Divergencia (IV)

Tras el descubrimiento de la secuencia genética, el principal accionista de la empresa, el hispano-suizo Mauro Kuhnne, doctor en biología celular, estableció contratos privados de legalidad dudosa y comenzó a experimentar con voluntarios a los que KUBE sometía a un tratamiento del que uno de cada veinte salía con vida. Las opciones de ganar no eran muy buenas, pero en caso de fallecer había y sigue habiendo un seguro que compensa a la familia del sujeto.

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El proceso es en realidad sencillo: se inyectan una serie de sustancias que acercan al sujeto a la muerte, procurando no dañar el cerebro pero sometiéndolo a un fuerte estrés. El proceso se realiza en una cámara o cofre de RCPR (Reanimación Cardiopulmonar y Regeneración). A este método le pondrían el nombre comercial de “renacimiento Indalo”, inspirados en ese símbolo encontrado en cuevas de la costa española que parece representar a un humano sosteniendo un arco contra el cielo; una especie de Prometeo desafiando a los dioses.

Una vez KUBE tuvo casi una decena de posthumanos y superhumanas trabajando para ellos, comenzó la puja. Anunciaron en secreto a varios estados y corporaciones la existencia del proyecto y se dispusieron a escuchar ofertas por el uso de sus agentes especiales. Durante unos pocos años, KU.B.E. prosperó con firmeza y en solitario, hasta que en 1998 un ciberataque a sus bases de datos lograría extraer información científica clave sobre Indalo. En lugar de liberar la información al público, los crackers se la vendieron a no menos de nueve competidores comerciales de Kuhnne y desaparecieron.

La imagen es de Thierry Ehrmann y tiene licencia CC-BY

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