1808 – 3×03 – Descubriendo la ciudad

Rojo y Oro

Dejaron a los huérfanos en un hospicio del camino al cuidado de unas religiosas que no se mostraron muy contentas de tener cuatro bocas más que alimentar. Los tres mayores no hablaron en todo el viaje y el menor alternaba el lloriqueo con preguntar por su madre. Chaparro había rapiñado todo lo que encontró de valor en la casa de aquel desgraciado y las monjas pusieron mejor cara cuando lo entregó como dote por los niños. No era su plan inicial.

A cambio del donativo, la madre superiora les invitó a descansar en el corral de la orden, pero los mangas verdes rechazaron la invitación y le comentaron su intención de llegar a una villa cercana antes de que acabara el día. La mujer torció el gesto y les advirtió sobre la ciudad, allí ocurrían cosas del maligno.

—¿El maligno, señora? Él nos manda —replicó Chaparro entre grandes risotadas mientras la mujer se santiguaba y desaparecía detrás de la puerta.

El camino serpenteaba por los campos jugando con los caprichos de un pequeño río, pero al superar un promontorio y una alameda, vieron la torre de la iglesia. Llegarían a media tarde.

La ciudad no les recibió bien. Un tipo malencarado en la entrada escupió al suelo a su paso y los vecinos cerraban los postigos si miraban hacia sus ventanas. Los niños desaparecieron de las calles y cuando entraron en la posada, casaca rota, el posadero tardó más de lo acostumbrado en mirarles y preguntarles que deseaban.

—Comida y bebida —dijo Madales

—Y alojamiento —añadió el sargento para disgusto del mesero. Y cuando se retiraron a su mesa y el vino llegó aclaró—: Vamos a quedarnos una noche al menos a ver si descubrimos qué está pasando.

Y como pudieron comprobar poco después cuando el sol se había retirado y la hora de las brujas lo ocultaba todo, algo sí estaba pasando.

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