Exo – Día de la República ’74

Fragmento de la novela «El Destructor de Estrellas»

Seguridad llamaba a la estancia ante cuyas puertas esperaba la Sala Alfa, un eufemismo para indicar que en su interior trabajaba el presidente. Allí donde estuviera, un planeta, una nave, una estación orbital, recibía ese nombre. A Diana no le gustaba el acceso con una recargada decoración sin ninguna utilidad. La sala de espera parecía abarrotada de objetos traídos de diferentes sitios, incluyendo un enorme espejo en el que momentos antes había ajustado su traje de teniente coronel inmo. Para haber viajado tres días en una endemoniada nave de la clase victoria, no lucía mal, pero le hubiera gustado disponer de algunas horas para dormir. La inconsciencia de los saltos subespaciales no sustituye a un buen sueño.

La puerta desapareció en el lateral con un sonido de succión y un hombre adulto salió por ella. Había alcanzado a oír el agradecimiento final de la charla, pero su rostro, de espaldas a la Sala Alfa, mostraba muy claro que no había sido una charla amigable. El hombre casi tropezó con ella y mientras la esquivaba le dedicó parte de su odio. Diana conservó su sitio. Es posible que aquel civil hubiera olvidado las buenas tradiciones, pero ella no, era de la infantería móvil y no se apartaban ante nadie, ni se detenían ante nada. Diana tampoco estaba muy contenta por su travesía, el civil podía considerarse afortunado.

—Teniente Coronel Diana —le dijo una voz desde la puerta. No la esperaba y se alegró al oírla. Había sido su oficial al mando durante gran parte de su carrera y tras la operación en Eshon Vélez le habían ascendido al estado mayor. Le saludó con formalidad, como correspondía, y luego de forma cordial, como a un amigo. Él la invitó a pasar y señalando a uno de los inquilinos, dijo:

—Diana, te presento a nuestro comandante en jefe, el presidente Ayala.

Ella se cuadró mientras la puerta se cerraba con su sonido hidráulico. Había una tercera persona en el despacho, al fondo, medio oculto por las sombras. Carecía de vello en la cabeza y ella supuso que era un xeotrita, un tyrano de la república. Quizás algún guardaespaldas psiónico del presidente o algún observador de seguridad para aquella inesperada reunión. Era mayor y gracias a su parecido con la fisiología humana, Diana creyó adivinar cierta incomodidad en su expresión, como si estar allí le resultara desagradable.

—Aquí no somos tan formales —se acercó el presidente a ella ofreciéndole la mano mientras descendía de una plataforma rodeada de pantallas. Parecía el puesto de mando de un acorazado, pero con datos económicos en vez de militares. Eso y un sillón eran el único mobiliario de la sala—. Bienvenida. ¿Ha tenido un buen viaje?

—Gracias —le recogió la mano—. Horrible, señor, pero nos entrenan bien para soportarlos.

Ayala la estudió un instante antes de liberar la mano y sonrió. Le gustaba la sinceridad y la franqueza y por las indicaciones del general sabía que a Diana le sobraba de ambas.

—Recuerda —otra de las cosas que le gustaba al presidente era ir al grano— las cámaras espías que dejamos en Orien cuando visitamos a esa gente.

—Sí señor.

—Tengo entendido que fue idea suya porque creía que nuestro objetivo podía haber eludido la muerte.

—Los restos estaban muy degradados por la explosión y no teníamos ninguna confirmación. No era la primera vez que le creíamos muerto.

—¿Intuición?

—Precaución básica.

—Mire esto, por favor —y le hizo una señal al general.

Y junto a ellos surgió una pequeña holoproyección. Se veía una parte de la ciudad de Eshon Vélez. Diana no la reconoció, pero imaginó que era esa ciudad. La imagen se fue ampliando centrándose en un pequeño callejón mientras el resto de las casas desaparecía al salir de la zona del proyector.

—¿Reconoce el lugar?

—Sí, lo identificamos como la base de uno de los contrabandistas más importantes de la ciudad. Lo marcamos como un punto de vigilancia al irnos del planeta.

—Quizás le sorprenda saber que alguien de la flota le hizo caso. Observe.

La imagen se puso en movimiento. Varias sombras de vehículos cambiaron la luminosidad del callejón hasta que dos personas se acercaron a la puerta y se pusieron a hablar y gesticular delante de ella. La imagen estaba muy ampliada y el ángulo era muy elevado como para apreciar detalles. Al cabo de un instante, las dos personas entraron en el edificio y la proyección terminó.

—No digas nada aún —le advirtió su antiguo oficial. La nueva imagen mostraba el espaciopuerto de Eshon Vélez. En ella volvía a verse a las dos personas, parecían las mismas, perseguidas por un equipaje. Se dirigieron a una nave bastante cochambrosa que despegó y desapareció de la imagen poco tiempo después.

—Inteligencia nos ha confirmado —le explicó su antiguo oficial mientras el presidente no perdía detalle de sus reacciones— que las personas de las imágenes son las mismas y que con un setenta y ocho por ciento de probabilidades una de ellas es Marlo. No tienen ni idea quién es el otro.

