Número: 36.     4ª época.     Año XIX     ISSN: 1989-6289

36 > Ambientación > Relatos > El Éxodo de Kust IV (Pan). Por: Frank Guerra «Servobot»

 

El Éxodo de Kust 4

La mañana siguiente amaneció nublada. Todo el cielo aparecía cubierto por una espesa capa de nubes grises que hacían la luz mortecina y amenazaban una pronta lluvia. Las estaciones solían cambiar de manera muy brusca y la época de lluvias se presentaba de pronto, anegándolo todo y haciendo los viajes más peligrosos de lo que ya eran. La temperatura había bajado durante la noche y Kust y sus acompañantes lo habían notado. El chillón estuvo inquieto todo el tiempo y se dedicó a olfatear pesadamente el aire y a emitir roncos bramidos, no durmieron bien.

Se levantaron y comieron frugalmente algo de fruta. Recogieron las mantas y se pusieron en camino. Era casi una mano de jornadas la que les esperaban por delante y con la amenaza de lluvias no debían entretenerse. No hablaron apenas, el gris del día había calado en sus ánimos y se había enganchado en sus espíritus. No se sentían con muchas fuerzas. Incluso el pequeño Tuk, cuyo comportamiento solía ser tan activo, andaba ahora cabizbajo al lado del chillón sujetando la tira de cuero que le ataba al carro.

Se encontraban ahora entrando en una amplia llanura, de las que tanto abundaban en Pangea, dejando atrás el bosque del oso, como sería recordado a partir de entonces por Kust. En la llanura se veían grupos de arbustos aquí y allá y animales que viajaban de un lado a otro, tanto por el suelo como por los aires. Ruk le dijo que eran manadas de comedores de hierba y no serían peligrosos si no se los molestaba. Con los voladores sin embargo deberían llevar cuidado, ya que más de una vez alguno se había acercado más de la cuenta al carro, atraído por la curiosidad.

Según transcurría la jornada pudieron ver alguna manada de chillones que pacían tranquilamente, apenas alterados por su presencia. El chillón que tiraba del carro olisqueó el aire en la dirección de sus congéneres. Kust, que estaba al mando del carro, pensó que se avecinaban problemas y se preparó para sujetar las correas, pero sorprendentemente el gran animal no hizo ademán de cambiar su rumbo y agachó la cabeza de nuevo con un resoplido. Tuk, que iba a su lado, le dio unas palmadas en el ancho lomo y no dijo nada. Aquel animal debía estar realmente bien amaestrado si no había reaccionado al ver a los suyos. Recordó que Ruk le había dicho que todavía lo estaban amaestrando para que se dejara montar, o sea que no estaba domado del todo. Kust sintió una pequeña voz de alarma en su interior, pero estaba demasiado apesadumbrado para hacerla caso.

Llegó así la noche, casi sin ser notada, llevándose poco a poco la luz. Cuando se dieron cuenta de ello por la falta de visibilidad pararon en medio de la llanura. Algo malo estaba sucediendo, habían estado viajando toda la jornada sin parar en ningún momento, ni siquiera para comer, y nadie había dicho nada. La pesadez con la que habían despertado se había ido intensificando a lo largo del día hasta el punto en el que les costaba incluso mirar al frente, llevando la cabeza agachada durante varas y varas de camino.

Pese a todo, nadie comentó nada. Bajaron del carro y dispusieron las cosas para pasar la noche en total silencio. Comieron sin ganas y pronto se durmieron. Kust casi no oía la voz que trataba de decirle que algo no era correcto.

El día siguiente amaneció como el anterior. Las nubes no se habían marchado y el ambiente estaba todavía más cargado. Acabaron con la fruta que les quedaba y se pusieron una vez más en marcha. Bajo la espesa capa de nubes, todo se veía grisáceo, sin color. El mundo parecía haber perdido la fuerza.

Siguieron adelante con la sensación de ir arrastrándose en vez de a pie. La escena era similar a la del día anterior: Kust y Ruk en el carro, cabizbajos y Tuk caminando al lado del chillón, en silencio. A lo largo del día, en la monotonía de la gran llanura pudieron ver, a lo lejos primero pero acercándose poco a poco, a una gran criatura alada. Se aproximaba muy alta, directamente hacia ellos y cuando ya se pudo distinguir su silueta comenzó a emitir unos escalofriantes graznidos que hicieron reaccionar al chillón. Este comenzó a sacudir el carro, tratando de librarse de sus ataduras y lanzando al suelo a Ruk con uno de los tirones.

- Roc- dijo en un murmullo apenas audible el comerciante desde tierra. Y se arrastró bajo el carro.

Kust miró hacia la impresionante criatura: una gran ave rapaz con un poderoso pico curvado y un par de garras capaces de levantar del suelo al chillón si se lo propusiera, ya que era del mismo tamaño. El animal realizó un amplio círculo por encima de ellos y con un nuevo graznido cayó hacia ellos.

Lo que ocurrió a continuación Kust lo recordaría borroso. La voz del interior del cazador logró por fin romper su pasividad y le obligó a actuar. Kust se lanzó a la parte trasera del carro, donde yacía inerte su lanza. Ruk apenas acertó a abrir la boca, pero ningún sonido escapó de ella. Kust cogió su arma y se giró rápido para ver al ave acercarse a una velocidad de vértigo. Bajaba con las garras extendidas hacia ellos y su tamaño era enorme por momentos según se iba acercando.

