Número: 51.     4ª época.     Año XVIII     ISSN: 1989-6289

51 > Ambientación > Relatos > Relato: Sistema Colateral (Exo). Por: Juan Carlos Herreros Lucas

 

SISTEMA COLATERAL

Rigo no podía considerarse un hombre desafortunado. Comandaba un crucero de la Armada y aunque la gente de su edad estaba por encima de él en el escalafón, había alcanzado su posición haciéndose valer por encima de recomendaciones y de apellidos ilustres que llenaban la historia espacial del imperio. Sus padres habían sufrido mucho para pagarle el pasaje a la Academia y una vez allí había descubierto que sus compañeros siempre le mirarían como un intruso. Por ello, ser el capitán de la O. Nonoke era una sorpresa para muchos y un motivo de orgullo para él. A sus órdenes, en aquella formidable muestra de la tecnología humana viajaban un poco menos de seiscientos tripulantes entre oficialidad, marinería y tecnos. "¡Sus hombres!" como le gustaba pensar, aunque un porcentaje importante no eran humanos.

No debía sentirse desdichado, pero aquella misión en el sector Cahir no le había gustado un ápice. Les habían dejado como protectores del flanco del grueso de la flota orbitando el exterior de un sistema aparentemente abandonado. Sin embargo, él y las dos pequeñas fragatas que se movían en formación a sus costados no eran una fuerza suficientemente poderosa para frenar un ataque enemigo en condiciones. Además, el resto de la flota se hallaba a más de una hora de viaje subespacial, una eternidad si estabas bajo el ataque de una fuerza hostil superior en número. No, se dijo, nuevamente habían colocado al elemento prescindible en el lugar menos indicado. Eran los malditos del Nonoke, un cebo para sus enemigos.

Rigo no estaba preocupado por la aparición de una flota enemiga. De hacerlo, aparecería al otro lado del sistema, en dirección a la Marca, y con la maniobra de deceleración necesaria tras la salida del subespacio y a pesar de que la información le llegaría con algunos minutos de retraso debido a la distancia, aún tendría tiempo de evaluar la situación y actuar en consecuencia. No, lo que al capitán le preocupaba era el mismo interior del sistema. Nadie lo había inspeccionado y él carecía de elementos suficientes para hacerlo correctamente. ¿Y si allí dormitaba una flota enemiga que hubiera llegado antes que ellos? ¿Cómo defenderse de eso?

Intentó tranquilizarse, pero sus ojos volvieron a detenerse en el puesto de mando del teniente Alben. Éste, entendiendo su mirada, le anunció:

- Sin contactos, señor.

Alben era el oficial de sensores, bastante eficiente, y en su terminal se recibían los datos de las boyas de escucha que habían desplegado alrededor de la nave. Aquellos pequeños satélites eran sus ojos a larga distancia. Apenas les darían unos segundos extras si sus temores se confirmaban, pero suficientes para marcar la diferencia entre la gloria y la derrota.

***

El sargento mayor Suar miró orgulloso a los treinta infantes que aguardaban en posición de descanso. Volvió a repasar en silencio sus equipos, al azar, sin encontrar ninguna pega. Aquella unidad de asalto sabía a lo que se iba a enfrentar y los hombres y mujeres que la componían tenían suficiente experiencia para no olvidar ni un detalle. Sentían la vibración de los motores de la nave a través del suelo metálico que formaba el hangar. Una aceleración que llevaba a la ASM Yung en una loca carga contra sus enemigos, pero como había dicho la capitana de la nave: ¿qué otra cosa podían hacer?

