1808, Rojo y Oro – 2×06 – Culpables

Rojo y Oro

Los tambores franceses retumban en la fría mañana de otoño. Llovió por la noche, pero la mañana llegó con nubes blancas que tapaban las vergüenzas del sol. Decenas de soldados, con sus casacas azules, sus correajes blancos, esperan gallardos y tiesos a que acabe la ceremonia. Un soldado, desabotonado, despeinado y con claros indicios de haber dormido poco, espera, con las manos anudadas a la espalda, a que aquel instante se alargue un poco más. Cada repique es un latido menos de su corazón. Pom, pom, se escapa su vida.

Los ciudadanos de la villa han sido invitados a presenciar la justicia de Napoleón. El alguacil, un oficial de impecable vestimenta, recita los cargos del reo: la pasada noche, dice, encontrose un soldado muerto en el camino desde el pueblo al campamento francés. Tres puñaladas arteras y mortales segaron la vida de un ejemplar soldado del emperador. Poco supuso el reo, y lo señala para mayor escarmiento, que su víctima le delataría apropiándose de un botón de su charretera. Y con grandes aspavientos muestra la prueba incriminatoria a su adormecida audiencia. El acusado también parece indiferente. Procedamos pues, dice finalmente. Los tambores paran, la campana de la iglesia emite un tañido involuntario y todos los presentes contienen la respiración mientras los cinco soldados del pelotón baquetean sus armas y las alzan a las órdenes de un sargento ejecutor.

Apuntan, silencio.

-Un momento -interviene Padilla. Sus camaradas intentan evitarlo, sin éxito. El jefe le lanza una mirada destinada a congelarle, pero el fuego del infierno arde en el corazón del sargento. Repite-: Un momento.

-Quién osa -profiere el oficial francés al tercer intento, Los fusiles no baja.

-Sargento Padilla, oficial, a su servicio -se presenta- ¿Podría preguntar si el reo ha admitido su culpa?

-¿Y con qué autoridad se atreve a interrumpir la justicia del Emperador?

-Con la autoridad de la Santa Hermandad, señor; somos la ley y el orden en este lugar perdido de la mano de Dios.

-Las pruebas son definitivas -argumenta el oficial.

-Sin una confesión del acusado, solo son objetos.

Y por una vez, el oficial duda de su decisión. Quizás este pueblo bárbaro lleve razón y la confesión sea preferible a tanto racionalismo científico. Pregunta:

-¿Y cómo piensa conseguirlo?

-Denos dos días -y señala a sus compañeros que tratan, sin éxito, de pasar desapercibidos-. La Santa Hermandad tiene cierta fama en conseguir confesiones.

El oficial sonríe. Ambos saben de qué están hablando.

-Hasta mañana al amanecer -y murmura mientras da la orden de bajar los fusiles-. No somos animales que se regodeen en el sufrimiento de los demás.

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