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viernes, 7 de agosto de 2020


 

Jäger

(6ª Entrega)

30 de agosto de 1944 (Segunda parte...)

A mi orden, Alland corrió con todas sus fuerzas. Se había despojado de la impedimenta y haciendo frente al frío abandonó en la cuneta el pesado abrigo de camuflaje. Y fue entonces cuando volvió a oírse un disparo. Pero esta vez estábamos preparados.

Tal y como sospeché, del abeto solitario surgió el destello casi imperceptible de un fogonazo y una tenue voluta de humo. La ardilla estaba en el nido.

Alland llegó al otro lado del puente de una pieza y nos hizo una señal con el pulgar en cuanto se sintió a salvo. Ahora nuestro problema se reducía a bajar al pájaro.

La capacidad de sufrimiento de aquel tirador era digna de elogio. Es cierto que se trataba de un bolchevique, pero antes que eso era un hombre, y aunque las bajas que causó entre nuestras tropas fueron numerosas, ninguna había resultado mortal.

Y fue entonces cuando volvió a oírse un disparo...

Con toda seguridad, mucho antes de que amaneciera, en el momento más frío de la madrugada, abandonaba su catre y marchaba en silencio, atento a cualquier sonido, hasta su puesto en el árbol. Allí colocaba su rifle entre las ramas, adoptaba la postura menos incómoda que pudiera y aguardaba con infinita paciencia el cruce de algún teutón despistado con el que engrosar su lista de permisos forzosos. Así, día tras día, sin distracciones, sin camaradas que le alcanzaran una taza de café o un cigarro, reteniendo sus deseos de desahogarse o simplemente toser. A solas con sus pensamientos, con sus recuerdos.

Por ello, aunque estaba en mi mano acabar con su vida, decidí no hacerlo. Quería conocer a aquel hombre, estrecharle la mano y dejarlo en libertad bajo palabra, pero sabía que no iba a ser fácil.

A salvo, lejos de su alcance, reuní a todos los hombres de mi grupo y les expliqué la situación. Por fin teníamos localizado a aquel demonio, y no era cuestión de desaprovechar la oportunidad de quitarle del medio y librar a nuestras tropas de otro dolor de cabeza. Así que dividí a mis hombres en dos grupos. Uno, dirigido por Ritter, marcharía por la izquierda del puente sin hacer uso de ninguna cobertura, pero con cuidado de no exponerse a los disparos del tirador. Su cometido era servir de cebo, mostrarse en todo momento y atraer la atención del ruso hasta que el segundo equipo, que yo mismo comandaba, flanqueara por la derecha al abeto y se acercara lo suficiente para sorprender a nuestra pieza por la espalda. Ese era el plan, ahora había que ejecutarlo.

Sin dejar de mirar al objetivo, volvíamos a veces la vista atrás para contemplar las payasadas que Ritter y los suyos hacían al otro lado del puente. Daban saltos o cortas carreras como si quisieran entrar en calor, se enzarzaban en alguna pequeña lucha de bolas de nieve, o se encendían mutuamente cigarrillos cuyo humo exhalaban ostentosamente mezclado con el vapor de sus respiraciones. Hasta tal punto llegaba su osadía, que más de uno se apartó de la supuesta ruta de patrulla para desahogar sus intestinos tras algún matojo. Marlene Dietrich no hubiera actuado mejor.

Para nosotros la cosa era algo más incómoda. Nos arrastramos desplegados y en silencio dando un enorme rodeo. Las ondulaciones del terreno y la blancura mimética de nuestros abrigos nos proporcionaron una seguridad que en aquellos momentos supimos agradecer. Conscientes de que ningún camuflaje supera la prueba del movimiento, cada diez o quince metros nos deteníamos y aguardábamos inmóviles alguna reacción que, por fortuna, nunca se produjo. Yo llevaba mi MP en bandolera y había recomendado al resto del grupo que hiciera lo mismo, aunque sin perder de vista nuestros puñales de campaña. No quería matar a Iván, pero tampoco que nos pillara con las bragas en la mano.

