Nº: 193 . 3ª época. Año VI
Los Cinco de Ôs: Llegada Aciaga Por: Luxor
 
 
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Llegada aciaga

[C]Xalin, Nova 1547

Los viajes por el vacío son siempre horribles y si, además, viajas en los barcos de la compañía de Ôs, apenas unas cáscaras de nuez que se balancean peligrosamente por el exceso de carga, todo se complica. Fue así como los Cinco llegaron al puerto de Câfar. De una apariencia lujosa desde la distancia, pero con cierto olor a hacinamiento y podredumbre en las cortas distancias. Había mercado; es posible que aquellas gentes hicieran un mercado cada vez que llegaba un barco. Los puestos eran variados y variopintos, pero tuvieron que sujetar a Gorusa cuando descubrió que en uno de ellos se vendían esclavos. "Respetemos las costumbre locales" le recordó Roba al oído. Un mantra que le habían repetido todo el trayecto desde que salieron de Ôs.

La oferta era abrumadora y los vendedores ofertaban la mercancía de sus puestos y también intentaban comprar aquello que los visitantes mostraran. Sin embargo, como pronto descubrieron, aquel interés por armaduras, bolsas o trajes solo era una estrategia para que te acercaras y así hablarte de sus propios objetos. ¡Oh! De lejos me pareció una armadura forjada por enanos. ¿Queréis probaros esta mía que tengo aquí? Os sorprenderá lo ligera que es.

—¿Puedo ayudarles en algo? —les abordó un joven bien vestido con la cara picada por alguna enfermedad que le había dejado marcas— ¿Es la primera vez que visitan Câfar? ¿Sí? Mi nombre es Elrico, Elrico Saldar y estoy asignado por el Gremio de Mercaderes como guía oficial de la ciudad —Y con un rápido pase les enseña un documento donde lo acredita—. Si tienen alguna duda o desean alguna indicación. Estoy a su disposición.

—¡Impresionante! —le replica Valtar con su voz profunda que parece imposible para un elfo—. Sería perfecto que nos indicaras cómo salir de esta vorágine de comerciantes y nos indicaras un buen sitio de papeo, cerveza y con catres decentes.

El joven les observa como si estuviera analizando las posibilidades y señala una calle diciendo:

—Les recomiendo que se alejen un poco del puerto. Los locales son caros, están llenos y no son los mejores. Si siguen por esa calle, tres calles a la derecha y luego dos a la izquierda llegarán a "La Tórtola del Mar". Dígales que van de mi parte y les atenderán bien.

Agradecidos, los cuatro integrantes de los Cinco siguieron las indicaciones del amable guía, mientas ofrecía sus servicios a una pareja de ancianos que también habían bajado en el barco.

Tras el segundo quiebro, los ruidos del puerto habían desaparecido, las calles eran más estrechas, oscuras y miraban a los viajeros con cierto aire de superioridad.

—¿No dijo el hombre que teníamos que girar a la izquierda? —preguntó Roba casi afirmando.

—Valtar nunca gira a la izquierda.

Pero la aguda respuesta que siempre continuaba a esa afirmación fue interrumpida por una voz desagradable propiedad de un hombre de ancha espalda:

—¿Han adquirido ustedes el pase de viajero?

No iba vestido con ningún uniforme, ni nada le identificaba como autoridad portuaria. Si añagaza quedó al descubierto cuando otros dos compañeros aparecieron por detrás del grupo y uno de ellos, con una sonrisa, les llamó la atención de un cuarto, armado con una ballesta, en una de las ventanas de aquella calle.

Tempesta saltó, con la violencia que le daba nombre, y rebotando en la pared por dos veces alcanzó a ese ballestero, lo agarró del cuello y juntos cayeron a la calle. Por supuesto, el semielfo de pie encima del ladrón. Sus compañeros, aturdidos por la rapidez, empezaron a desenvainar las armas solo para descubrir que los otros ya las tenían en sus manos, dos veloces cimitarras, una porra descomunal y una brillante espada.

—Dejad alguno vivo para que nos indique cómo llegar a la posada. —les pareció oír a los ladrones antes de que cayera sobre ellos toda la experiencia de los Cinco de Ôs.

 
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