No hace mucho tiempo que les llamaron desertores, traidores, pero el tiempo demostraba que llevaban razón, que Furis de la Rosa, el almirante que les había guiado al exilio, había acertado. Ahora, no sólo se habían ganado el respeto de los que antes les criticaban, sino que codo a codo con ellos, luchaban contra los enemigos comunes. Y esa era, en parte, la misión de aquel destructor de asalto. Colocado entre ambos ejércitos, debía garantizar que el sistema permaneciera expedito hasta que se pudiera organizar el frente. Todo se había complicado con la llegada de la patrulla de tres naves enemigas. Afortunadamente, les habían pillado inspeccionando el interior del sistema. Estaban en el pozo de gravedad de la estrella, una posición nefasta si se realizaba un combate espacial, pero que había evitado que les detectaran. Cuando los sensores estáticos, que habían tenido el acierto de colocar en el planeta exterior, informaron que la patrulla estaba formada por un crucero y dos fragatas, la capitana de la Yung miró a sus oficiales y les dijo: "Si hubieran pensado que iba a ser fácil, no nos habrían mandado a nosotros". Y aunque el enemigo tendría una potencia de combate que duplicaba la de ellos, aquellas palabras habían bajado por toda la escala de mando. También le llegaron al sargento Suar, quien les añadió su propio mantra particular: "Sólo es otro día de trabajo".

No podían quedarse en el interior del sistema eternamente. Primero porque tarde o temprano terminarían por descubrirles y segundo porque la posición de los enemigos les permitía interceptar a cualquier nave que saliera del subespacio cerca del sistema. La enorme velocidad de salida reducía la maniobrabilidad y el crucero y las fragatas sólo tendrían que poner obstáculos en la trayectoria para que el casco de cualquier nave quedara destrozado. Las tres tenían potencia suficiente para diezmar una flota de mediano tamaño antes de que ésta hubiera podido frenar lo suficiente.

La capitana sabía que una flota combinada de Marca y la R.F.P. iban a encontrarse en ese punto y no estaba dispuesta a esperar. Había mandado un mensaje, un EPR, pero si estaban en el subespacio no lo recibirían. Poco más podían hacer...

La ASM Yung había maniobrado hasta dejar la estrella del sistema a su espalda y calculado una órbita parabólica contra el enemigo, como una piedra. Llevaban casi una hora acelerando a máxima potencia y aunque las garras de la gravedad eran muy fuertes y aún no habían alcanzado la velocidad de escape, detuvieron los motores. La distancia con la flota enemiga se había reducido a menos de un minuto-luz y los sensores pasivos podrían detectarlos.

La vibración del suelo del hangar cesó y antes de que las luces se tornaran rojizas, la unidad del sargento Suar corría a los lanchones de asalto. En cuanto en el puente de mando se encendieron las luces verdes, los lanchones fueron arrojados al vacío con un impulso extra que los harían preceder en algunos segundos al destructor, los suficientes esperaban todos.

Los soldados de Suar permanecían en pie dentro del lanchón en cuatro filas, las botas magnéticas les anclaban al suelo y frente a cada uno de ellos había una barra a la que podían fijarse con un arnés, pocos lo habían hecho. En la parte delantera iba el piloto, un soldado de asalto más y el sargento iba en la parte posterior, casi pegado al frío metal de la compuerta de acceso. Frente a él había una holo-terminal desde la que podía seguir las evoluciones de la nave. En ese momento tenía desplegada la pantalla de sensores. Un triángulo azul le marcaba la posición de la Yung y otra serie de triángulos pequeños marcaban las posiciones de otros lanchones de asalto. El sistema los detectaba gracias a que estaban muy cerca, de otra forma hubieran sido invisibles. En el otro extremo de la proyección, acercándose lentamente, había tres cuadrados rojos. La forma cuadrada indicaba que era una posición supuesta, basada en datos anteriores. Pero el sargento no buscaba aquellas señales que sabía estarían allí, sino otras, que denunciaran la presencia de objetos inesperados. Y esas señales llegaron.

- Contacto en diez-diez -anunció el piloto, aunque Suar ya lo había visto. Las naves de combate dividían el espacio que les rodeaba en dos discos perpendiculares de diez sectores cada uno. Diez-diez era, por tanto, en la misma nariz de la nave, casi en trayectoria de colisión.

El sensor lo había identificado con un círculo, se trataba de un objeto de poca masa, de color verde, de nacionalidad desconocida. El sargento tenía cierta idea de qué podía ser y no se llevaba a engaño. Si ellos la habían visto, la boya de detección enemiga no tardaría en hacerlo.

- Atención, presurización -y todos los hombres comprobaron sus trajes y alzaron el dedo pulgar en respuesta. Cambió la pantalla táctica a artillería y comprobó que el piloto había hecho lo mismo.

