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viernes, 7 de agosto de 2020


 

LA DEBILIDAD DEL IMPERIO BRITÁNICO

150

Grandes errores de la 2ª Guerra Mundial

Por: Jesus María López de Uribe

¿Cómo es posible que el Imperio Británico se dejara ‘cautivar’ por la política del III Reich? ¿Por qué razón se derrumbó en los primeros años de la guerra casi hasta su derrota? ¿Cómo es posible que cometiera casi los mismos errores que en la Primera Guerra Mundial en sus desembarcos en el Mediterráneo? Los gobernantes de la Inglaterra antaño poderosa, temerosa de repetir las consecuencias de la Gran Guerra ni siquiera se había preparado para el terrible conflicto de los años cuarenta del siglo XX y contemporizó las exigencias de Hitler para evitar el sufrimiento que había causado en su población el conflicto de los años 10, y casi no pudo reaccionar a la avalancha de tropas, tecnología y nuevas tácticas que se le vino encima.

Llegaba el final de los años 30. La Alemania de Hitler obnubilaba a las masas e incluso el rey inglés Eduardo VIII se sentía maravillado de sus ‘proezas’ y su política. Su renuncia por pretender casarse con Wallis W. Simpson esconde que el hijo de Jorge V era filonazi y que fue el gobierno quien aprovechó la excusa para desembarazarse de él, lo cual demuestra que muchos británicos no se veían enemigos de los alemanes.

En realidad, el recuerdo de los desastres de la Gran Guerra provocó que los ingleses fueran tan cautos que dieron manga ancha a las aspiraciones expansionistas de Hitler para evitar otro conflicto que preveían aún más duro que el de 1914. Con pocas excepciones, los europeos tenían la esperanza de que el Fuerher fuera razonable y de que Europa podía permitirse dar cabida al régimen nazi.

Sólo un visionario, Winston Churchill no se llamó a engaño y advirtió a mitad de década: "Me maravillo de la complacencia de los ministros ante las espantosas experiencias que hemos pasado tan recientemente. Contemplo con asombro nuestras multitudes divirtiéndose bajo el sol del verano y, mientras tanto, en la otra orilla del Mar del Norte, un terrible proceso está en marcha. Alemania se está armando". Churchill era el único contendiente de una batalla que en aquellos momentos parecía perdida.

En julio de 1936 estalló la Guerra Civil en España. Los ingleses se quedaron al margen mientras Alemania e Italia apoyaban al ejército sublevado. ¿Al margen o más bien apoyándole desde la equidistancia? Los gobernantes británicos tenían pánico de la clase obrera, así que dejaron a la República española a su suerte… mientras los alemanes probaban sus nuevas armas. El Gobierno británico se limitó a adoptar una actitud moralizante, pero no hizo nada por impedir la avalancha de armas y hombres destinados a ambos bandos, porque tampoco era cuestión de ponerse a mal con la Unión Soviética, posible aliado contra los alemanes en caso de un conflicto.

Mientras tanto, con Europa narcotizada por la guerra española, Hitler se anexionó Austria y los Sudetes checos. Tanto el primer ministro británico, Neville Chamberlain, como el francés Eduard Daladier, prefirieron dejar a su suerte a los checoslovacos para apaciguar a los alemanes. A mediados de septiembre de 1938 los alemanes estaban tan preparados para la guerra que Chamberlain intervino en persona para evitar el conflicto. Voló a Alemania para entrevistarse con Hitler y volvió a Londres para convencer a sus colegas británicos, franceses y a los checoslovacos para que se entregaran los Sudetes a cambio de la paz.

Sin embargo, Chamberlain se dio cuenta de que había sido engañado por Hitler, pero en realidad ni la Gran Bretaña ni Francia tenían intención de adoptar una actitud firme. Al final Chamberlain tuvo que resignarse a que Alemania conquistara los Sudetes y repartiera Checoslovaquia entre Húngaros y Polacos pero sólo Churchill se lo recriminó: "Qué horrible, fantástico e increíble es que estemos aquí cavando trincheras y probando máscaras antigás debido a una disputa en un país lejano entre gente de la que no sabemos nada".