El avance fue más penoso de lo que había imaginado. Sentíamos las manos congeladas y, por contraste, las piezas de madera o cuero de nuestras armas y cinturones nos quemaban la piel si rozaban con ella. Pero, a pesar de estos inconvenientes, logramos acercarnos sin novedad hasta unos cincuenta metros de nuestro objetivo.

y las ramas más bajas, cargadas de nieve como estaban, se doblaban sobre el tronco...

El abeto no era muy alto y las ramas más bajas, cargadas de nieve como estaban, se doblaban sobre el tronco hasta casi rozar el suelo. Esto le daba un aspecto muy parecido a una tienda de campaña, tanto que muy bien podría servir de refugio a alguien habituado a los rigores de aquel clima.

Di órdenes a mis hombres de que me cubrieran con sus armas y que no dejaran de apuntar al árbol mientras yo lo inspeccionaba. Me puse el cuchillo atravesado en la boca como el pirata de La Isla del Tesoro y avancé preguntándome una vez más por qué no había ametrallado aquel árbol en el mismo momento en que vi el primer fogonazo, cortando de raíz todo ese asunto. A veces soy único para complicarme la vida.

Pero entre las ramas nada se movía. Ni un murmullo, ni un latido, ni una respiración aparte de la mía. Todo era silencio y quietud. Entonces me acerqué un poco más… y sucedió.

Fue todo muy rápido. Se produjo un leve estremecimiento de una de las ramas más bajas y mis hombres, dando rienda suelta a sus nervios, abrieron fuego en abanico sobre el abeto. Yo sólo tuve tiempo de aplastarme contra la nieve y cubrir instintivamente mi cabeza con las manos. Las balas silbaban sobre mi nuca y llegué a sentir el aire que desplazaban al volar, pero por fortuna ninguna me alcanzó. Del árbol caían ramas, nieve, resina y trozos de madera como si se tratara de los restos de un seto esculpido por una podadora gigante. Levanté la cabeza y vi la causa, un conejo de piel blanquísima salió disparado desde el árbol a una madriguera cercana. Hice la señal de alto el fuego y, tras algunos segundos, se hizo el silencio de nuevo. Los muchachos recargaron sus armas y aguardaron expectantes. Me giré hacia ellos y les indiqué que iba a entrar. Luego respiré hondo y me arrastré bajo el árbol.

Si hubo algo con vida entre sus ramas aparte del conejo, ya era historia. Pero yo seguía sin fiarme. Entré con el puñal en las manos y revisé los alrededores del tronco. Aquello tenía toda la pinta de haber servido de refugio hasta hacía muy poco. Levanté la cabeza e intenté hallar algo que resolviera aquel misterio. Y lo encontré. A seis palmos del suelo, sucio y con un par de agujeros de bala, había un papel clavado en la madera. Alargué la mano y leí las cuatro palabras que tenía garrapateadas en perfecto alemán:

¡¡¡Otra vez será, camaradas!!!

Iván nos la había jugado.

Cuando volví con los demás encontré a Ritter hablando solo.

-¿Qué te ocurre Ritter? ¿Qué estás rumiando?

-No, nada, señor. Sólo pensaba en voz alta.

-Eso siempre es peligroso -respondí guiñándole un ojo-. ¿Qué te preocupa?

-Señor, después de haberme estado burlando del enemigo, exponiéndome a un tiro o algo así, dando brinquitos y haciendo el tonto, lo tengo decidido -dijo-. La próxima vez que haya que hacer algo así, ¡Cuente conmigo, señor!

-Vaya, muy valiente te has vuelto.

-Bueno -añadió encogiéndose de hombros-, ¿usted sabe si con un tiro en el culo me mandarían a casa?

 

 

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«Si perdemos esta guerra, que Dios tenga piedad de nosotros.»

Goering