Número: 248. 4ª época. Año XXIII ISSN: 1989-6289

A medio día de camino al norte de la Fortaleza de la Desesperación [23043
], se encuentra el pequeño pueblo de Piedrablanca. No es un lugar próspero ni especialmente antiguo, pero hasta hace unos meses era conocido por una sola cosa: nadie se quedaba allí más de una noche.
No por peligro, ni por superstición. Simplemente, porque nadie consigue dormir bien allí.
Los habitantes de Piedrablanca no sufren pesadillas. Duermen profundamente, sin sobresaltos, sin sueños… y aún así despiertan agotados, como si la noche hubiese sido un esfuerzo en lugar de un descanso. Quienes pasan varias semanas en el pueblo comienzan a perder interés por viajar, escribir cartas o hacer planes. No abandonan sus tareas, pero las realizan sin propósito, con una calma inquietante.
El pueblo se abastece de un manantial cercano, de agua clara y fría. Beberla evita la sed, mantiene el cuerpo con vida y permite continuar el día sin desfallecer. Sin embargo, quienes dependen de ella describen una sensación extraña: la necesidad de beber nunca desaparece del todo. No es una urgencia, ni un dolor, ni una enfermedad. Es una presencia constante, un recordatorio leve pero persistente de que algo falta. Algunos aldeanos beben más de lo necesario sin notar alivio alguno. Nunca ha muerto nadie de sed en Piedrablanca, pero también es cierto que nadie recuerda la última vez que se sintió realmente saciado.
Los viajeros que pasan la noche en el pueblo suelen marcharse al amanecer, cansados y confusos. Muchos de ellos relatan una experiencia común: al levantarse, sienten la necesidad de mirar hacia el oeste durante unos minutos, hacia donde se alza la fortaleza, aunque no puedan verla desde allí. No es una orden ni una obsesión, solo es un pensamiento suave, casi ajeno, como una idea que no termina de ser propia.
Algunos describen también una leve inclinación a viajar en esa dirección. No un impulso irrefrenable, solo la sensación de que quizá ese camino tenga más sentido que los demás.
La mayoría ignora ese sentimiento. Unos pocos no.
Los habitantes de Piedrablanca han aprendido a no hablar demasiado de ello. Saben que algo ocurre, pero también saben que ponerle nombre lo vuelve más real. Prefieren atribuirlo al cansancio, al clima o a la cercanía de viejas ruinas.
Ningún Sin voluntad [23154
] ha sido visto jamás en el pueblo. Y, sin embargo, algunos temen que Piedrablanca no sea un lugar donde la fortaleza reclame… sino donde prepara.
Aquí, la desesperación no grita. Solo espera.