Chámberlain regresó a Alemania. En Munich se escenificó un gran desastre estratégico para las democracias europeas. Un ataque contra Checoslovaquia hubiera supuesto la entrada en la guerra de una Wehrmacht que no estaba preparada y la pérdida del material bélico checo, que cayeron en manos alemanas en marzo de 1939 y tal vez las fábricas Skoda. En el aire, la Luftwaffe no hubiera podido llevar a cabo en 1938 una campaña de bombardeo estratégico contra las Islas Británicas. En tierra, la Wehrmacht no disponía más que de tres divisiones blindadas con carros ya obsoletosm y la economía alemana estaba en unas dificultades financieras inauditas.

Pero los gobiernos británico y francés no habían entregado Checoslovaquia porque temieran que perderían la guerra contra Alemania, sino que actuaron empujados por un miedo desesperado a la guerra en sí. Incluso Chamberlain se negó a un rearme tras el fiasco de Munich. La Royal Navy recibió unos cuantos destructores y el gobierno amplió el contrato de la compra de cazas para la RAF, pero no encargó más aviones de este tipo durante los dos años siguientes. El ejército no recibió nada.

En la mañana del 1 de septiembre de 1939, con Alemania invadiendo Polonia, Chamberlain se reunió con su gabinete para hablar de la invasión. Comentó que "el acontecimiento contra el cual habíamos luchado durante tanto tiempo y en serio"había caído sobre ellos. Uno de los ministros llegó al extremo de sugerir que Gran Bretaña evitara una declaración de guerra. Tuvo que ser necesaria una revuelta política en la Cámara de los Comunes para obligar al gobierno a declararla dos días después.

La preparación del Ejército

300

El ejército británico estaba anticuado, basado en postulados similares a los de la Primera Guerra Mundial. Los políticos y los votantes rechazaban rotundamente la preparación de un ejército que luchara en el continente. Una oleadas de literatura contra la guerra intensificó la amarga desilusión del público con los sacrificios de la Gran Guerra. Por tanto, hasta febrero de 1939 el Gobierno británico se negó a asignar al ejército todo cometido que sobrepasara controlar las colonias de Gran Bretaña. Incluso reformadores militares como Basil Liddle Hart apoyaron con entusiasmo esta política estratégica en la que los tanques no cuadraban. Un burócrata del ejército británico lo definió de forma clara:

"Hay, por supuesto, la notable diferencia entre nosotros y Alemania… Ellos saben qué Ejército usarán y, en líneas generales, cómo lo usarán y, por tanto, pueden prepararse… en la paz para tal acontecimieto. En cambio, nosotros ni siquiera sabemos qué tamaño de ejército debemos prever a efectos de hacer preparativos para su abastecimiento entre ahora y abril de 1939".

Sin embargo, bajo el liderazgo del jefe del Estado Mayor General del Imperio Británico, el mariscal de campo lord Milne (1926-1933), los ingleses llevaron a cabo una serie de experimentos innovadores con blindados que sugerían cambios para una ampliación futura, pero se hizo de forma aislada del resto del ejército. En ‘La Guerra que había que ganar’ Williamson Murray y Allan R. Millet afirman:

"Irónicamente, puede que a la larga, los alemanes aprendieran más de estos experimentos que los propios ingleses, toda vez que observaron los ejercicios con gran interés y divulgaron ampliamente los resultados".

Una deficiencia real del ejército británico era la peculiar cultura tribal de su sistema de regimientos, ya que cada uno de éstos obraba por cuenta propia. Pero el problema más serio era no haber formulado una doctrina coherente de armas combinadas basada en un estudio detenido de la última guerra. Hasta 1932 no instituyó Milne una comisión que se encargara de estudiar las lecciones de la Gran Guerra y de sugerir si tales lecciones se habían incorporado a los manuales y a los procedimientos de adiestramiento del ejército.