A veces, en el espacio, se pierde la perspectiva de las distancias. La boya de detección apenas tendría un metro de ancho y se hallaba a miles de kilómetros de distancia. Era invisible para cualquier observador e intentar derribarla de un certero disparo hubiera estado en una holopelícula de acción, pero aquello era la vida real y quedaba lejos de sus capacidades. Contaban con la precisión y la velocidad de cálculo del IA de a bordo, pero aún así no era suficiente.

El piloto cargó proyectiles de carga inerte. Cada una de las cabezas de 30 mm se abría en decenas de proyectiles de diferentes tamaños. Apuntó y disparó, el propio sistema se encargó de dar pequeñas vibraciones al eje del cañón con el fin de aumentar el área de influencia final. Si los sensores detectaban la nube de proyectiles que se dirigían hacia la boya, los clasificaría como micrometeoritos, como los restos de la cola de un cometa. Sería mucha casualidad que uno de ellos la alcanzara con fuerza suficiente para penetrar el blindaje, pero serían una buena cortina tras la que avanzar sin ser detectados, sobre todo tras desconectar el soporte vital, lo que reducía la huella térmica casi a cero mientras avanzaban inercialmente.

También es muy difícil calcular el tiempo en el espacio, el fondo parece inmóvil y los segundos caen uno detrás de otro. Sin embargo, no tardaron ni un minuto en alcanzar una distancia óptima de disparo. Un cambio de munición y la boya espacial desapareció en silencio, como había existido. Fue el mismo sargento quien reactivó el soporte vital y anunció:

- ¡Hemos pasado! -pero si alguien tuvo ganas de celebrarlo, lo hizo en silencio. Eran profesionales.

***

- ¡Comandante! ¡Hemos perdido una boya de sensores!

Rigo levantó la cabeza por encima de la terminal de mando y mirando directamente al teniente Alben, le increpó:

- ¿Va a reservarse la información para usted sólo?

No escuchó las disculpas, pero al instante tuvo en su pantalla los datos. No había nada definitivo, un par de micrometeoritos habían alcanzado la boya antes de desactivarla. Imaginó que un tercer impacto había averiado la antena de señales o algo parecido. Estaban en el límite del sistema y el polvo estelar era habitual en estas zonas. No se le escapaba la posibilidad de que fuera una artimaña enemiga, pero el sistema era redundante, cualquiera de las boyas cercanas hubiera detectado la proximidad de una nave enemiga. No, pensó, si una fragata o algo más grande hubiera destruido la boya, ellos ya la habrían visto.

- Parece una avería, oficial -anunció por fin-. Lance otro sensor a la misma posición.

Pero mientras observaba como se introducían los datos para el lanzamiento se preguntó si no habría otra posibilidad. Tal vez...

***

- Detecto un lanzamiento en el crucero, sargento.- Hacía ya bastante que la posición de las naves enemigas se mostraba como un círculo. Incluso, si el sargento fijaba la vista en el icono, se desplegaban ante él un sin fin de menús con las características de las naves. El proyectil, sin embargo, aparecía sin identificar.

- ¿Un torpedo? -preguntó, aquella era la peor posibilidad. Los lanchones de desembarco apenas tenían maniobrabilidad para sobrevivir a una de estas armas. La verdad es que si les disparaban con un interceptor de 30 mm tampoco tendrían mucho que hacer.

- Aún no lo sé...

El tiempo volvía a detenerse, aunque ahora sí tenían sensación de movimiento pues estaban pasando delante de la proa de una de las fragatas. Eso sí, como todo en el espacio, a muchos kilómetros.

- ...es una boya de sensores. Viene contra nosotros.

Sería imposible engañarla o esquivarla sin detectar su posición. Bueno, pensó Suar, ya habían llegado más lejos de lo que esperaban.

- ¡Presurización! -volvió a ordenar- ¡Acelera! -gritó a través de la radio cuando comprobó que todos los pulgares estaban alzados. El lanchón se sacudió cuando los potentes motores les imprimieron varias ges en unos pocos segundos. El piloto aprovechó el impulso para fijar el rumbo contra las puertas del hangar del crucero.

