DESDE EL SÓTANO
Nº: 112 . 3ª época. Año III
Presentación Por: Don Toribio Hidalgo
 

Rojo y Oro

Bajo este nombre se conoce a un grupo de agentes de la autoridad de una localidad cuyo nombre reservaremos de momento. Son españoles que se han visto forzados a campear los avatares de la guerra desde su responsabilidad de miembros de la Santa Hermandad. Enemistados con parte del pueblo, que los considera afrancesados, con la otra parte, que los considera amigo de los guerrilleros, con los franceses, que creen que se escabullen de los trabajos duros, y con los ingleses, que no ven con buenos ojos que estén fuera de su autoridad. Deben su nombre a las divisas que portan en las hombreras del uniforme de gala, aunque, como es normal, no es su vestimenta habitual.

Rojo y Oro

El origen de la Santa Hermandad, a la que pertenece "Rojo y Oro" habría que buscarlo en el siglo XV y, debido a ello, muchos la consideran la primera fuerza policial organizada de Europa. Fueron creados para perseguir a los bandidos y detener las tropelías de los nobles menores que, por aquella época, merodeaban por los caminos alejados de las grandes ciudades. Se convertirían en una especie de policía rural y, con el tiempo, los encargados de ejercer la autoridad del rey en las regiones más aisladas, lo que normalmente hacían frente a los caprichos de los más nobles. Con el tiempo, la Santa Hermandad fue perdiendo responsabilidades y eficacia. Muchos pueblos no querían pagar los impuestos que implicaba tener una policía rural y confiaban en la actuación del ejército en dichas tareas. Hasta tal punto eran ineficaces, llegando siempre tarde, que se acuñó la expresión: "a buenas horas, mangas verdes" en referencia a las mangas de ese color que lucía el uniforme de la Santa Hermandad.

En 1808, antes de la invasión napoleónica, la Santa Hermandad había desaparecido en muchas partes y había sido sustituida por cuerpos locales o regionales (como los Guardas del reino de Aragón, los Caudillatos de Galicia, los Migueletes de Valencia, los Guardabosques Reales, los Miñones de Álava y Vizcaya, etc.) y aunque en conjunto eran conocidos como la Santa hermandad, en la práctica eran cuerpos diferentes. "Rojo y Oro" pertenece a uno de estos cuerpos, aunque su localización exacta la hemos dejado al criterio del lector para que pueda utilizarlos en las partidas como desee.

En los pueblos y localidades de pequeño o mediano tamaño, donde no hay fuerzas militares presentes, la Santa Hermandad es la policía. Investigan los crímenes y median en las disputas y aunque la mayoría de sus intervenciones se saldan con unas amenazas o unos mamporros, tienen autoridad para detener y llevar ante el juez a cualquiera que consideren. En "Rojo y oro" no son muy dados a aplicar la justicia por su cuenta, pero en algunos casos su jefe, a pesar de ser un afrancesado que cambia de chaqueta con la velocidad del viento, no lo vería mal.

Aunque su circunscripción es su localidad, esto incluye todos los terrenos agrícolas y forestales dentro del municipio y no sería la primera vez que los miembros de "Rojo y Oro" se ven obligados a perseguir a un fugitivo más allá de las lindes municipales. Su tenacidad en ese aspecto raya la obsesión y les ha procurado ciertos problemas con las autoridades locales vecinas.

Nota: Tras la guerra de la Independencia, la eficacia de la Santa hermandad (y todas las organizaciones menores incluidas en ellas) sería puesta en entredicho continuamente. Finalmente, serían disueltas en 1844, el mismo año en el que se crearía la Guardia Civil que vendría a sustituirlas.

Miembros

Aunque en ocasiones les ayuda algún otro miembro de la autoridad o les acompaña algún civil, los miembros de la "Rojo y Oro" son tres.

El sargento Álvaro Padilla

Un veterano soldado profesional de antes de la Guerra de Independencia que acabó en las fuerzas de la Santa hermandad por culpa de una mala mujer (o al menos esa es la historia que él cuenta). Algo entrado en carnes, bonachón y difícil de alterar parece estar siempre preparado para dar una con la derecha y otra con la izquierda. Es grande y su presencia (o su amenaza de presencia) es suficiente, en ocasiones, para acabar con cualquier reyerta. No le gusta nada que se metan con los débiles, especialmente si son niños o mujeres, pero no se le conoce una pareja estable ni familia.

Padilla tiene edad suficiente para ser capitán y, en alguna borrachera, ha comentado que lo fue en una ocasión, pero tiene problemas con la autoridad, sobre todo si la autoridad le lleva la contraria, y eso le ha supuesto algún que otro problema. Intenta pasar desapercibido y que sus jefes, que ha tenido muchos, no se fijen en él. Quizás ese es el motivo de su supervivencia, pero tiene una mente inquisitiva, muy perspicaz para calar a las personas, sobre todo a los mentirosos, pero, claro, quién mentiría a alguien capaz de cascar nueces con dos de sus dedos.

