Número: 250. 4ª época. Año XXIII ISSN: 1989-6289
Nadie nace sabiendo que el mundo está roto.
Eso se aprende con el tiempo.
Al principio solo notas pequeñas cosas: el silencio es demasiado largo, el viento llega siempre desde el mismo sitio, el cielo no cambia como debería. Luego empiezas a entender que hay lugares a los que no se va, no porque estén lejos, sino porque no se vuelve.
Yo nací en Verdialto. He bebido agua clara, he visto crecer el grano, he dormido bajo un techo que no sangra ni se mueve. Para muchos, eso ya es un milagro. Para nosotros es simplemente la vida. Dura, escasa, pero posible.
Más allá del valle, todo cambia.
La Cordillera se alza como un borde mal cortado. No promete nada. No amenaza. Está ahí desde antes de que tengamos memoria. Nadie habla de cruzarla. No porque esté prohibido, sino porque la idea no tiene sentido, como intentar atravesar una pared con la cabeza.
Al norte, el mundo empieza a equivocarse.
Primero está el Abismo. No hace falta asomarse para saber que algo no encaja. El sonido no se comporta como debería, y las sombras no coinciden con las formas. Hay quienes dicen que grita. Yo creo que escucha.
Después vienen los Campos de Carne. No sé cómo describirlos sin mentir. No son un lugar, son un estado. El suelo no está vivo, pero tampoco muerto. Late a su manera, como si recordara algo que ya no entiende. Algunos van allí a buscar recursos. Algunos vuelven. No siempre iguales.
Y más allá… donde debería haber agua, horizonte, final… solo hay hueso. El Horizonte Cadáver. Nadie lo ha cruzado. Nadie lo ha medido. Desde lejos parece quieto. De cerca, juran que cambia.
Todo eso está rodeado por la Llama Negra. No arde. No consume. Simplemente está. Como una fiebre que el mundo no consigue bajar.
Así es Inferna.
No es un infierno en llamas ni un castigo divino. Es lo que queda cuando algo muy antiguo se rompe y nadie sabe cómo arreglarlo. Aquí no hay héroes. Hay gente que resiste. Gente que se queda. Gente que sale y no vuelve.
Y mientras el agua siga fluyendo en Verdialto, mientras el grano brote y el viento no cambie de dirección, fingimos que el mundo sigue siendo nuestro.
Pero todos sabemos la verdad.
El mundo no nos pertenece.
Solo nos tolera… por ahora.
No sé por qué sigo escribiendo. Tal vez para recordar qué partes de mí siguen siendo humanas… o para saber cuáles he perdido allá fuera.
Quien lea esto -si queda alguien- que entienda algo: Inferna no se cruza, se sobrevive. Y cada día que vuelvo con vida dejo un pedazo más de alma entre sus grietas.
He recorrido lugares donde la tierra parece haber olvidado que un día fue tierra.
En la Llama Negra, la arena radiactiva se mete bajo la piel como un millón de agujas de vidrio. Las tormentas no sólo arrancan carne: arrancan recuerdos. A veces, después de una de esas ráfagas verdes, puedo tardar minutos en recordar mi propio nombre. No sé si es el viento… o si es algo más.
En los Campos de Carne, el suelo late. No es imaginación. Lo he sentido temblar bajo la bota, como si respirara por debajo, como si esperara el momento justo para romper la fina capa muerta que lo cubre. Una vez cavé demasiado para buscar agua y encontré un ojo.
Un ojo humano.
Y no era el único.
La gente pregunta por qué no viajo acompañado. La respuesta es sencilla: en el Abismo de los Gritos, nadie regresa entero. Conozco el sonido: no son ecos normales. Te buscan. Se meten en tus oídos, en tu pecho, en tus dientes. Te abren la cabeza sin tocarte. Hace años perdí a dos compañeros allí. No cayeron. Saltaron.
Y luego está el Horizonte Cadáver. Ese maldito cementerio infinito donde los huesos no están quietos, donde cada paso sientes que algo se mueve debajo, como si respirara a través de las oquedades. He visto columnas esqueléticas romperse desde dentro, como si algo estuviera naciendo… o escapando.
A veces llevo las manos al pecho sólo para asegurarme de que mi corazón late donde debería, porque allí afuera nada vive donde debería, y nada muere cuando toca.
Los mutantes… los Lamentadores, los Resurrectos, los Hijos de la Ruina… todos ellos son parte del paisaje. No los temo tanto como temía al principio. Ahora los temo diferente.
No porque puedan matarme, sino porque cada vez que los miro siento que estoy a una sola decisión de convertirme en uno de ellos.
No sé cuánto hace que dejé de tener miedo a morir. Ahora temo otra cosa: volver cambiado.
Dicen que una de las facciones -los Devotos del Vacío- creen que este mundo es una antesala. Una prueba. Que el dolor purifica. Que Inferna es el juicio constante.
Yo no creo en nada.
Pero reconozco algo sin necesidad de fe: viajar por estas tierras te transforma, aunque la piel siga siendo piel.
Lo veo en mis manos. En mis sueños. En la forma en que a veces escucho susurros en terrenos donde un minuto antes no había viento.
Quien lea esto que entienda:
No salgo a explorar por valentía ni por orgullo ni por gloria. Salgo porque, si me quedo demasiado tiempo en un lugar seguro, empiezo a sentir que no merezco estarlo. Salgo porque el silencio de los asentamientos me pesa más que los gritos del Abismo.
Inferna es un monstruo inmenso.
Pero es un monstruo al que conozco demasiado bien.
Y cada vez que vuelvo, cada vez que cruzo los muros de algún refugio olvidado, siento una punzada en el pecho… como si una parte de mí siguiera allá afuera, moviéndose en la ceniza, respirando en la oscuridad.
Tal vez algún día no regrese.
Tal vez ese día ya ocurrió, y el que escribe es sólo lo que quedó.