- ¡Rumbo fijado! -avisó el piloto.

- ¡Fuera todos! -ordenó el sargento.

***

- Objetivos a estribor -anunció Alben- a doscientos kilómetros.

- ¡Qué demonios hacen ahí! -pero el oficial del Nonoke no perdió el tiempo esperando una respuesta. Su mano derecha activó el zafarrancho de combate mientras la izquierda pasaba la misma orden a las dos fragatas. Los artilleros tardaron 30 segundos en empezar a disparar, una buena marca, pero no fue suficiente para detener a los enemigos.

- ¡Atención! ¡Prepárense para un abordaje!

Si hubiera tenido tiempo para pensar, hubiera creído que los lanchones estaban a la deriva esperando su acercamiento, pero un destello en las pantallas exteriores le impidió llegar a esa conclusión. Impactos pesados concentrados estaban alcanzando a la fragata de escolta de estribor. Cuatro acababan de estallar y se veían los trazos de, al menos, cuatro más. ¡Aquello no podía tener su origen en los lanchones de desembarco!

- Un destructor -corroboró Alben- de la clase Corona a cincuenta segundos en cuatro seis.

¡Otra sorpresa! ¿Cuántas quedaban? ¡Cincuenta segundos! Miró la pantalla táctica y comprobó lo que había imaginado, la nave enemiga llevaba una endiablada velocidad. Dudaba que su intención, a pesar de la velocidad, fuera saltar al subespacio. La presencia del abordaje así lo indicaba, aunque si el capitán estaba tan loco como para atacarles bien podría no sentir aprecio por sus hombres y dejarlos allí.

- Piloto, todo a estribor, apartémonos de su camino.

El crucero escoró intentando amortiguar las ges laterales a las que se veía sometido. De repente, tres impactos sacudieron el puente. De algunas conexiones saltaron chispas y un ligero humo cubrió la roja atmósfera de la cámara.

- Informe de daños - gritó Rigo por encima de la confusión.

- Los lanchones llevaban cargas explosivas, señor. Nos han alcanzado en la entrada del hangar, en la parrilla de lanzamiento de estribor y hemos perdido las comunicaciones.

- ¿Iban vacíos los lanchones?

- No creo, señor. Detecto múltiples perforaciones en el casco. Creo que son Dren.

Las sorpresas no terminaban. Los Dren eran equipos de alta tecnología fabricados en la R.F.P. (otro enemigo de Oeon) y muy exclusivo. Cada soldado llevaba una especie de cápsula independiente y mediante una perforación láser (o con explosivos en los modelos antiguos) accedían a los compartimentos interiores. Su nave carecía de esos medios de asalto.

- ¿Dónde se concentran los ataques?

- En la popa y en la parrilla de babor.

- ¿Han salido nuestros cazas?

- Aún no.

- Sección uno -dijo por el altavoz interior de la Nonoke-, acuda a los hangares de babor. Sección dos y tres, ¡a los motores!

***

El destructor superó a la fragata y prosiguió su embestida. Algunos anti-interceptores de ésta caían inútilmente sobre el grueso casco, pero sus cañones principales estaban destruidos. Un enorme boquete en estribor indicaba que la santabárbara, posiblemente, había desaparecido. También se veían explosiones secundarias en los motores y una estela blanca, de la atmósfera interior al congelarse en el frío espacio, denunciaba que la nave estaba fuera de combate.

La segunda fragata giró a babor, rompiendo la formación para dar mayor espacio al crucero. Creía, no sin cierta razón, que la nave enemiga se concentraría en el crucero y que ella podría maniobrar para enfrentarse al enemigo desde un mejor ángulo. Sin embargo, el capitán de la fragata se equivocó. El destructor llevaba demasiada velocidad para hacer otra cosa que no fuera frenar, pero su maniobra dejaba su popa expuesta al enemigo demasiado tiempo. Los cuatro cañones de doscientos centímetros de la Yung la bombardearon sin piedad. Los daños no fueron tan graves como los de su compañera, pero el motor y por tanto la maniobrabilidad quedó casi a cero. La fragata tardaría en volver, si conseguía hacerlo.