El cabo Víctor Madales

Quinto hijo de un terrateniente que perdió gran parte de sus tierras jugando a los dados, la vida de Víctor no ha sido muy sencilla, dando tumbos de aquí para allá intentando labrarse un porvenir que sabía que no vendría de su familia. No todas sus ocupaciones han sido legales y eso le da ciertos conocimientos del mercado negro, del contrabando y de otras artes callejeras. Algunos de sus viejos compañeros de fechorías, si le vieran, le acusarían de traidor, pero él sabe que está haciendo lo correcto y que el giro radical que dio a su vida fue una bendición.

Víctor es delgado, escurridizo y en su rostro, a menudo cubierto por un sombrero, se adivinan algunas cicatrices. Tiene ojos pequeños, pero muy observadores y es capaz de desenfundar la daga o la espada a una endiablada velocidad. No le gustan las armas de fuego y prefiere derribar a sus oponentes a golpes de sable o garrote. De hecho, dice que un buen palo es la mejor de las armas, apoyo para el caminante y temor de los lacayos (sí, su época noble tiene estas reminiscencias).

El cabo Honorario Chaparro

El más joven del grupo y, posiblemente, el más alocado. Casi nunca piensa en su seguridad personal y confía mucho en sus habilidades con la pistola para que le saquen de apuros. Si no fuera un agente de la Santa Hermandad, seguramente sería uno de los mayores revienta lugares de la provincia, un busca broncas y el azote de la autoridad. Su ingreso en el cuerpo fue debido a la influencia de su padre que había sido miembro de la Santa hermandad antes que él. Dice con orgullo que es un miembro del Cuerpo, aunque nadie parece saber a que se refiere con ello.

Hábil, como hemos dicho, con la pistola, Honorario también destaca con los puños. Dice que nunca ha perdido una pelea, pero un diente roto atestigua que algunas las ha ganado por los pelos. Le disgustan especialmente los fanfarrones de la "capital" que es como el llama a todo aquel que, por vivir en una ciudad grande, menosprecia a los del lugar.

Colaboradores

La eficacia de "Rojo y Oro" en su trabajo es fruto de una buena relación con algunos miembros de la comunidad. No es bueno que desvelemos todos sus contactos, pero entre los principales están:

Mario Mariscal

Dueño y regente de la taberna El Cojo, uno de los garitos donde los miembros de "Rojo y Oro" pasan algunas noches cuando no están trabajando. La taberna hace las veces de hostal y Mario colabora con los policías rurales informándoles de las idas y venidas de los extranjeros o forasteros, gente, por otro lado, que no le cae muy bien. Tampoco se fía mucho de la Santa hermandad, pero a la "Rojo y Oro" ya los conoce y son, casi, de casa. Mario tiene una mujer y una hija que le ayudan en el local.

Don Benito Prego

Es el médico del pueblo. Un hombre al que le gusta comer bien y arrimarse a las sombra que dan buen cobijo. la relación con los miembros de la Santa hermandad es puramente profesional porque en alguna ocasión les ha colocado un brazo o les ha cosido una herida. Nunca ha aceptado pagos por su trabajo, pero "Rojo y Oro" siempre se acuerdan de mandarle algunas viandas del cuartel o alguna botella requisada en el agujero de algún contrabandista.

Amalia Dolores Barriente

Amalia es cocinera en la casa de los Fuentebrava, uno de los caciques locales. Aunque Honorario intentó conquistarla para beneficio de una noche, la verdad es que la mujer demostró más cintura de la esperada y acabó siendo amiga del joven y de sus compañeros. En ocasiones, sobre todo si hay que interrogar a una mujer o entrar en zonas reservadas a mujeres (el convento), los miembros de "Rojo y Oro" le piden ayuda. Amalia es una muchacha dulce que trabaja muy duro en la hacienda de su señor, pero es muy inteligente y, en ocasiones, sus comentarios han salvado alguna investigación atascada. Todos creen que Amalia acabará casándose con Honorario, pero es necesario que el muchacho siente un poco la cabeza y la tome en serio y que la muchacha no tenga el compromiso de cuidar de sus padres. Cuando acabe la guerra, dicen, y su hermano vuelva del ejército, quizás...

Los lectores habituales habrán reconocido algunos personajes de la partida "Don José" publicada en el número 106 de la revista. La idea de este artículo es que el grupo "Rojo y Oro" participará en esa aventura. Puedes leerla en: Ver

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