Nº: 256 . 3ª época. Año VI
Reseña: Forma de Transición (II) Por: Jacobo Peña Conversa
 
 
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Forma de transición (II)

Puedes leer la primera parte de este relato aquí: 25333 Ver

Tres días antes del prado de las lumíferas.

El despertador tiene un alma inconmovible. La única forma de que pare es estar de verdad despierto, disminuir un poco las puñeteras melatonina y prolactina, aumentar la adrenalina, abrir los ojos y dejar que la luz me entre directamente a la retina. Cuando mi Control le manda la señal "despierto" a la inteligencia del apartamento, el aullido por fin se detiene.

El agua de la ducha hoy sabe distinta, a menta. Me gustaba más el regusto tánico, pero puede pasar. Mientras no vuelva la maldita moda del regaliz... Del dormitorio a la puerta del apartamento hay solo tres pasos que dar y en cada uno me pongo una pieza de ropa. Aj, la libertad de vivir solo. Compartir con otros policías, joder, sí, me daba protección y me permitía ahorrar, pero no veo que merezca la pena. Morirme ahora o morirme luego es algo que no voy a poder elegir, ducharme cuando quiera sin que nadie venga a aporrear la puerta, eso sí.

Chak es un vago que no se levanta de los pies de la cama hasta que no escucha la puerta de la calle. Me sigue afuera trotando y meneando el rabo mientras el dataóptico me canta la dirección donde aparqué anoche.

Intento olerme el aliento, pero no saco conclusiones. Pruebo a ver cómo suena mi voz: pastosa. No me acostumbro a beber.

En la puerta del edificio me cruzo con un vecino. Es nuevo y mira a Chak con reparo. El pelo azul cobalto le hace parecer doméstico, pero la ruda complexión y dentadura halkiopolitanas no tranquilizan. "No parece sintético, me dice". Tengo derecho y permiso para un animal auténtico, aunque sea un híbrido de trabajo, diseñado en laboratorio. Los vecinos no entienden cómo me lo he podido permitir con mi sueldo. De todas formas, estoy distraído con el informe de tráfico, no respondo.

Apenas salgo a la calle, me interrumpe una llamada. Es del trabajo. Hoy no podré parar a desayunar con Mario.

—Dime.
—Hola Fero, buenos días.

Clova no me cae bien. Se lo demuestro.

—Que me digas, coño. Será urgente, imagino.
—Buenos días.
—Buenos días, dime qué quieres y a la mierda.
—¿Te acuerdas de Brandán Naredo?
—Sí.
—Ah. Ahora me prestas atención.

—Dime. Por favor.

Por eso no me gusta, nos conoce a todos demasiado bien. Me hizo de niñera cuando empezaba en la policía de Santuario y puede permitirse el lujo de pasarme el expediente por el hocico.

—Han encontrado el cuerpo de un chaval, humano, mayor de edad por muy poco. El caso guarda relación con el de Naredo.
—¿Cuál?

—Han analizado el ADN y concluido que este chaval está emparentado con Naredo. Un hijo.

El desconocido hijo del huido, muerto. Muerto como un kidini flotando en licor veddio, como los sueños de la infancia.

—¿Asesinado?

—Eso dice la científica.

La desaparición de Brandán, que entonces era estudiante de la Universidad Necropolitana y ahora tendrá como cuarenta años, no la denunciaron ni sus padres. Los primeros en llamar fueron los laboratorios que le acusaban de robar un producto importante. Brandán era conejillo de indias en unas pruebas médicas de nanotecnología preventiva, el tipo de mierda que ahora lleva casi todo el mundo para vivir con un tono muscular y una tensión sanguínea decentes, pasada cierta edad. Muy populares entre los posadores veddios. Los responsables del experimento en el que Brandán participaba olían a miedo durante toda la entrevista, como si temieran desvelar algún detalle secreto de su trabajo.

Según se pudo comprobar, Brandán y una compañera de experimento salieron por las ventanas de la clínica, con la sangre llena de un producto secreto, que valdría su peso en oro en el mercado interplanetario. A la farmacéutica, una empresa llamada Triske, ella no les preocupaba tanto. Deduje que pertenecía al grupo de control y le habían adjudicado un placebo. Igualmente, denunciaron a ambos.