—Aldo, el policía —respondió Diana sin pensar. Y añadió una explicación al ver la reacción de los demás—: De todas las personas de Orien es, quizás, la única en la que Marlo hubiera confiado para ayudarle. Tiene la habilidad de hacer que la gente haga lo que él quiere.

Ayala la observó un segundo con una sonrisa y exclamó rompiendo cualquier protocolo:

—¡Joder, es tan buena como dijiste! ¡Contratada!

Ante la mirada de perplejidad de ella, el general intervino:

—Suponíamos que el segundo personaje podía ser Aldo por tu informe sobre la operación, que los de inteligencia no se han molestado en leer. Mandaremos a alguien a comprobarlo, pero trabajaremos con esa hipótesis por ahora.

¿Trabajaremos? Los ojos de la infante se fijaron en la figura oculta al fondo, pero Diana no pudo manifestar su sorpresa pues el presidente volvía a hablarle:

—No ha salido en los noticiarios interplanetarios, pero en Bate, en el sector Iolun, un hombre de nacionalidad oeonita intentó secuestrar a tres trillizas hace unas semanas. Resultó que los progenitores de las niñas tuvieron la mala ocurrencia de teñirles el pelo de blanco para no sé qué fiesta local. Creemos que Marlo se ha enterado de este intento de secuestro, que ha deducido que la gente de Oeon aún las está buscando y se ha puesto en movimiento.

—¿Y vamos a detenerle? —preguntó, por fin, esperanzada.

—No, Marlo no es nuestra misión —Diana se desilusionó—. Nuestro objetivo son las niñas. Debemos evitar que cualquier nación se haga con ellas para utilizarlas —y señalando al tercer asistente, le invitó a acercarse—. Le presento a Valador Ore. Es, con toda posibilidad, la única persona en toda la RFP capaz de comprender y ayudar a esas niñas. Debemos localizarlas y permitir que hablen con ellas, solo eso. Hay que encontrarlas y conseguir que nunca más las puedan volver a encontrar.

—Encontrar a Marlo es encontrar a las niñas —respondió con obstinación. El presidente posó sus ojos en los suyos. Eran grandes, profundos y perfectos y no parpadearon mientras inspiraba y expiraba con lentitud. Dijo:

—Lo importante son las niñas. Marlo lo comprendió hace años cuando mi predecesor le dio una orden errónea. Y ahora lo hemos comprendido nosotros.

—¿Trabajaremos con él? —se estaba indignando.

—Eso dependerá del rumbo de la operación —contestó su antiguo oficial en lugar del presidente, quizá había visto la furia tras su pregunta—. Si se opone a nuestros agentes, nos ocuparemos, pero no realizaremos una búsqueda activa como en el pasado.

—¿Y que desean de mí, señor? —agregó el tratamiento militar a su pregunta para mostrar a su mentor que sabía controlarse. Fue Ayala, sin embargo, quién respondió. Los dos se alternaban en la conversación con una sospechosa precisión. Diana empezó a temer que se estaba metiendo en algo que no le iba a gustar.

—Estamos buscando a una persona que esté al tanto de este tema y tenga experiencia comandando equipos en situaciones complicadas, aunque sea uno tan especial como la gente de Valador. Necesitamos a una persona que haga lo correcto en el momento adecuado.

—¿Quiere que mate a las niñas, señor? —dijo sin sorpresa. El tyrano se sorprendió por sus duras palabras. Fue solo un instante, un parpadeo, pero por él supo que el tal Valador no lo aprobaba.

—Solo como último recurso —respondió el Jefe de Estado sin pestañear—, pero preferiría que encontráramos una alternativa mejor.

—Señor, yo soy un miembro de la infantería móvil. Nos dicen que vayamos a un sitio y vamos, pero nunca nos cuestionamos los motivos, ni las estrategias pangalácticas tras las decisiones. Esta parece más una misión para un grupo exo de la Armada. ¿Por qué no lo hacen ellos?

—Los exos no podrían tomar la decisión correcta si fuera necesario. No se les entrena para hacer esta clase de trabajos.

—Sin duda, como Presidente, tiene acceso a otras unidades especiales.

—¡Diana! —le reprendió su mentor.

Se había arriesgado mucho y lo que acababa de insinuar era una falta grave. Se suponía que las unidades que había mencionado no existían y nadie podía nombrarlas. Pero el Presidente y su antiguo oficial las conocían y sabía que ella las conocía. Marlo, como bien sabían, había pertenecido a ese cuerpo secreto. ¿Acaso imaginaban que su ex

pareja no conocía ese dato?

—¿Se refiere usted a las unidades Sombra? —dijo Ayala con una sonrisa amplia. Aquello le estaba divirtiendo.

—Sí, señor —admitió su culpa.

—Y dígame, ¿cómo supone usted que se recluta a los miembros de las unidades Sombra?

[Trama Deserción]


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