"Sólo queda el crucero" se animó la capitana, pero sabía que le quedaba el hueso más difícil. Los infantes de marina podían haber frenado el lanzamiento de la cobertura de cazas y si tenían suerte, reducirían su maniobrabilidad, pero aún así, sus ocho cañones de doscientos centímetros eran temibles. Además, ella debía concentrar sus disparos en la proa si no quería acabar con sus propios hombres. Sin embargo, aquella no era su mayor preocupación. Debía invertir la marcha y alcanzar la velocidad de combate en el menor tiempo posible y pensaba hacerlo con una maniobra que haría que muchos tripulantes se arrepintieran de no haber ayunado antes del combate.

El motor se detuvo una fracción de segundo, el tiempo justo para reorientar la salida de las toberas, y se encendió otro pequeño instante. Eso hizo que toda la nave pivotara sobre su eje transversal y mientras lo hacían, las toberas volvieron a reorientarse. Parecía un ballet de precisión si no fuera porque todos estaban sufriendo una gravedad de varias ges, pero aún faltaba lo peor. Cuando la nave alcanzó la dirección deseada, un nuevo estallido de los motores detuvo la rotación. Otro instante y la vibración de los motores, más allá de su potencia límite, sacudió la estructura y todos se vieron pegados a sus asientos antigravedad que les permitía respirar mientras soportaban ocho veces el peso de su propio cuerpo.

***

Cuando vio a su rival ejecutar la maniobra Casal en apenas unos segundos, Rigo supo que tendrían problemas. Él se hallaba en su propia maniobra de giro sin muchas opciones ante lo que se le venía encima.

- ¿Cuántos pájaros podemos poner fuera? -preguntó al oficial táctico.

- Cuatro -respondió-, hemos empujado a los incursores hasta el hangar, pero habían averiado seis aparatos antes que lo lográramos.

- ¡Qué salgan!

- Señor, no podrán volver si no recuperamos el hangar.

- Ya nos ocuparemos de ello cuando acabemos con el destructor. ¡Qué salgan!

La salida de los cuatro trialones llevó una ligera vibración al puente. A los pocos segundos, Alben, desde los sensores, avisó:

- La nave enemiga ha lanzado cinco cazas. Son épsilon.

Las señales en el holosensor parecieron detenerse un instante en el espacio, mientras vencían la inercia del destructor que aún frenaba, pero enseguida se separaron de su nodriza y se enfrentaron a sus rivales.

"Los van a destrozar" murmuró el oficial táctico, pero nadie le oyó.

En efecto, los épsilon, además de superiores en número, eran superiores en blindaje, casi el doble, y en armamento, dos cañones de 30 milímetros frente a los 20 del trialón. A pesar de esta inferioridad, los pilotos de Oeon combatieron muy diestramente y en vez de enzarzarse en combate uno a uno, concentraron todo el fuego en un solo enemigo. Dos épsilon habían sido eliminados cuando el cuarto trialón explotó en una brillante bola azul tras un impacto en el depósito de combustible.

Llevaban mucho tiempo jugando el juego del destructor:

- Piloto, a mis órdenes...

***

La capitana vio como el crucero giraba para enfilarse contra ella y empezaba a acelerar. No eran buenas noticias, no iban a esperar que recuperara su velocidad de maniobra. La silla aún vibraba por la aceleración y le costó mover el brazo para comunicarse con ingeniería.

- Reduzca impulso a aceleración de crucero-. Fue como si de repente se hubieran quitado a las ocho personas que tenían sentadas sobre el pecho. Antes de acostumbrarse a la nueva situación, ordenó:- ¡Bombarderos fuera!

La parrilla de despegue escupió a los tres cruces como si fueran uno sólo. Todos sus efectivos de cobertura estaban en el espacio, ¿serían suficientes?

- Jefe Bravo, aquí la comandante -no esperó respuesta-, centren sus ataques en los cañones de proa.

- Roger -contestó una voz por el altavoz del puente.

El crucero se acercaba y cuando alcanzó la distancia de sus cañones giró exponiendo su lado de babor, pero sin cambiar de rumbo, parecía deslizarse como un patinador en una pista de terciopelo negro.