Nunca les encontramos, ni a ellos ni prueba alguna de que hubieran vendido el material. Brandán no era muy listo, eso me lo recalcaron hasta sus padres, lo que hacía más vergonzoso que me diera esquinazo durante un año entero, antes de que la investigación bajase de prioridad y me retiraran del caso. Alguien debió ayudarle a esconderse. O yo no era entonces tan bueno como creía.

Subimos al coche. Ordeno al interactivo del vehículo llevarnos a la dirección que Cloya me ha dado. Está cerca del puerto y del acuario. Es un edificio feo y apático de cuatro plantas, construido con hormigón cultivado, barato. Los agentes de calle ya están haciendo guardia en la entrada; muestro mi documentación para subir hasta el piso del muerto.

Es de alquiler, se nota al primer vistazo. La entrada da una única sala que hace las veces de salón, dormitorio y cocina. Las paredes son blancas y los muebles pasados de moda hace veinte años. Los dueños, un matrimonio mibu espera en la puerta. Ella mira a las "visitas" con impaciencia, con los tentáculos principales cruzados sobre el pecho y los de la cabeza, inquietos. Él lleva una bolsa con productos de limpieza. Son los propietarios del edificio. Alquileres muy baratos para gente sin recursos, pero con límites estrictos de estancia. Querrán poder alquilarlo hoy mismo.

El supuesto hijo de Brandán es un chaval humano largo, apenas cabe en el sillón donde está tumbado con la boca llena de vómito. El sargento al cargo, un chaval apático, me informa: la puerta sin forzar y una taza de infusión estimulante apurada hasta el fondo.

—¿A ti te parece que este chico es mayor de edad? — le pregunto.
—A ojo, podría colar. Pero lo dudo y no habiendo documentación...
—Entonces, es un alquiler ilegal.
—Sí. Ya sabes, hacen la vista gorda. Los dueños dicen que deberían tener derecho a alquilar a quien fuera, que con los límites legales no llegan para comer.
—Ya. Santuario es así.

—Santuario es así.

Chak se acerca y olisquea el cuerpo entero. Los demás agentes le miran trabajar con el gesto torcido de repulsión. Tras oler el vómito, el cuerpo y los asientos, vuelve a mi lado. Si nos volvemos a cruzar con alguien que haya estado en esta sala, me hará un gesto. No puede darme más información, claro, como distinguir restos de colonia o tabaco, lo que aprovechan los policías que andan por ahí, para recordarme lo feliz que sería con una herramienta fabricada para esas cosas.

Cuesta mucho tener permiso para una mascota como esta en Santuario, pero me lo he ganado. Años tomando siempre una copa de menos con los amigos, sin ver una película, sin pagar por los partidos de pel-les, para gastármelos en un animal de verdad y nadie entiende por qué, claro. Por qué es importante tener algo auténtico.

El forense me da su opinión sobre la muerte: envenenamiento, cuyos síntomas coinciden con varios productos distintos. Habrá que esperar para saber si es algo que solo se pueda conseguir con receta o no.

— Pero no es un suicidio — dice levantando la camiseta del chaval. No lo veo hasta que me acerco mucho al cuerpo. Una punzada, un aguijonazo que empieza a rodearse de un ligero hematoma, oculto por el desplazamiento de los líquidos internos del cadáver, que colorean el lado apoyado en el sillón.
—Así que no era la bebida.
—Si no nos llegan a avisar enseguida, no lo habría visto. Hubiera pensado en el suicidio. Quizá el asesino no esperaba que encontrasen el cuerpo tan pronto, le ha ido de un pelo.
—¿Algún testigo? — me vuelvo al novato
—Un vecino vio subir al piso a un hombre y llamó a los dueños para denunciar un posible caso de prostitución.
—¿Por?
—Es un puritano sama'a. Vio a un hombre mayor entrando en el piso de un chico joven que vivía solo, en este barrio… En lo que los policías llegaron, el sospechoso se había marchado.
—¿Un hombre mayor?
—Dicen que de tu edad, más o menos.

—No he cumplido los cincuenta.

