un mensaje para el rey del Reino Unido, Jorge III. En dicho documento, los miembros de la junta solicitaban ayuda oficial al monarca inglés contra los franceses y a cambio de dicha ayuda le prometían cederle algunas posesiones como las Baleares. Chaparro, al oír aquello, a punto estuvo al navajeo, pero Padilla tuvo a bien recordarle que la Política no es tema del que se ocupe la Hermandad y que no está bien rajar a los amigos, pues en verdad, Bowfield se había ganado la amistad de los parroquianos y a cambio de sus secretos, estos no tenían problemas en hablar de sus cuitas. Que ojalá que la guerra terminara, ganara quién ganara, que el rey Carlos o Fernando o quién fuera debía poner fin a este sin dios, que las juntas estaban repletas de esos tíos que se pasan el día leyendo sin coger nunca un arma ni una azada.

A la mañana siguiente, cuando fueron a despertar al invitado y acompañarle un trecho del camino, el mensajero inglés había desaparecido. Todo se complicó un poco más cuando pocas horas después apareció un pomposo y estirado británico, con un humor de perros porque su carromato había quedado dañado por una trampa en el camino ("¿acaso nadie cuida los caminos en este país de porquerizos?" dijo) y porque había tenido que dormir al raso y porque había tenido que llegar andando al pueblo y porque llevaba un día más tarde. Exigió alojamiento pues venía enviado por la Junta y los califico a todos de paletos, ignorantes y gentes que se merecían una invasión francesa...

 

 

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«No pueden pedirnos que abandonemos a los nuestros en estas horas…»

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