Por desgracia, el sucesor de lord Milne, Archibald Montgómeri-Massingverd, suprimió el informe de la comisión porque criticaba demasiado la actuación del ejército.

La Royal Air Force

200

Sir Hugh Trenchard, jefe del estado mayor del aire durante gran parte del decenionde 1920, dio forma a la actitud de la RAF ante el poderío aéreo en los años de entreguerras. Trenchard había mandado el Royal Flying Coros del ejército británico en el frente occidental durante gran parte del primer conflicto mundial. En los años veinte se erigió en decidido paladín del bombardeo estratégico. Asediado por los otros componentes de las fuerzas armadas que querían absorber la RAF, trenchard preservó la autonomía de ésta.

Pero a un precio alto: un compromiso fanático con el bombardeo como última encarnación del poderío aéreo. Pese a ello, alentó a un grupo de jefes innovadores y creativos dentro de la aviación. Algunos de ellos estaban dispuestos a estudiar otras posibilidades.

Bien entrada la Segunda Guerra Mundial, los jefes de la RAF desechaban la posibilidad de cazas de escolta con gran autonomía de vuelo por considerar que no eran ni necesarios ni factibles desde el punto de vista tecnológico. Hubo sólo un rayo de luz en los preparativos de los años treinta: la creación de las defensas aéreas de la nación. Ese éxito fue de vital importancia para la continuación de una presencia anglo-estadounidense en la guerra por el empeño de Hugh Dowding.

A principios de los años treinta éste ocupó el puesto de director de la sección de investigación y desarrollo de la RAF y fomentó los experimentos con el radar además de fijar las especificaciones para los cazas Hurricane y Spitfire. En 1937 Dowding resultó vencido en la pugna por el nombramiento de jefe de estado mayor del aire, pero se hizo cargo del Mando de Caza, que era una organización nueva a la que se encomendó la defensa aérea del Reino Unido. En su nuevo puesto integró la tecnología y las armas creadas durante su etapa de director de investigación y desarrollo de la táctica y creó un sistema de defensa de los espacios aéreos británicos.

Antes de la guerra el gobierno Chamberlain optó por una estrategia aérea defensiva en lugar de una ofensiva, lo cual favoreció los esfuerzos de Dowding frente a la firma oposición del Ministerio del Aire. En 1939 Gran Bretaña ya tenía en funcionamiento un sistema de defensa aérea que integraba aviones, radar y comunicaciones en un conjunto coherente.

La Royal Navy

300

Al concluir la Gran Guerra, la Royal Navy seguía siendo la mejor marina dominante en el mundo, a pesar de la decepción de Jutlandia y las dificultades en que le puso la guerra submarina alemana. Sin embargo, el almirantazgo cometió un fallo asombroso durante el periodo de entreguerras, al descartar por completo la amenaza del arma submarina alemana debido a la invención del sónar al terminar la Primera, aunque no hubo tiempo suficiente para probar sus capacidades.

En los años treinta, los jefes de la marina confiaban tanto en las capacidades antisubmarinas de ésta que preentaron poca oposición cuando las bases navales de la costa occidental irlandesa fueron devueltas al Estado Libre de Irlanda a comienzos de 1938. La marina británica puso a prueba sus tácticas antisubmarinas con luz diurna, buen tiempo, en áreas limitadas y durante periodos cortos. Además, las fuerzas antisubmarinas sólo hacían prácticas de protección de flotas rápidas y no de convoyes lentos.

Otro fallo de los ingleses durante el periodos de entreguerras fue no conceder la debida importancia a los portaaviones. Para la mayoría de los oficiales de la Royal Navy .-como para casi todos los del mundo-, el verdadero símbolo de poderío naval seguía siendo el acorazado. Según Williamson Murray y Allan R. Millet:

"Había cierta ironía en esto, porque a finales de la Primera Guerra Mundial, los ingleses poseían una flota de 11 portaaviones primitivos, cuando las demás marinas del mundo no poseían ni siquiera uno".