Se encoje de hombros y cambia de tema. Víctimas como esta suelen quedar en manos de lo que un novato investigue por su cuenta y halle en un golpe de suerte. A los cadáveres sin importancia se les aplica la burocracia, se investiga en automático, se pasan pruebas de laboratorio y se interroga con cuestionario. Si sale algo obvio, genial, si no, a nadie le merece la pena el esfuerzo.

Pido otra muestra de sangre para mi, para hacer mis propios análisis. Firmo los papeles de la cadena de custodia y me hacen jurar que la llevaré a un sitio acreditado, que luego pueda declarar ante un juez.

Tengo una idea. El posible padre escapó con algo en las venas que entonces valía una fortuna, por eso teníamos muestras de su ADN. Y si tuvo un hijo, no pudo llevarle a un médico de forma oficial, porque su material genético podría hacer saltar la misma alarma que ha saltado esta vez. Si yo viviese de forma clandestina, si no pudiera dar mi verdadera identidad ni registrar al niño para vacunarle, pero esa nanotecnología sanitaria robada se pudiera pasar en una transfusión... Joder, también se la metería en la sangre a mi hijo. Así que voy a ver a mi analista particular.

[F]Varlan, H. (2010). Graduated cylinders and beaker filled with chemical compounds. Licencia Creative Commons Atribución.

Media hora después, aparco y dejo a Chak en el coche. No quiero tocar las pelotas a esta gente con el protocolo sanitario. Cuando entro en el edificio, un muestrario de silencios torcidos me acompaña mientras paso delante de los trabajadores en dirección al despacho de Mario. Este es un centro concertado con el gobierno y yo me salto los turnos asignados para ser atendido por mi relación con el analista. Además, Mario es muy querido aquí y corre el rumor de que a mí no me importa una mierda. No es cierto. Mario sí me importa, pero tampoco mentiría poniéndole en la lista de amores de mi vida. Para colmo es más alto que yo, mucho más apuesto y la mirada de un cachorrito herido, lo que no me ayuda a que sus compañeros entiendan lo nuestro. Podría buscarse algo mucho mejor, en este punto no podemos, sus compañeros y yo, estar más de acuerdo.

—Toc, toc.
—Ah, una onomatopeya para entrar sin llamar y que no lo parezca, qué dulce. ¿Has estado viendo comedias? — hasta su voz te hace pensar en un cachorrito.
—¿Estamos de mal humor?

—No.

Mentira.

—¿Pero?
—Vale, pero. No estoy de mal humor, pero. Ya está. ¿Puedo pasarme por tu casa esta noche?
—Mejor mañana. He abierto un caso y trabajaré hasta tarde.
—Vale. ¿Me traes algo, entonces?
—Un poco de sangre. Varón, joven. Sáltate lo básico, que es lo que mirarán en compañeros. Quiero saber si tiene nanovacunas puestas y cuáles, exactamente.
—Estás de coña. ¿Cómo no va a tener?
—Podría ser, pero me he expresado mal. Tú míralo y si tiene quiero saber todo lo posible de ellos, comparándolos con otros datos que te mandaré más tarde.
—Te llevo el resultado mañana a casa. ¿Puede esperar hasta entonces?

—Sí.

Mentira. Preferiría que llegasen hoy, pero no estoy de humor para una visita esta noche. Podría darme el resultado por dataóptico, pero quiere hacerme sudar por algo que aún no sé.

Al salir, me detengo a observar un momento el paisaje urbano. Juego a imaginar la próxima modificación que querrán hacerle. Cambiar el tránsito aéreo para evitar el zumbido magnético a los pisos más altos o subvencionar material aislante a todas las viviendas. Germinar transmusgo en la acera para satisfacer a los ejecutivos con corazón ecologista que almuerzan allí. Colocar unos cuántos pozos de dióxido más a la carretera. Se sacudo estos pensamientos y me preparo mentalmente para acercarme a los laboratorios Triske.

Sé que han pasado veinte años, pero recordaba estos laboratorios con un aire más amarillo, tóxico, perclorato. Han sustituido la fachada por muros transparentes que permiten ver el interior, un signo de falsa transparencia. Sé que la actividad más importante tiene lugar bajo mis pies, en los sótanos, cuya planta es mucho mayor que la de cualquiera de los dos pisos construidos sobre la superficie. Techos azules captando la luz del sol y convirtiéndola en energía rematan el ejercicio de responsabilidad corporativa.

