Pangea – Hambrientos

Hambriento (atribuido a Goya)

Los “hambrientos” es, a falta de otro nombre mejor, como uno de los pocos chamanes que conoce la verdad sobre el Agua de vida y muerte (Ver), llama a los resucitados a quienes se ha dado de beber el agua del vaso y cuya alma ha sido consumida por el morka que habita en su interior.

Al principio, el hambriento no parece ser distinto que antes. Revivirá, aparentemente sanado tal y como si hubiera bebido el milagroso agua de vida. Sin embargo, poco tiempo después comenzará a sufrir una irrefrenable y blasfema ansia, una hambre impía que no podrá ser saciada, si acaso por un breve espacio de tiempo, sino devorando la carne y sangre de sus semejantes. Aunque trate de resistirse, tarde o temprano terminará por perder el control sobre sí mismo, dando rienda suelta a sus oscuros impulsos.

Empieza poco a poco. Al principio la comida comenzará a parecer insípida, y tan solo la carne cruda calmará, acaso brevemente, el rugir de su estómago. Pero poco tiempo después todo le sabrá a cenizas. Comenzará a sufrir el hambre, un hambre que no puede saciarse por mucha comida que se ingiera.

Los sentidos del hambriento se irán volviendo más y más sensibles, como los de un depredador; pues en eso es en lo que se habrá convertido. Y en algún momento llegará la horrible revelación. Puede ser que alguien se haga una herida o un corte y el olor de la sangre le excite, o puede que sea en el fragor del combate (o de la pasión sexual) cuando el calor de la carne le llame irrefrenablemente, llevándole a morder y desgarrar con sus dientes el suave y sabroso tesoro al alcance de su mano.

Poco después de este descubrimiento comenzará a sufrir el verdadero Hambre, un hambre con mayúsculas como nunca antes habrá sentido, un hambre que va más allá de cualquier hambre que puedan sentir los meros mortales. Incluso si hasta este momento ha logrado resistirse a sus bajos impulsos, cada vez le será más y más difícil controlarse. Es inevitable: tarde o temprano terminará cediendo a la tentación, y entonces estará condenado para siempre.

Una vez haya probado la carne de los suyos comenzará la transformación. Sus sentidos seguirán agudizándose, al tiempo que su fuerza y su velocidad se incrementarán más allá de lo posible. En este momento, si no ha sido capaz de ocultar sus acciones, y aunque haya limitado sus depredaciones a los enemigos de su familia o tribu, es muy posible que su extraño comportamiento comience a ser imposible de disimular o tolerar. Los rumores comenzarán a hablar de que el hambriento ha sido poseído por el Wukran, apartándolo de los suyos y convirtiéndolo en un paria a ojos de todos. Cuando el hambre se vuelva totalmente irrefrenable no tardará en dar buena cuenta de su familia y amigos…

Reglas

Una vez se ha ingerido el agua de muerte, hay que recordar la tirada original de 3d6 que se llevó a cabo al beber.

Fase I: Durante tantos días como el resultado del dS no sucederá demasiado; el resucitado podrá hacer vida más o menos normal. A lo largo de este período la comida ordinaria comenzará a perder su sabor, y el afectado desarrollará el gusto por la carne cruda y sanguinolenta. En este estadio, resistir la tentación de consumir carne y sangre se lleva a cabo mediante una tirada de VOLuntad x3.

Fase II: Después, a lo largo de un período de días igual al d- de la tirada, sus sentidos comenzarán a agudizarse, ganando tantos puntos de PERcepción como el d- (a razón de uno por día), que se van sumando directamente a su puntuación. A lo largo de este período el cuerpo del hambriento perderá la capacidad de curarse de forma natural; es decir: las heridas que sufra, si bien no sangrarán durante mucho rato (el corazón del hambriento late cada vez más débilmente), tampoco cicatrizarán por sí solas (para curarse necesita consumir sangre y carne de sus semejantes). En este estadio, resistir la tentación de consumir carne y sangre se lleva a cabo mediante una tirada de VOLuntad x2.

Fase III: En el tercer estadio de la maldición, las capacidades físicas del hambriento se incrementan, ganando uno o más puntos de FUErza, RESistencia, AGIlidad o COOrdinación. Estos puntos son iguales al resultado del d+ y pueden repartirse libremente entre dichos atributos, a razón de uno por día. El hambriento dejará de envejecer, y ya no podrá morir por causas naturales (vejez, enfermedad, asfixia…). Al colocar el último de estos puntos se habrá completado la transformación y el afectado, si es que se trata de un Personaje Jugador, pasará a convertirse en un PNJ. En este estadio, resistir la tentación de consumir carne y sangre se lleva a cabo mediante una tirada de VOLuntad x1. Tan solo es cuestión de tiempo que sucumba.

No existe cura conocida para este mal, enfermedad, maldición o como quiera llamarse. Una vez que el hambriento ha consumido la carne de sus semejantes la transformación evoluciona de forma diferente en cada individuo: hay hambrientos que se transforman en escuálidas criaturas de piel oscura y dientes como cuchillas, mientras que otros se vuelven pálidos y bellos, seres de piel de marfil que el sol abrasa como si fuera fuego. Muchos se van pudriendo poco a poco, atrapados en una parodia de vida, con su cuerpo convertido en una pútrida carcasa de ojos lechosos que cada vez se asemeja más y más a un cadáver andante. La mayoría de hambrientos pierden poco a poco sus facultades mentales, presa de la locura y la degeneración, quedando reducidos a bestias que solo viven para alimentarse y ocultarse en lúgubres madrigueras. La única manera segura de acabar con un hambriento es la decapitación o el fuego. Parece ser que muchos quedan indefensos ante la luz de sol, la cual los hiere, debilita o ciega, y por esa razón la evitan a toda costa. Se cuenta que unos pocos son vulnerables a elementos incluso más extraños, como la plata, el ajo o el espino blanco, pero esto son solo conjeturas. Si logran sobrevivir mucho tiempo, algunos hambrientos obtienen oscuros dones, no muy diferentes a los poderes concedidos a los esclavos del Wukran. Incluso ¡La Taga nos proteja! Existen rumores sobre hambrientos que son capaces de maldecir a otros con su mismo destino, pero eso sería algo demasiado horrible como para siquiera pensar en que tal posibilidad sea cierta.

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