Al crearse la RAF en 1917, los efectivos aéreos de la Royal Navy pasaron a ser competencia del estado mayor del aire, que puso la fabricación de aviones para las portaareonaves en el último lugar de la lista de prioridades. Por ello los pilotos navales flotaban entre las dos armas en una incómoda posición indefinida debido a la cual no había almirantes que tuvieran conocimiento directo del poderío aéreo y la aviación naval nunca recibió en Gran Bretaña el mismo empuje que se le dio en los Estados Unidos de América.

Pero el problema era generacional. Faltó durante aquellos años el ingrediente innovador entre sus oficiales de alta graduación, alguien que tuviera dinamismo, imaginación y perspicacia política. Con todo, sí se hizo una labor notable al instruir a los que serían sus jefes en las tradiciones de la Royal Navy de los siglos XVIII y XIX. En el futuro se cometerían pocos errores mayúsculos como los que caracterizaron la batalla de Jutlandia –donde los proyectiles británicos impactaban en los navíos alemanes sin estallar por defectos de diseño-. Al final, esto consiguió que pudieran controlar el Mediterráneo ante una flota italiana mayor y, con el tiempo y una considerable serie de pérdidas, neutralizar la segunda gran ofensiva submarina alemana.

Años de derrota y esperanza

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Con todo ello, los primeros errores de la guerra fueron mayúsculos, aunque jalonados de pequeños éxitos que permitieron a los ingleses confiar en no ser derrotados en la guerra pese a los reveses sufridos. En Noruega se perdió el tiempo, pero la Royal Navy casi desarbola el poderío naval nazi. En Francia, el desastre fue absoluto, perdiendo en la campaña la mitad del poderío aéreo y sufriendo un revés histórico el ejército expedicionario inglés.

En el Mediterráneo las cosas comenzaron, sin embargo, de una forma aceptable. Los ingleses hundieron la flor y la nata de la marina francesa para evitar que cayera en manos de los alemanes y, tras un espectacular golpe de efecto en Tarento, hundieron la mitad de los acorazados italianos.

En África, los ingleses vapulearon a los italianos; pero aquí, con Winston Churchill ya en el Gobierno, cometieron el mayor error de todos. Cuando las fuerzas británicas estaban a punto de expulsar a los italianos del norte de África, éste decidió apoyar a Grecia y envió las mejores tropas a este destino… para repetir el desastre de Gallipolli en la Primera Guerra Mundial –idea suya como Lord del Almirantazgo en aquella época-.

Las consecuencias fueron funestas, porque los ingleses tuvieron que volver a embarcar y recibir un revés aún mayor en Creta, donde se habían refugiado, ya que fue conquistada por los paracaidistas alemanes meses después. En el teatro africano los alemanes habían conseguido enviar el Afrika Korps que haría famoso a Erwinn Rommel en todo el mundo… y perdieron toda la iniciativa hasta tal punto que tanto italianos y alemanes estuvieron a punto de conquistar el canal de Suez.

En Asia, las cosas fueron peor –como ya hemos contado- y sólo la longitud de las líneas de suministro japonesas impidieron que el ejército nipón conquistara la India. La pérdida de Malasia fue una severa derrota para el imperio británico, con el desastre del hundimiento del Prince of Wales por la aviación imperial, uno de los paladines de la caza del ‘Bismarck’ –navío que hundió en dos salvas a la joya de la Royal Navy, el ‘Hood’- precisamente por la falta de portaaviones que le acompañaran.

La situación fue desesperada y sólo el sistema de defensa aérea de las islas británicas consiguió que el Imperio Británico no se rindiera y pudiera echar mano de sus soldados de las colonias, que fueron los que de verdad salvaron la situación. Pero durante dos años largos no pudieron volver a combatir en el continente y provocó, a la larga, la pérdida de las colonias tras la Segunda Guerra Mundial cuando se dieron cuenta de la extrema debilidad del antaño poderoso Imperio Británico.

 

 

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Cita

«¿Sobrevivirán los héroes de nuestro reportaje a esta locura?»

Gigi Ciccerone