Con un salto, el cazador volvió a la parte frontal del carro y se dispuso a arrojar la lanza. Con un blanco de ese tamaño solo tenía que preocuparse de lanzar en el momento correcto. Esperó el momento preciso y estiró su brazo hacia atrás; el Roc, como adivinando lo que iba a pasar, giró en el último momento hacia el chillón, que trataba de soltarse del carro desesperadamente.

Esto provocó que el lanzamiento de Kust saliera desviado y no fuera directamente al pecho del animal. La gran ave clavó sus garras en el lomo del animal y tiró de él, tratando de elevarse de nuevo, pero en ese instante notó la herida que la lanza le había provocado en el ala derecha. El arma le había traspasado el ala y aparecía atravesando la extremidad por la mitad.

Un chillido inmensamente agudo hizo que Kust se tapase los oídos y cayera fuera del carro, desequilibrado. Mareado y sin poder levantarse contempló como el Roc soltaba su presa e intentaba elevarse en el aire de nuevo. Pero no pudo y cayó al mismo tiempo que el chillón, aturdido por la herida y el chillido de su víctima. Aleteó inútilmente a unas varas del grupo, pero la lanza estaba atravesada en el ala y no le permitía moverla.

Graznó patéticamente en el suelo, ya no era la imponente criatura que hacía unos instantes traía la muerte desde el cielo. Ahora yacía medio inútil en tierra.

Kust, libre ya de la pesadez que le aturdía, corrió hasta el pequeño Tuk, que había caído tras una brusca sacudida del chillón. Estaba inerte pero respiraba y Kust lo cogió en brazos, alejándole del peligro. Lo dejó entre las pieles del carro y volvió su atención hacia el padre, que se había escondido bajo el carro. A cuatro patas le observaba desde su improvisado escondite.

- ¿Estás bien?- preguntó el cazador. Pero Ruk parecía ausente todavía y no le respondió.

- ¿Ruk, Ruk, estás bien?-

Al escuchar su nombre, reaccionó y acertó a murmurar un "sí". Kust alargó una mano y le ayudó a salir. No tenía más que unos rasguños fruto de su caída, nada importante.

- Quédate aquí cuidando de Tuk, está inconsciente. Voy a acercarme al pájaro.

- Ll…lleva cuidado…Kust.

- Lo llevaré. Quiero recuperar mi lanza.

Dicho esto se dirigió hacia el ave. Cuando pasó al lado del chillón observó las dos grandes heridas que presentaba en el lomo y la gran cantidad de sangre que manaba de ellas. El animal estaba tumbado de lado, resoplando. Kust lo dejó atrás y se encaró con el Roc, que seguía tratando de remontar el vuelo. Cuando vio al mendwan acercarse graznó en su dirección y lanzó un picotazo de advertencia. Kust pudo ver que tenía los ojos enrojecidos y el plumaje aparecía caído en algunos sitios, como si el animal estuviera enfermo. Eso le confirmó que algo extraño estaba pasando en aquella zona y recordó las historias de los chamanes. Historias acerca de espíritus que poseían a animales y personas, que variaban su comportamiento y enfermaban. Eran espíritus procedentes del Gran Espíritu Maligno, que trataban de destruir todo lo bueno que hay en el mundo. Este animal parecía víctima de uno de ellos, y quizá ellos mismos lo hubieran sido también.

Se mantuvo a una distancia prudencial, y comenzó a andar en círculo alrededor del ave. Esta trataba de no perderlo de vista y se giraba al mismo tiempo que él sobre sus patas traseras, arrastrando el ala con el arma prendida en ella.

El cazador hizo varios intentos de moverse hacia la lanza, pero los fieros picotazos del Roc le alejaron de ella. Uno estuvo a punto de costarle la mano y Kust, sudoroso, tuvo que cambiar de estrategia. Necesitaba algo que distrajese al animal, algo que le permitiera recuperar la lanza. Miró alrededor, pero en la amplia llanura lo único destacable era el carro, desde donde Ruk le observaba inmóvil.

De repente se le ocurrió. Volvió corriendo al carro y se dirigió a la parte trasera. Tan rápido fue que Ruk dio un respingo al verlo correr hacia él.

- Dame la piel más grande que tengas, rápido.

- ¿Para qué la quieres?

- Tú dámela, la necesito para recuperar mi lanza, ¿o quieres que la próxima vez le tire un escupitajo a la bestia que nos ataque?

Ruk quedó convencido. Se puso a rebuscar entre los montones que transportaba mientras Kust vigilaba a la criatura alada, que ahora intentaba atrapar la lanza con el pico para partirla en dos.

- ¡Rápido, rápido!

- Espera, está debajo de todas las demás, es una piel muy buena…- instantes después Ruk surgió de entre sus pieles sujetando una- ¡Toma! aquí está, ¡pero trata de no estropearla!- gritó a Kust, que se la había arrancado de las manos y corría de nuevo hacía el Roc.

Llegó ante la bestia, y extendió la gran piel, que era dos veces más grande que él. Contempló fijamente los enrojecidos ojos de su enemigo y esperó el momento oportuno.