—Ya le he explicado que es un animal de trabajo y tengo licencia.
—Lo entiendo, pero no es eso. Son las normas de higiene, lo siento. Si fuera artificial...
—Si fuera artificial no sería tan bueno rastreando. Aún no hacéis pituitarias así.
—Pero sería controlable y sobre todo, lo podríamos desinfectar.
—¿Me van a desinfectar a mí también?

—Para usted bastará con ropa profiláctica. O esperar tres horas a que el doctor Cohaña salga de trabajar. Lo que prefiera.

No quiero esperar, claro. Me gustaría que Chak pudiera oler a unos cuántos empleados, por si acaso, pero no queda otra. Vestido con un chubasquero hermético, soy guiado hasta el despacho del director de investigaciones. Mucho ha medrado Cohaña; en mis notas de hace dos décadas era el coordinador del proyecto robado, lo que debía dejar a tres o cuatro personas entre su puesto y el que ocupa ahora. Le encuentro sentado tras de una mesa de metacrilato y aluminio, simulando que le pillo en medio de un trabajo. Quiere que mi visita sea breve, deduzco. Manos blanquísimas, gafas modernas en las que un parpadeo azul delata que lleva unas carísimas lentillas dataópticas. Algunos retoques cosméticos por la cara y una melena híbrida mal peinada pero atractiva. Lleva el mismo disfraz de profiláctico que yo, lo que me hace sentir un poco más cómodo. Recuerdo que era un hombre tímido y ocupado pero orgulloso de su trabajo, al que cooperar conmigo le resultaba, sobre todo, una distracción.

La conversación es breve; me limito a anunciar lo que hemos encontrado y, tras confirmar que lo robado hace tantos años hoy día ya no tiene valor científico ni de mercado, le pregunto si le hicieron pruebas de embarazo a la chica que escapó con Brandán.

—No era necesario para el protocolo ni una contraindicación, pero ella firmó una declaración diciendo que no.
—Ah, no es importante para el protocolo, pero sí quieren saberlo. Por si acaso...
—Por si acaso se producen efectos adversos no previstos.
—Entiendo. Verá, se me ocurre que además de haber escapado juntos, el chaval que hemos encontrado muerto, de ser hijo de Brandán, lo fuera también de la chica que huyó con él. Pero eso ya lo veremos, guardamos las muestras del ADN que nos pasaron. ¿Ustedes también las guardan, verdad? Por si acaso.
—Claro.
—Estupendo. Oiga, Cohaña, a día de hoy, esa tecnología que se llevaron en la sangre… Entonces era una investigación puntera.
—Sí, entonces lo era.
—¿Qué ventajas habría tenido una empresa rival de haber robado esa tecnología entonces?
—Depende. Nosotros somos una empresa que hacemos todo conforme a la ley. Parece que los ladrones no. ¿Sin nuestras restricciones burocráticas y sanitarias? Mucha. Todo el mundo está investigando las mismas cosas, señor Allande; conocer lo que hacen otros es importante. Habrían avanzado más rápido que nosotros y es probable que lo hayan hecho
—¿No le gustan las restricciones legales de nuestro gobierno? — le digo con cierta sorna, porque realmente es una broma, pero me responde con mucha seriedad.
—No es una cuestión de gustos, es un hecho. Si descartamos los problemas asociados, imagine lo rápido que podríamos avanzar.
—Mi trabajo no es imaginarme esas cosas.
—No. Disculpe.
—No se preocupe. Tiene usted derecho a tener sus ideas, mientras no ejerza la parte ilegal de las mismas.
—¿Tiene usted amigos en la rama sanitaria de la policía? — ahora es Cohaña quien quiera hacer una broma.

—Claro que no. Nadie tiene amigos en la policía de Santuario.


En esta narración aparecen varios términos relacionados con la ambientación del juego de rol Exo.

Kidini: 09951 Ver

Mastín halkiopolitano: 04352 Ver

 
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