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viernes, 7 de agosto de 2020


 

Entrada a una alcantarilla

Las Alcantarillas:

lucha a oscuras

Incluso antes que estallara la rebelión en Varsovia, los polacos luchaban contra las tropas de ocupación de una manera muy particular: bajo tierra. Los alemanes tardaron algún tiempo en darse cuenta de esto, pero por las alcantarillas de la ciudad transitaban mujeres mensajeras, convoyes de heridos y transportes de armas y municiones. Esta no fue una idea exclusiva de los polacos, los franceses en Paris, los rusos en Stalingrado. La lucha en las alcantarillas fue parte de la guerra urbana durante la Segunda Guerra Mundial.

La idea de la resistencia era temeraria: irónicamente, uno de los túneles más frecuentados pasaba entre los cimientos del Cuartel General de la Gestapo. Pero lo que menos debía preocupar a estos valientes era el ser atrapado por la Gestapo. Dentro de los túneles, había muchas y horrendas formas de morir atrapado, infectado, aplastado, o incluso enloquecer.

Los túneles eran oscuros como boca de lobo, ya que por razones de seguridad las luces se reducían al mínimo, y solamente brillaban en algunos pocos lugares: en el resto, estaban totalmente prohibidas. Además de la oscuridad, los que se adentraran tenían que tener buen estómago: el aire, inmóvil y viciado, era acre y hacía llorar. Seguramente algunos pasajes debían ser totalmente intransitables por el olor.

El tamaño de estos pasajes variaba mucho, aunque los más comunes tenían unos dos metros de alto por uno y medio de ancho. Obviamente, también habría más pequeños y más grandes. Lo mejor era siempre permanecer de pie, ya que en muchos lugares había vidrios rotos, astillas de madera, rocas afiladas o demás elementos que, si perforaban la piel, aseguraban una lenta muerte por septisemia, es decir, una infección generalizada. Tener un mal calzado podía resultar mortal: por eso a veces se utilizaban dos tro-zos de madera como suelas extras, y no era extraño ir caminando a saltos para evitar lugares peligrosos.

Caminar por un lugar a veces desconocido, sin luz, teniendo que meditar cada paso, hacía que el tránsito por las alcantarillas de Varsovia fuera muy lento; era el precio que la resistencia pagaba por la indetectabilidad. A veces, recorrer un par de kilómetros requería que una patrulla tardara 9 horas. Y seguramente habría pocos voluntarios, porque la misión podía resultar suicida.

Además de conocer la ruta (algo imprescindible para no volverse loco en semejante laberinto), había que tener experiencia en la travesía, experiencia que debe haber costado mucho obtener. Los pasajes a veces eran tan estrechos que obligaban a que los exploradores tuvieran que volver sobre sus pasos, pero sin poder darse la vuelta. Encontrarse con cualquier obstáculo (un derrumbe, una encrucijada mal tomada, etc.) obligaba a perder mucho más tiempo. Aunque los pasadizos grandes existían, eran muy raros, de manera que la travesía debía realizarse a gatas, o encorvados por muchas horas. Para agregarle más al asunto, los pasajes grandes, por razones obvias, eran justamente los que estaban diseñados para llevar más caudal de agua. Por eso, se añadía más problemas: la persona caminaba «cómodamente» erguida, pero la corriente era fuerte, lo que obligaba a usar una cuerda de seguridad.

Avanzar contra la corriente a veces era imposible, y el riesgo de caer y ser arrastrado por el río de agua inmunda y desperdicios era grande. Caer era morir. Un ejemplo típico era el túnel que comunicaba el Barrio Viejo de Varsovia con el río Vístula. En ese tramo, el barro corría siempre con mucha velocidad, y para colmo, una de las tapas de las alcantarillas estaba muy cerca de un puesto alemán.

Era más fácil ir siguiendo la corriente, es decir, desde el Vístula hasta el Barrio Viejo, que viceversa. Para colmo de males, la superficie de muchos túneles no era chata, sino cóncava, lo cual agregaba más dificultad al tránsito. Imaginar a un grupo de soldados de la resistencia polaca caminando por allí, cargados con sus armas y municiones, granadas o ametralladoras, es ya de por sí terrorífico. Muchos preferirían estar en las calles tratando de destruir tanques con bombas Molotov, antes que meterse en uno de esos lugares. Porque, a pesar de todo lo ya mencionado, no faltaban personas que hacían las travesías cuando era necesario. Muchas veces, debido al debilitamiento que tenían, no podían salir por ellos mismos de los túneles, y tenían que ser izados afuera.

Al igual que hicieron luego los vietnamitas con sus túneles, al principio éstos eran muy peligrosos, pero luego fueron mejorando y hasta tenían algunos lujos. Cuando la resistencia comenzó a tener experiencia, las comunicaciones subterráneas mejoraron un poco, y hasta se organizaron. Incluso se creó una sección en el Estado Mayor para que regulara el tema.

