Rol Negro – Breve historia de Cunia: Prehistoria y Orígenes

Autor: Sergio Jurado

Falcata cuniense (Museo Arqueológico de Cunia)

Se tiene constancia de que la zona en la que se erige Cunia ha estado habitada al menos desde el Neolítico. En concreto, al oeste de la ciudad, durante las obras de edificación de La Loma se descubrió un yacimiento, que tuvo que ser excavado de urgencia, que contenía cerámica, cuentas de abalorios, puntas de flecha y una hoz de asta de ciervo extraordinariamente bien conservada. Igualmente, el cercano yacimiento de Font d’Irta está considerado una de las principales necrópolis íberas de la costa mediterránea. La mayor parte de las piezas procedentes de estos yacimientos pueden contemplarse en el Museo Arqueológico de Cunia.

Se cree que entre los siglos VII y VI a.C. pasaron por este lugar mercaderes fenicios procedentes de Tyro que, sin duda, dejaron su marca indeleble en el carácter de la población local. En todo caso, los primeros pobladores de los que se tiene constancia escrita (Polibio y Estrabón los citan en su obra) fueron miembros de la tribu íbera de los ilercavones.

Algunos historiadores han sostenido que Cunia fue fundada por colonos fenicios o incluso, según las teorías más fantasiosas, que el asentamiento original se trataba de una colonia de la mítica Tartessos. La leyenda clásica afirma que fue fundada por esclavos de la cercana colonia griega de Chersonesos quienes, tras rebelarse y huir de sus amos, crearon una especie de “ciudad de los ladrones” a la que acudían los bandidos y piratas de la península para vender sus botines. Según esta leyenda, Cunia sería el nombre del hombre que lideró la revuelta, que sería posteriormente deificado como deidad protectora de la ciudad (a pesar de que no ha llegado a nuestros días, el Templo de Cunia fue descrito por algunos viajeros romanos como la mayor edificación de la península). Sin embargo otras fuentes afirman que Cunia no sería otra cosa que la forma de decir “ciudad” en el dialecto íbero local.

Sea como sea, se sabe que para finales del siglo IV a.C. Cunia se había convertido en la ciudad-estado más poderosa de la península, un próspero enclave comercial pero también el mayor nido de piratas que asolaban las rutas comerciales del mediterráneo occidental. La ciudad era gobernada por una asamblea de capitanes que pomposamente se hacían llamar los “Señores del mar”, considerada por algunos como una precursora de la Hermandad de la costa del siglo XVII.

La primera guerra Púnica comenzó en el año 264 a.C. En ese momento, para los romanos, la guerra naval era un concepto prácticamente desconocido; Roma aún no poseía una armada propia ya que todas sus guerras anteriores se habían librado en Italia. Los romanos construyeron sus propias embarcaciones copiando una nave cartaginesa que había encallado en la costa italiana pero, según apuntan algunos autores, Roma se estrenó en la guerra naval “como un ladrillo en el agua” y las primeras batallas en las que intervino supusieron verdaderas catástrofes para su bando. Con la captura de Cneo Cornelio Escipión en la Batalla de las islas Lípari por parte de los cartagineses, Cayo Duilio, elegido para sustituirle, negoció con los cunienses para que acosasen a sus enemigos en calidad de corsarios de Roma. Simultáneamente, los cunienses enviaron a un tal Marci (Marce en otras versiones), uno de sus mejores capitanes, para que adiestrase a los bisoños marinos romanos. Esto, junto a la invención de una máquina de abordar a la que se denominó corvus, permitió que los romanos obtuviesen una contundente victoria en la Batalla de Milas (260 a.C.). Durante el resto de la primera guerra Púnica los cunienses continuaron sirviendo como corsarios al servicio de Roma, hostigando a las naves mercantes cartaginesas.

La continua desconfianza entre Roma y Cartago condujo a la renovación de las hostilidades y la segunda guerra Púnica cuando Aníbal Barca atacó Sagunto, una ciudad que había establecido lazos diplomáticos con Roma. En esta ocasión, Aníbal había negociado secretamente una alianza con los piratas cunienses, a quienes también convenía la destrucción de Sagunto, ciudad que estaba creciendo rápidamente en poder e influencia y que podía suponer una potencial rival de Cunia. Si bien en esta ocasión Cunia no tomó partido de forma oficial por ninguno de los dos bandos, el ejército de Aníbal que cruzó los Alpes para invadir Italia incluía numerosos mercenarios cunienses ansiosos de hacerse con las riquezas romanas de las que tanto habían oído hablar. Esto es algo que los romanos no les perdonarían…

Cartago nunca consiguió recuperarse tras la Segunda Guerra Púnica y la tercera fue en realidad una simple misión punitiva para arrasar Cartago hasta sus cimientos.

Si bien Cunia creció y se enriqueció mucho durante las dos primeras guerras Púnicas, la venganza romana contra Cunia no se haría esperar. En el año 143 a.C. la ciudad fue sitiada durante un largo año por el Cónsul Lucio Servilio Rulo. Finalmente, gracias a la ayuda de traidores que abrieron las puertas de la ciudad durante la noche, los romanos consiguieron tomarla. La ciudad fue saqueada e incendiada y el orgulloso Templo de Cunia destruido hasta sus cimientos mientras que la gran mayoría de sus habitantes fueron pasados a cuchillo.

Sin embargo, los escasos supervivientes de la masacre no corrieron mucha mejor suerte. En vez de ser recompensados como esperaban por Rulo, éste se limitó a decirles que Roma “no pagaba traidores” (más tarde Quinto Servilio Cepión se apropiaría de la frase de su primo). Rulo ordenó que la ciudad fuese reconstruida en un nuevo emplazamiento, esta vez en la orilla opuesta del río Eore, dejando en el lugar una guarnición (en el lugar que hoy ocupa el Casco Viejo). Comenzaba así la dominación romana sobre Cunia.

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