- ¡Preparados para recibir impactos! ¡Artillería... -aguardó un instante- ...a discreción contra la proa!

Aquello era lo peor de estar al mando de una nave espacial. Todos los tripulantes tenían alguna misión, pero el capitán, tras dar las órdenes, sólo podía esperar para descubrir si eran acertadas.

Mientras seguía el avance de los cazabombarderos, que ya se habían reunido con los épsilon, el oficial de sensores, anunció:

- Múltiples disparos de gran calibre

- ¡Aceleración máxima!

***

Las primeras andanadas hicieron vibrar la estructura de la Nonoke y casi simultáneamente el destructor aceleró. Aunque acercarse en un intercambio de disparos a una nave superior era una locura, Rigo no se dejó engañar. Seguramente su enemigo le reservaba una sorpresa.

La cámara de largo alcance permitió ver los destellos que los primeros impactos levantaron en el grueso blindaje frontal. No pasaron muchos segundos cuando ellos mismos sufrieron los primeros impactos. Hay quien dice que lo más terrorífico del combate en el espacio es el silencio, el profundo silencio que impide oír las explosiones, pero cuando estás en el interior de una nave de combate, cada impacto es un golpe sordo, cada esfuerzo un crujido de la estructura, cada rotura un chisporroteo o el temible silbido que precede a la descompresión. No son los ruidos de la batalla, son los ruidos de la nave que es, a la vez, arma y destino.

Vio los cazas en formación y su vector de ataque señalaba directamente hacia los cañones. Con la mitad de la nave medio inutilizada por los desembarcos, sus antiinterceptores no podrían formar una pantalla defensiva eficaz.

***

- ¡Sargento! -el marine se apartó de la línea de fuego y acercó el casco a su operador de comunicaciones.- ¡Sargento, le llaman de la Yung!

Abrió el canal. No fue la capitana quien respondió. Aquello no le gustó.

- ¡Sargento! -dijo la voz- ¡Nos están machacando! Necesitamos que nos eche una mano desde allí.

- Cuente con ello.

Inspiró, La cosa no estaba bien. El enemigo les superaba en número y controlaba todos los accesos a los motores. Habría que cambiar de táctica.

- Contenedles aquí -ordenó y señalando a dos soldados, uno de ellos el operador de comunicaciones, añadió:- ¡Seguidme!

Se separó de la encrucijada unos pasos, apretó con fuerza el cañón del lanzagranadas de su Del Fermer y tomó impulso...

***

Los cazabombarderos habían destruido tres de los cañones, aunque habían pagado con su vida tal proeza, pero, en general, la nave resistía bien. La Yung, sin embargo, presentaba peor aspecto. La mayor parte de su blindaje frontal había desaparecido y algunos impactos habían alcanzado el puente. La nave había cabeceado dejando expuesta la panza, pero desde ella, sus dos cañones seguían disparando. Si conseguían acabar con ellos, la batalla terminaría.

Un nuevo estruendo sacudió el puente y la nave empezó a escorarse sin control. Una segunda sacudida la hizo girar en una segunda dirección. Las alarmas del puente estallaron y la puerta de acceso se cerró.

No necesitó ver la cara de su oficial para saber los daños. Había pocas cosas en la nave que al explotar pudieran hacerla cambiar de rumbo. Habían perdido los depósitos de combustible y estaban a la deriva. El cierre de las puertas sólo pretendía protegerles de la radiación residual.

- Señor, el enemigo está abandonando la nave.

"Normal" pensó, pero no lo dijo en voz alta. El fuego cesó en ambas naves. La Nonoke estaba en las últimas. Había soportado el fuego concentrado del crucero y era increíble que aún se mantuviera de una pieza y con capacidad de maniobra. Sin embargo ellos, aunque algo mejor estructuralmente, estaban a la deriva, sin comunicaciones y debía dar gracias de estar a suficiente distancia para no estar cayendo hacia el pozo de gravedad.

El combate había terminado, la nacionalidad de la próxima nave que apareciera en el sistema decidiría quien había ganado la batalla.