Los ingenieros comenzaron a colocar entarimados, tendieron cables de seguridad para ayudar al paso de zonas peligrosas, marcaron las áreas muy malas e instalaron luces de advertencia. En las entradas de las cloacas más importantes, había centinelas día y noche. Era vital que los alemanes no descubrieran el sistema, porque si aprendían a utilizarlo, cortarían la red totalmente. Estos guardias eran implacables: no se podía pasar si no se tenía una orden firmada por el comandante del distrito. Algunos centinelas también custodiaban ciertas encrucijadas, de manera que era difícil que personas indeseables lograran colarse.

Las rutas más importantes y frecuentadas tenían tableros de tiempo, como si de vías de tren se tratara. Como muchos pasajes no permitían el paso de dos personas a la vez, era necesario que ninguna patrulla se cruzara con la otra. Por lo tanto, algunos pasajes funcionaban en turnos alternados. Por ejemplo, las columnas que salían del Barrio Viejo al centro de la ciudad, lo hacían cada media hora desde la medianoche hasta las 3 de la madrugada. El tránsito en dirección opuesta tenía lugar entre las 8 de la mañana y el medio día.

Siempre que era posible, los zapadores construían presas para regular el nivel de agua de algunas zonas. Si un grupo de exploradores salía del Barrio Viejo al Vístula, la presa del primero era cerrada. Si por lo contrario la columna se movía en sentido opuesto, del Barrio Viejo al centro de la ciudad, la presa de aquél era abierta para permitir la salida del agua de los pasajes tributarios.

Las mujeres ayudaron mucho a facilitar el tráfico subterráneo. Las polacas que se inscribían como voluntarias para este trabajo, eran conocidas como "kanalarki". Llevaban mensajes y órdenes de un lado a otro, reconocían pasajes y quitaban obstáculos constantemente.

A pesar de todos los esfuerzos, finalmente los alemanes descubrieron el sistema de túneles. Sin embargo, parece que no procedieron como hicieron luego los estadounidenses en Vietnam, quienes entrenaban a ciertos soldados como «ratas de túnel», para limpiarlos en misiones casi siempre suicidas. Sin ganas de perder valiosos soldados en esa tarea, los alemanes tenían ideas más pragmáticas: abrían las alcantarillas y arrojaban granadas de mano, o ponían minas; a veces hasta utilizaban gases mortales en ciertos pasajes. Muchos pasadizos fueron tapiados con piedras y cemento.

La trampa más sencilla y efectiva era la consistente en una granada con el seguro medio suelto, colgando del techo: si algún desprevenido la tocaba, el seguro saltaba y no había tiempo (ni espacio) pasa salir corriendo. El último método ideado por los alemanes era igual de terrorífico: cerca de las encrucijadas vertían gasolina que luego encendían, creando una marea de fuego que no solamente quemaba, sino que también asfixiaba al consumir el escaso aire de los túneles.

Parece ser que hubo algunos enfrentamientos entre grupos de la resistencia polaca y tropas alemanas bajo tierra; muchos deben haber sucedido durante el alzamiento. Ningún tiroteo es agradable, pero aquí las condiciones debían ser realmente infernales: total oscuridad, aire viciado y fétido, el cuerpo medio hundido en una marea de agua y excrementos que no solamente puede inutilizar las armas, sino que puede arrastrar y matar a cualquiera. Se usaban armas de fuego, granadas y cuchillos, ya que parece ser que los enfrentamientos cuerpo a cuerpo fueron muchos. Sin embargo, en ausencia de armas de mano y frente al enemigo, lo más sensato era tratar de golpearlo y ahogarlo en la marea de inmundicia.

No todas las alcantarillas eran tan amplias como éstas

Definitivamente, no era un lugar ni un campo de batalla para personas poco cuerdas, aunque había que estar un poco loco para meterse allí. Todo este horror era aumentado por los lamentos y gritos de dolor de los heridos, además de las carcajadas de los que a veces perdían el juicio. El más leve sonido se multiplicaba cien veces y era repetido por un eco interminable que viajaba muchos metros antes de extinguirse.

EN COMANDOS DE GUERRA

  • Las primeras veces que se entre en una alcantarilla, el personaje debe realizar una tirada de res x 3 debido a la impresión de los olores y del ambiente de éstas. Si no la supera, el personaje vomitará y se sentirá muy enfermo penalizando cualquier acción posterior con un grado de dificultad hasta que salga de las alcantarillas.
  • Si los puntos de herida recibidos en una localización son superiores a la resistencia del personaje y producto de algún accidente que le haya llevado a estar en contacto con la inmundicia, el personaje habrá cogido una enfermedad infecciosa mortal. Sólo superando una tirada de medicina penalizada con dos grados de dificultad puede salvarse la vida del personaje.
  • Todas las tiradas de orientación están penalizadas con un grado de dificultad.
  • Todas las tiradas de escuchar están penalizadas con un grado de dificultad.
  • Cualquier tirada que resulte un fracaso medio o alto, implicará una inmediata comprobación de pérdida de moral. Así mismo, salir de la alcantarilla, implicará una tirada de subida de moral si previamente se perdió moral dentro de ella.

 

 

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Cita

«Han venido a que se los coma el lobo.»

Hitler